Un estudio que analizó datos de miles de personas con y sin alzhéimer identifica la alteración del microbioma intestinal como un factor precursor del deterioro cognitivo
Cada vez hay más evidencia de que el alzhéimer no empieza en el cerebro. O al menos, no solo en el cerebro. Un nuevo estudio de la Universidad de Tecnología de Sídney (UTS) que analizó datos de miles de participantes con y sin diagnóstico de alzhéimer identifica la disrupción del microbioma intestinal como uno de los factores precursores más consistentes de la enfermedad.
Las bacterias intestinales alteradas podrían estar enviando señales inflamatorias al cerebro a través del eje intestino-cerebro durante años o décadas antes de que aparezca el primer síntoma cognitivo. La parte crítica del hallazgo es que los factores que disruptan el microbioma, principalmente la dieta, la salud cardiovascular y ciertos eventos quirúrgicos, son en gran parte modificables. Y eso abre una ventana de prevención que la genética y la proteína amiloide no ofrecen.
El eje intestino-cerebro como ruta de señalización
El eje intestino-cerebro es la red de señalización bidireccional que conecta el sistema nervioso entérico (la densa red neuronal que rodea el tracto digestivo) con el sistema nervioso central a través del nervio vago, la circulación sanguínea y señales inmunológicas. El microbioma intestinal (los billones de microorganismos que viven en el colon) influye continuamente sobre esa red: produce neurotransmisores y sus precursores, regula la inflamación sistémica mediante la producción de ácidos grasos de cadena corta (AGCC) y metabolitos inmunomoduladores, y puede modular la permeabilidad de la barrera intestinal y de la barrera hematoencefálica.
La investigadora Faezeh Karimi y su equipo en UTS compararon el microbioma intestinal de participantes con alzhéimer frente a controles cognitivamente sanos, cruzando esos datos con información sobre dieta, historial médico (incluyendo apendicectomías, procedimientos que alteran el microbioma), enfermedades cardiovasculares y marcadores inflamatorios. Lo que encontraron fue un patrón consistente y perturbador: los participantes con alzhéimer mostraban una reducción significativa de bacterias productoras de AGCC (especialmente del género Ruminococcus y Faecalibacterium), compuestos que mantienen la integridad de la barrera intestinal y tienen efectos antiinflamatorios sobre el sistema nervioso central. En su lugar, predominaba un entorno microbiano proinflamatorio con menor diversidad total.
Dieta, corazón y quirófano: los tres factores de riesgo modificables
El estudio identificó tres factores clave que predicen de forma independiente la disrupción del microbioma asociada al alzhéimer. El primero y más potente fue la dieta: los participantes con microbiomas más saludables consumían más fibra, más alimentos fermentados y más variedad de frutas y verduras. El segundo fue la salud cardiovascular: la hipertensión, la diabetes y la obesidad se asociaron con perfiles microbianos más proinflamatorios, en línea con la creciente evidencia de que el riesgo cardiovascular y el riesgo de demencia comparten mecanismos subyacentes.
El tercero fue la historia quirúrgica: las personas que habían sufrido apendicectomía (extirpación del apéndice) mostraban alteraciones específicas del microbioma que se asociaban con mayor riesgo de perfil cognitivo adverso. El apéndice, durante mucho tiempo considerado un vestigio evolutivo sin función, es en realidad un reservorio de bacterias beneficiosas que sirve para «repoblar» el colon tras infecciones o tratamientos antibióticos. Su pérdida deja al microbioma con menor capacidad de recuperación.
Una ventana de intervención que la genética no ofrece
Lo que hace especialmente valioso este enfoque es su potencial preventivo. A diferencia de los factores genéticos de riesgo de alzhéimer (como el alelo APOE4, que no puede modificarse) o de la acumulación de amiloide (que empieza décadas antes de los síntomas y es difícil de revertir), el microbioma es dinámico y responde con relativa rapidez a cambios en la dieta. «Identificar a los individuos con mayor riesgo de forma temprana, antes de que aparezca ningún síntoma cognitivo, crea una ventana de acción: cambio dietético, terapias dirigidas al microbioma y mejor gestión cardiovascular», señaló Karimi. «Esa ventana se cierra drásticamente una vez que el alzhéimer ya se ha manifestado».
En términos prácticos, esto sugiere que las intervenciones preventivas sobre el microbioma (dietas ricas en fibra y alimentos fermentados, probióticos de cepas específicas, mejora del control cardiovascular) deberían empezar décadas antes de la vejez, en la mediana edad, cuando el daño aún puede prevenirse.
REFERENCIA