El humo de los incendios forestales afecta a todo tu cuerpo, no solo a los pulmones

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Las partículas finas del humo entran en la sangre y se relacionan con ictus, infartos y problemas neurológicos, y los últimos estudios no encuentran ningún nivel de exposición que resulte seguro.

Cielos anaranjados a mediodía, un olor a quemado que no se va y ciudades enteras difuminadas por la bruma. Las temporadas de incendios, cada vez más largas e intensas, han convertido el humo en un visitante casi anual para millones de personas, a menudo a cientos de kilómetros de las llamas. Lo que respiramos esos días parece, como mucho, una molestia para la garganta y los ojos. Pero la ciencia reciente dibuja un panorama más inquietante: ese humo no se queda en los pulmones, sino que se cuela en el cuerpo entero y deja huella mucho después de que el aire vuelva a aclararse.

Índice
  1. Qué llevas dentro cuando respiras humo
  2. Del pulmón al cerebro y al corazón
  3. Un peaje de miles de muertes
  4. Cómo protegerte cuando el cielo se vuelve gris
  5. REFERENCIAS

Qué llevas dentro cuando respiras humo

El humo de un incendio es un cóctel de contaminantes: partículas finas (las famosas PM2,5), dióxido de nitrógeno, ozono, hidrocarburos aromáticos e incluso plomo. Y cuando el fuego alcanza pueblos o ciudades, la cosa empeora, porque ya no arde solo vegetación: arden plásticos, metales pesados, arsénico. Las PM2,5 son tan diminutas que, al respirar, viajan hasta lo más profundo del pulmón y desde allí pasan al torrente sanguíneo. Ese es el problema de fondo: una vez en la sangre, esas partículas pueden repartir su daño por cualquier órgano, y sus efectos no desaparecen cuando se despeja la neblina.

Del pulmón al cerebro y al corazón

La prueba más contundente de que el humo afecta a todo el cuerpo llega del sistema cardiovascular. Un estudio en el European Heart Journal siguió a unos 25 millones de personas mayores de 65 años en Estados Unidos y encontró que la exposición prolongada a las PM2,5 procedentes del humo aumentaba el riesgo de ictus: cada incremento de una unidad en la media de tres años se asociaba a un 1,3% más de riesgo, casi el doble del efecto de las PM2,5 de otras fuentes.

Los autores calculan que el humo contribuye a unos 17.000 ictus al año solo en ese país. A eso se suman más infartos y otros problemas cardiovasculares, un aumento de las crisis de salud mental y una relación cada vez mejor documentada con la depresión y con dificultades cognitivas, esa "niebla mental" que muchos notan tras días de humareda. Según el investigador Yang Liu, de la Universidad Emory, el humo genera estrés oxidativo en el organismo y acelera el desarrollo de enfermedades que ya venían gestándose.

Tampoco se libran los más pequeños antes de nacer. La exposición durante el embarazo se ha vinculado a un mayor riesgo de parto prematuro y de bajo peso al nacer, un recordatorio de que la lista de personas vulnerables es mucho más amplia de lo que se pensaba: niños en las aulas, embarazadas, asmáticos, pacientes con cáncer o con enfermedades del corazón.

Un peaje de miles de muertes

Las cifras de mortalidad son las que de verdad ponen los pelos de punta. Un trabajo publicado este año en Science Advances estimó, de forma conservadora, más de 24.000 muertes al año en Estados Unidos atribuibles únicamente a la exposición prolongada al humo entre 2006 y 2020. Y una proyección de la Universidad de Stanford, publicada en Nature, calcula que podrían producirse casi dos millones de muertes adicionales por las PM2,5 del humo entre 2026 y 2055.

El telón de fondo es el cambio climático: la superficie que arde cada año no para de crecer, y con ella la frecuencia de estos episodios. El dato más incómodo que repiten los investigadores es que no aparece ningún umbral seguro de exposición. Dicho de otro modo: no hace falta un incendio apocalíptico para que el humo pase factura, basta con episodios "moderados" que se repiten verano tras verano.

Cómo protegerte cuando el cielo se vuelve gris

La buena noticia es que sí puedes reducir la exposición, y aquí es donde conviene pasar a la práctica. Cuando el aire esté cargado de humo, lo más eficaz es buscar un espacio con aire limpio: tu propia casa con las ventanas y puertas bien cerradas, o un edificio público con buena climatización (una biblioteca, un centro comercial).

Merece la pena comprobar que el sistema de ventilación no esté metiendo el aire de fuera y, si tienes purificador, usarlo. Al salir a la calle, una mascarilla de buena calidad ayuda, aunque no ofrece una protección total. Y el gesto más sencillo de todos: consultar el índice de calidad del aire de tu zona antes de decidir si sales a correr o dejas a los niños jugar en el parque. Los grupos más frágiles (mayores, embarazadas, personas con asma o problemas de corazón) son los que más deben extremar el cuidado.

Durante mucho tiempo pensamos en el humo de los incendios como un problema pasajero y, sobre todo, pulmonar. La evidencia acumulada obliga a cambiar el chip: hablamos de un factor de riesgo crónico para el corazón, el cerebro y buena parte del cuerpo, que además se ha instalado en nuestros veranos para quedarse. La mayoría de quienes pasan una semana entre humo no acabarán siendo una estadística, pero muy pocos salen del todo indemnes. Entender qué está en juego es el primer paso para tomárselo en serio y protegerse cuando el cielo, otra vez, amanezca del color equivocado.

REFERENCIAS

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