Un estudio canadiense detecta opioides y antidepresivos en peces salvajes aguas abajo de depuradoras urbanas, y alerta de que las plantas de tratamiento no están diseñadas para eliminar fármacos.
Los medicamentos que tomamos no desaparecen cuando los excretamos. Van al retrete, a la depuradora, y de ahí, al río. Y ahora hay pruebas de que los peces que viven en esos ríos los están absorbiendo: fentanilo, metadona, antidepresivos. No en el laboratorio. En la naturaleza.
Un equipo de la Universidad de Waterloo (Canadá) ha publicado el primer estudio que documenta la presencia de opioides y otras drogas que afectan al sistema nervioso central en peces salvajes de ríos canadienses. Usando un método analítico de gran sensibilidad que ellos mismos desarrollaron, los investigadores detectaron fentanilo, metadona, venlafaxina (un antidepresivo muy prescrito en España y el resto del mundo) y su metabolito O-desmetilvenlafaxina en todas las especies de peces muestreadas, aguas abajo de plantas de tratamiento de aguas residuales. El trabajo aparece publicado en la revista Environmental Pollution.
Uno de los hallazgos más llamativos fue la diferencia entre sexos: los peces macho acumularon concentraciones más altas de algunas sustancias que las hembras. Factores biológicos como la fisiología o el metabolismo parecen influir en cómo los contaminantes se distribuyen entre individuos de la misma especie.
Por qué las depuradoras no pueden con los medicamentos
Las plantas de tratamiento de aguas residuales están diseñadas para eliminar materia orgánica, bacterias y algunos metales pesados. Los fármacos, sin embargo, son moléculas complejas y resistentes que atraviesan el proceso de depuración prácticamente intactas. Así llegan a los ríos, y así los absorben los organismos que viven en ellos.
«Las plantas de tratamiento no están diseñadas para eliminar fármacos, y los organismos acuáticos probablemente están expuestos a estas sustancias aguas abajo de la mayoría de las comunidades donde se prescriben o se consumen de forma ilícita», explica el Dr. Mark Servos, profesor del Departamento de Biología de Waterloo e investigador del Water Institute.
El problema no es solo de cantidad, sino de exposición continua. A diferencia de un experimento de laboratorio donde un pez recibe una dosis controlada de una sola sustancia, en el mundo real los peces están expuestos de forma permanente a una mezcla de compuestos, cuyas interacciones apenas se han estudiado.
Qué puede significar esto para los ecosistemas
Estudios previos habían sugerido que estas sustancias tienen el potencial de alterar el comportamiento, el desarrollo y la reproducción de los peces. Esta es la primera vez que se documenta su acumulación en animales salvajes en Canadá, lo que da una nueva dimensión al problema: ya no es una posibilidad teórica, sino una realidad medida en tejido vivo.
Las implicaciones van más allá de los peces. Los ríos no son ecosistemas aislados. Son la base de cadenas tróficas enteras; las aves y mamíferos que se alimentan de peces también pueden verse expuestos. Y en muchos casos, son también fuentes de agua para comunidades humanas.
Qué viene ahora
El siguiente paso para el equipo de Waterloo será entender qué significa exactamente esa acumulación para la fisiología de los peces: cómo afecta a su sistema nervioso, su comportamiento y su capacidad reproductiva. Son preguntas que todavía no tienen respuesta, pero que importan cada vez más en un mundo donde el consumo de opioides (tanto legal como ilegal) no deja de crecer, y donde los residuos de ese consumo acaban, inevitablemente, en algún lugar.
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