Un científico noruego fabricó un cañón de microondas para demostrar que no hacía daño, se lo disparó en la cabeza en 2024 y acabó con síntomas neurológicos
El llamado síndrome de La Habana se encuentra entre el misterio médico y la novela de espías. El Es un conjunto de síntomas neurológicos y físicos anómalos (mareos, vértigo, tinnitus, dolor de cabeza, fatiga) reportado inicialmente por diplomáticos y personal de inteligencia de EE. UU. en Cuba en 2016. La sospecha que es estaba causado por una «arma de energía dirigida» o de radiofrecuencia pulsada, con investigaciones apuntando a posible participación rusa.
Un científico noruego, empleado de una agencia gubernamental y, según se cuenta, bastante escéptico con la hipótesis del arma de microondas, decidió construir un dispositivo para probar justo eso. Si nadie podía demostrar que un emisor de microondas causara los síntomas, él lo intentaría por su cuenta. Con la pequeña pega de que el conejillo de indias iba a ser él.
Cómo funciona un cañón de microondas
Un cañón de microondas, conocido técnicamente como un arma de microondas de alta potencia (HPM, por sus siglas en inglés), es un dispositivo de energía dirigida que funciona convirtiendo energía eléctrica en radiación electromagnética de alta intensidad para dañar o destruir sistemas electrónicos a distancia. Funciona bajo principios similares a un horno de microondas doméstico, pero con una potencia mucho mayor y enfocado en una dirección específica.
El investigador montó un aparato capaz de lanzar pulsos potentes de energía en forma de microondas. Su objetivo no era atacar a nadie, sino desmontar la teoría de los espías. Se expuso voluntariamente durante pruebas secretas en 2024, convencido de que el resultado sería aburrido.
No lo fue. Tras los experimentos, el científico desarrolló problemas neurológicos que recordaban a los descritos por afectados del síndrome de La Habana. Las fuentes que han hablado del caso subrayan que no encaja al 100% con el cuadro “clásico”, pero el parecido bastó para disparar alarmas. Noruega informó a la CIA, y después llegaron visitas de responsables estadounidenses, incluidos equipos vinculados al Pentágono y la Casa Blanca, interesados en entender qué había hecho exactamente el dispositivo y qué efectos podía causar en un humano real, no en una simulación.
El síndrome de la Habana no está probado, pero las armas de microondas funcionan
Este episodio no demuestra que un adversario extranjero atacara a diplomáticos en La Habana o en Viena. Lo que sí sugiere, y eso ya es bastante, es que un emisor de energía pulsada puede provocar alteraciones biológicas y síntomas compatibles con los relatos que alimentaron el caso. En un debate envenenado por la política, esa diferencia importa: una cosa es señalar culpables, otra aceptar que cierta tecnología podría, en principio, producir sensaciones y secuelas.
El problema es que el síndrome de La Habana nunca ha sido una sola cosa. Estudios más recientes con pruebas clínicas y neuroimagen avanzadas no han encontrado lesiones cerebrales detectables de forma consistente frente a controles comparables, aunque sí han descrito más fatiga, estrés postraumático, depresión y trastornos de equilibrio en parte de los afectados. Eso no invalida lo que sienten, pero complica la narrativa de “un arma deja una firma clara en el cerebro”.
Mientras tanto, dentro de la comunidad de inteligencia estadounidense el consenso también se ha movido con el tiempo. Hubo informes que consideraron muy improbable la hipótesis del arma, y ahora algunas revisiones internas parecen más abiertas a que, al menos en ciertos casos, pudiera existir un factor tecnológico. El científico noruego, sin quererlo, ha puesto un ladrillo nuevo en esa pared: no es una prueba de autoría, pero sí un recordatorio incómodo de que la física no necesita conspiraciones para ser peligrosa.
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