Un nuevo estudio muestra que tomar medidas contra la contaminación atmosférica por partículas salvará vidas en el futuro, pero muchos países dependen de recortes ajenos para conseguirlo
La contaminación del aire mata en silencio desde hace décadas. Las partículas finas, conocidas como PM2,5, se cuelan en los pulmones, pasan a la sangre y aumentan el riesgo de infarto y accidentes cerebrovasculares (ictus). La investigación ha demostrado que limpiar el aire mejora la salud y la economía, aunque casi siempre miramos las emisiones dentro de nuestras fronteras. El problema es que la contaminación viaja con el viento, no con el pasaporte.
Un equipo de la Universidad de Cardiff ha calculado cuánto podría mejorar la salud pública si los países aplican políticas climáticas ambiciosas que reduzcan la PM2,5, partículas en suspensión con un diámetro de 2,5 micras o menos. El trabajo estima que se podrían evitar hasta 1,32 millones de muertes cada año para 2040. Los autores analizan un aspecto poco explorado: cómo las decisiones en un país cambian la calidad del aire en otro, y si eso reduce o aumenta las desigualdades entre naciones.
El estudio modeliza casi todo el planeta, 168 países, con una combinación de datos satelitales de la NASA y simulaciones atmosféricas avanzadas. Después cruza los resultados con estimaciones de la carga de enfermedad para calcular beneficios en mortalidad de la población. Esos cálculos revelan dependencias que no se ven a simple vista. Muchos países de renta baja y media reciben buena parte de sus mejoras en calidad del aire gracias a los recortes de emisiones en el extranjero, en países más ricos. Al revés, los países más diligentes en limpiar su aire reciben la contaminación de sus vecinos más incumplidores.
Las medidas contra contra la contaminación atmosférica no pueden tener fronteras
“No basta con mirar los cobeneficios domésticos”, advierte el coautor Daven Henze, de la Universidad de Colorado Boulder. “Las estrategias climáticas más inclusivas evalúan cuánta dependencia tiene una nación de los recortes de otros, cómo cambian los flujos transfronterizos de contaminación y si los esfuerzos globales ayudan o perjudican la equidad”. Si cada país se encierra en su propia agenda, parte del mundo respira mejor mientras otra parte queda atrás.
La investigación se centra en las PM2,5 porque es el principal factor de riesgo ambiental de muerte prematura a escala global. Reducir este contaminante significa menos ingresos hospitalarios por cardiopatías y patologías respiratorias, menos días de trabajo perdidos y más calidad de vida. Pero el origen de la PM2,5 no respeta mapas. Los autores muestran que, aunque la contaminación total baje, los flujos entre países pueden cambiar de dirección y volumen. Ese efecto, si nadie lo vigila, puede aumentar la desigualdad en regiones con escaso control sobre lo que emiten sus vecinos.
“Sabemos que la acción climática beneficia a la salud pública, pero la mayoría de estudios ha ignorado la contaminación que cruza fronteras y genera desigualdades entre países”, explica el autor principal, Omar Nawaz, de la Escuela de Ciencias de la Tierra y Ambientales de Cardiff. “Nuestro análisis muestra cómo las decisiones de mitigación en las naciones ricas afectan directamente a la salud de la gente en el Sur Global, en particular en África y Asia”.
Los resultados proyectan que Asia concentra el mayor número total de vidas salvadas, sobre todo por su población. África, en cambio, destaca por su dependencia de las reducciones ajenas. En escenarios con menos cooperación internacional, esa dependencia crece, lo que deja a muchos países expuestos a decisiones externas que no controlan.
El equipo quiere ir más allá y estudiar cómo el propio cambio climático altera los patrones de viento y lluvia que transportan la contaminación. También analizará otros contaminantes, como el ozono y los aerosoles orgánicos. La metodología se puede aplicar a nuevas preguntas, por ejemplo, qué combinación de medidas maximiza vidas salvadas cuando varios países coordinan sus calendarios de reducción.
La conclusión no es solamente numérica. Para que 1,32 millones de personas sigan vivas cada año en 2040, la acción climática debe ser ambiciosa y, sobre todo, compartida. El aire limpio no entiende de fronteras, la política tampoco debería.
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