En el año 775 d.c. el cielo de Japón se tiñó de rojo cruzado de auroras boreales, ahora se ha resuelto el misterio gracias a unas inesperadas pruebas

¿Qué relación pueden tener los versos de un cortesano japonés del siglo XIII y unos árboles enterrados durante milenios bajo el suelo volcánico de Japón? En el invierno del año 1200, mucho antes de que existieran satélites, telescopios espaciales o misiones lunares, algo extraño iluminó el cielo de Japón, el sol se mostró mucho más activo de lo que pensábamos, y sus huellas quedaron escondidas en la madera y en la poesía.

Ocho siglos después, un equipo del Okinawa Institute of Science and Technology (OIST) ha logrado reconstruir lo que ocurrió: una tormenta solar intensa, probablemente un evento de protones solares (SPE), capaz de lanzar partículas cargadas a casi el 90% de la velocidad de la luz. Estos fenómenos, aunque invisibles para el ojo humano, pueden estar acompañados de auroras boreales inusuales y dejar huellas químicas en los organismos vivos.

El estudio, publicado recientemente en la revista Proceedings of the Japan Academy, demuestra que la poesía medieval y la ciencia de vanguardia pueden ser aliadas inesperadas para entender la historia de nuestro sol y cómo puede afectarnos su caprichoso carácter en el futuro.

Árboles enterrados que cuentan la historia del sol

El equipo de investigadores, liderado por la profesora Hiroko Miyahara, ha logrado reconstruir un capítulo olvidado de la historia solar utilizando muestras de ciprés Asunaro extraídas de la península de Shimokita, en Japón, donde yacían enterrados varios troncos que, aunque llevaban muertos desde hace siglos, sus anillos conservaban un registro químico del ambiente en el que crecieron, actuando como archivos químicos naturales.

Cuando el Sol libera una llamarada masiva, lanza partículas de alta energía que, al chocar con la atmósfera terrestre, producen carbono-14, los árboles absorben este isótopo durante la fotosíntesis y quedan atrapados en sus anillos de crecimiento anual.

Muestras de ciprés asunaro

Muestras de ciprés asunaro, desenterradas en la península de Shimokita. Crédito: Hiroko Miyahara, OIST

El equipo del OIST aplicó una técnica de medición de carbono‑14 extremadamente precisa, desarrollada durante más de una década, que les permitió detectar fluctuaciones muy pequeñas, imposibles de ver con métodos convencionales, pudiendo así identificar eventos de protones solares “sub‑extremos”, es decir, no tan devastadores como los mayores conocidos, pero sí lo bastante fuertes como para representar un riesgo para astronautas o satélites.

Los resultados mostraron que entre el invierno de 1200 y la primavera de 1201, los árboles registraron un pico de carbono‑14 compatible con un evento solar, periodo coincide con auroras inusualmente bajas documentadas en China.

Las “luces rojas” de Teika: una poesía a las auroras boreales

Para dar sentido a estos datos químicos, los científicos acudieron a la literatura. En el Meigetsuki, el diario de un famoso poeta y cortesano japonés, Fujiwara no Teika, se describían «luces rojas» en el cielo nocturno de Kioto en febrero de 1204.

Estas luces eran una referencia clara a auroras boreales de baja latitud, observadas en regiones donde normalmente no aparecen, lo cual era una señal indudable de una actividad solar extrema que bombardeaba el campo magnético de la Tierra. Aunque las auroras suelen ser verdes y ocurrir cerca de los polos, las tormentas solares extremas pueden desplazar estos espectáculos hacia el ecuador, volviéndolas de un rojo intenso debido a su interacción con el oxígeno en las capas altas de la atmósfera.

Fujiwara no Teika / Meigetsuki

(Izquierda) Ilustración de Fujiwara no Teika. (Derecha) Copia manuscrita del Meigetsuki (Izquierda). Créditos: Kikuchi Yosai/Archivos Nacionales de Japón

Para la profesora Hiroko Miyahara y su equipo, estos versos antiguos no eran solo arte, eran coordenadas temporales. Las menciones de auroras en crónicas de Japón, China y Corea entre los años 1190 y 1220 junto con la información de los anillos de los árboles revelaban que hace ocho siglos el sol atravesó un periodo de agitación constante. Mientras que hoy sabemos que el ciclo solar dura unos 11 años, en aquel entonces el sol completaba sus ciclos en apenas 7 u 8 años, lo que sugiere que la maquinaria interna de nuestra estrella, la circulación de plasma en su zona de convección, funcionaba a una velocidad mucho mayor de lo normal.

El estudio demuestra que estos eventos no son anomalías únicas de milenios atrás, sino fenómenos que ocurren con cierta frecuencia cuando el Sol está muy activo. Comprender estos eventos «sub-extremos» es vital para nuestra civilización tecnológica, una tormenta de este calibre hoy en día podría destruir satélites de comunicaciones y redes eléctricas. Además, para los astronautas de misiones como Artemis, que planean regresar a la Luna, encontrarse con un evento de protones solares sin la protección del campo magnético terrestre podría ser letal.

REFERENCIA

Extremely active sun from 1190 to 1220 in the medieval period: Intercomparison of historical records and tree-ring carbon-14