Un estudio en Suecia que siguió a los mismos individuos durante 47 años, demuestra que la fuerza y la capacidad aeróbica comienzan su declive alrededor de los 35 años

La mayoría de lo que sabemos sobre cómo envejece el cuerpo físicamente viene de estudios transversales: comparar personas de 30, 50 y 70 años en un mismo momento. El problema con ese enfoque es que compara generaciones distintas que han vivido en entornos diferentes, con dietas distintas y hábitos de ejercicio distintos, lo que introduce sesgos importantes.

El estudio SPAF (Swedish Physical Activity and Fitness) del Karolinska Institutet hace algo mucho más difícil y más valioso: ha seguido exactamente a las mismas personas durante 47 años, midiendo su condición física en múltiples momentos a lo largo de su vida adulta. Es uno de los estudios longitudinales de condición física más largos jamás realizados, y sus conclusiones, publicadas en el Journal of Cachexia, Sarcopenia and Muscle, son a la vez alarmantes y esperanzadoras.

El declive empieza antes de lo que pensábamos

Los datos del SPAF son claros en un punto que muchos prefieren ignorar: el declive de la condición física no espera a la mediana edad. La capacidad aeróbica (VO2max) y la fuerza muscular empiezan a descender de forma estadísticamente detectable alrededor de los 35 años, independientemente de cuánto había entrenado la persona antes de esa edad. El ritmo del declive es lento al principio, pero se acelera progresivamente a partir de los 55-60 años. Para los 70 años, la mayoría de los participantes habían perdido entre el 30 y el 40% de la capacidad aeróbica que tenían a los 35. «Ahora buscaremos los mecanismos que explican por qué todos alcanzamos el pico de rendimiento alrededor de los 35 años y por qué el declive es tan universal después de esa edad», señaló la investigadora principal Maria Westerståhl del Karolinska.

El estudio también reveló que los patrones de declive difieren según el tipo de capacidad física. La fuerza muscular y la resistencia muscular comienzan a caer algo después que la capacidad aeróbica, y lo hacen con menor pendiente en las primeras décadas. La flexibilidad y la agilidad, en cambio, muestran un declive más temprano y más pronunciado. Esas diferencias tienen implicaciones prácticas para el diseño de programas de ejercicio en distintas etapas de la vida.

La buena noticia: nunca es tarde para empezar

El hallazgo más esperanzador del estudio es que los participantes que comenzaron a hacer ejercicio de forma regular en la adultez (incluyendo la mediana y la tardía) consiguieron mejorar su condición física un 5-10% respecto a sus valores previos, independientemente de cuándo comenzaron. Esa mejora no elimina el declive relacionado con la edad (que continúa), pero lo desplaza hacia abajo desde un nivel más alto, lo que en términos prácticos significa mejor función física y mayor independencia en años más avanzados.

«No es demasiado tarde para empezar a hacer ejercicio», subrayó Westerståhl. «El cuerpo responde al entrenamiento en todas las etapas de la vida adulta». La clave, según los datos, es la consistencia más que la intensidad: los participantes que mantuvieron niveles moderados de actividad a lo largo de las décadas mantuvieron su condición física significativamente mejor que los que alternaban períodos de entrenamiento intenso con períodos de sedentarismo.

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