Cultivar en el espacio suena a ciencia ficción, pero un nuevo estudio revela que quizá no estemos tan lejos de lograrlo. Así es como se podrían conseguir garbanzos lunares.
Un equipo de la Universidad de Texas en Austin y la Universidad Texas A&M ha logrado que una planta de garbanzo complete su ciclo vital, desde la germinación hasta la producción de semillas viables, en un entorno que simula el suelo lunar.
Este logro en botánica es un gran avance para el programa Artemis de la NASA, que busca establecer bases fijas y llevar una presencia humana sostenible a la Luna.
El desafío del suelo lunar
La luna no tiene buena tierra para que crezca nada. El regolito lunar, es el polvo gris y seco que cubre la superficie de la Luna, un desierto mineral en el que no hay materia orgánica ni comunidad microbiana y en el que las partículas son duras y abrasivas. Un suelo que contiene metales que puede ser tóxicos para las plantas, como el aluminio, y que apenas retiene agua, descrito por los científicos como un medio “biológicamente inerte”.
Cultivar en este suelo es todo un desafío, plantar directamente en este polvo sería una sentencia de muerte para la mayoría de los cultivos, por lo que el equipo adoptó un enfoque de «construcción de ecosistemas«.
Los investigadores utilizaron un simulador de alta fidelidad llamado LHS-1, basado en muestras tomadas del programa Apolo, para después mezclar el polvo resultante con vermicompost, un abono rico en nutrientes que producen las lombrices rojas.
Cultivar en el espacio: hongos y lombrices rojas
El ingrediente secreto que hizo que el experimento fuera un éxito no fue un fertilizante químico avanzado, sino una combinación biológica.
En lugar de modificar la planta, se “educó” al suelo. Antes de plantar las semillas, las recubrieron con hongos micorrícicos arbusculares (HMA). Estos hongos se conectan con las raíces de las plantas de forma simbiótica, ampliando su capacidad para absorber agua y nutrientes, y actúan como un filtro que puede bloquear metales tóxicos antes de que lleguen a los tejidos vegetales
Los resultados de esta simbiosis fueron claramente positivos, aportando múltiples beneficios a la planta:
- Extensión de raíces: ayudaron a la planta a capturar agua y nutrientes que de otro modo estarían fuera de su alcance.
- Escudo protector: los hongos tienen la capacidad de interceptar metales tóxicos, atrapándolos en sus propios tejidos antes de que lleguen a la planta.
- Ingeniería estructural: ayudaron a que las partículas de regolito se agruparan, mejorando la estructura física del medio de cultivo con el paso del tiempo.
Además de los hongos, los investigadores añadieron abono creado por lombrices de tierra rojas (vermicompost) que aportó los nutrientes básicos y mejoró la estructura del suelo para que pudiera retener mejor el agua que la planta necesita para sobrevivir.
Este compost se podría producir a partir de restos de comida, de textiles o materiales de higiene, lo que favorecería el reciclaje necesario para la autosuficiencia y aprovechamiento de recursos en misiones de larga duración.
Los científicos utilizaron la variedad de garbanzo “Myles”, por su tamaño compacto, ideales para misiones con espacio limitado, y su gran resistencia. Probaron diferentes mezclas, que contenían desde un 25% hasta un 100% de suelo lunar y los resultados fueron un éxito. Las plantas con el hongo sobrevivieron unas dos semanas más que las que no lo tenían. Ese tiempo extra es la diferencia entre una planta que muere joven y una que llega a darnos alimento.
Las planas germinaron en todos los casos, sin embargo, solo las mezclas con hongos y en un 75% de suelo lunar lograron florecer y producir semillas viables, mientras que las que crecieron en suelo lunar puro (100% de regolito), no lo lograron, se estresaron demasiado y murieron antes de tiempo.
¿Es seguro comer un cocido de garbanzos lunares?
Aunque este es un avance histórico, aún es pronto para afirmar que no haya riesgos asociados a esta forma de cultivo.
Los científicos deben analizar si los garbanzos han absorbido metales pesados del suelo lunar a pesar del filtro de los hongos y comprobar si su valor es el mismo que el de un garbanzo terrestre. Además, todavía queda por ver cuantas generaciones serían necesarias para “domesticar” el suelo lunar.
Por ahora, este estudio publicado en Scientific Reports nos da esperanza en un futuro gastrónomico que parece más cerca de las estrellas, junto con el horno para pizzas que funciona en ingravidez para los cohetes espaciales.
Este avance demuestra que, con la ayuda de la biología terrestre, el polvo estéril de la Luna puede transformarse en un huerto productivo. Un pequeño paso que nos permite imaginar futuras bases lunares autosuficientes, capaces de seguir expandiendo nuestros horizontes por el espacio.
REFERENCIA