El séptimo sentido nos permite mover la mano por un cajón de arena y notar un cubo enterrado antes de tocarlo, ¿cómo lo hacemos?
La próxima vez que camines por la playa, piensa en lo que ocurre bajo tus pies. La arena no es sólida ni líquida, es una multitud de granos que se empujan, se traban y transmiten fuerzas como una cadena de susurros. En ese murmullo mecánico, algunos animales han aprendido a “escuchar” con el tacto.
En aves limícolas como los correlimos, el pico actúa como una antena que detecta presas ocultas bajo el sedimento. Ese fenómeno se llama “tacto remoto”: localizar un objeto sin contacto directo, leyendo cambios diminutos en el medio cuando se aplica presión cerca. Ahora un equipo de la Queen Mary University of London y el University College London ha comprobado que los humanos también pueden hacerlo.
El experimento tiene algo de juego infantil con truco. Los participantes movían suavemente el dedo por un cajón lleno de arena, siguiendo una trayectoria guiada por una tira de LED, mientras un cubo permanecía enterrado en posiciones fijas. La tarea consistía en indicar dónde estaba el cubo antes de tocarlo, solo por lo que “contaba” la arena durante el barrido.
Así funciona el séptimo sentido
La clave está en esas “reflexiones” mecánicas. Cuando arrastras el dedo, empujas granos y generas una pequeña onda de desplazamientos, si cerca hay un objeto estable, como el cubo, la arena se deforma de otra manera y devuelve un patrón que tu piel puede captar. El equipo modeló la física del proceso y concluyó que la mano humana detecta desplazamientos minúsculos, casi en el umbral teórico de lo que permite el propio material granular.
“Es la primera vez que se ha estudiado el tacto remoto en humanos y cambia nuestra concepción del mundo perceptivo, lo que se llama el ‘campo receptivo’, en los seres vivos, incluidos los humanos”, dijo Elisabetta Versace, profesora de Psicología y responsable del Prepared Minds Lab. Ese “campo receptivo” es, en pocas palabras, la zona del mundo desde la que un sentido puede recoger información, como el alcance real de una linterna. El resultado sugiere que el tacto no se limita al punto de contacto, puede extenderse unos centímetros gracias a cómo viaja la fuerza por la arena.
El estudio no se quedó en la mano humana. Los investigadores montaron un segundo experimento con un brazo robótico UR5 equipado con un sensor táctil, y entrenaron su detección con un algoritmo de memoria a largo y corto plazo, LSTM, un tipo de red neuronal que aprende patrones en secuencias, como cuando una melodía solo tiene sentido si recuerdas las notas anteriores. Luego compararon rendimientos en la misma tarea de “peinar” arena y buscar el cubo enterrado.
Los humanos lograron un 70,7% de precisión dentro del rango en el que la física predice que el objeto debería ser detectable. El robot, de media, “sentía” desde distancias algo mayores, pero se equivocaba mucho más con falsos positivos, y su precisión global se quedó en el 40%. La comparación tiene una lectura bonita: la máquina puede ser valiente y ver fantasmas, la piel humana suele ser más prudente y acierta más cuando decide que ahí hay algo.
Zhengqi Chen, doctorando del Advanced Robotics Lab, lo expresó de modo práctico: “El descubrimiento abre posibilidades para diseñar herramientas y tecnologías de asistencia que amplíen la percepción táctil humana”. En su lista caben tareas delicadas, como localizar piezas arqueológicas sin dañarlas, o explorar terrenos granulares donde la vista no ayuda, desde suelos arenosos hasta el fondo marino.
Lorenzo Jamone, profesor de Robótica e IA en UCL, subrayó el ida y vuelta entre disciplinas: “Lo que hace especialmente emocionante esta investigación es cómo los estudios en humanos y en robots se informaron mutuamente”. Primero, los datos humanos guiaron el aprendizaje del robot, luego el robot devolvió una forma nueva de interpretar lo que hacía la gente. El tacto, al final, se parece menos a un interruptor y más a una conversación entre piel, cerebro y materia.
REFERENCIA
Exploring Tactile Perception for Object Localization in Granular Media: A Human and Robotic Study