El motivo por el que debes dejar de poner recordatorios en el móvil

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Dos experimentos muestran que quienes se apoyan en recordatorios para acordarse de una tarea rinden peor cuando se los quitan, incluso por debajo de quienes nunca los usaron.

Tienes que llamar al fontanero a las seis, sacar la basura al salir y felicitar a tu cuñado. Ninguna de esas cosas vive ya en tu cabeza: viven en el móvil, repartidas en alarmas y avisos de calendario. El sistema funciona de maravilla, hasta el día en que el aviso no salta, se te olvida programarlo o el teléfono se queda sin batería. Un nuevo trabajo sugiere que ese día lo pasarás peor de lo que crees, y no solo por haber perdido la muleta.

Índice
  1. Descargar la memoria en un aparato
  2. El experimento de la palabra y la barra espaciadora
  3. La ayuda pasa factura
  4. Por qué el esfuerzo construye memoria
  5. Antes de tirar la agenda del móvil
  6. REFERENCIA

Descargar la memoria en un aparato

Los psicólogos tienen un nombre para esta costumbre: descarga cognitiva (cognitive offloading), es decir, trasladar parte del trabajo mental a una ayuda externa, ya sea una alarma, una nota en la nevera o una lista de la compra. Lo que está en juego aquí es un tipo concreto de memoria, la memoria prospectiva, que es la capacidad de acordarse de hacer algo en el futuro: tomarte la pastilla después de cenar, comprar pan al volver a casa, enviar ese correo el lunes. Es una habilidad discreta pero fundamental, y de ella depende buena parte de nuestra autonomía diaria. Que los recordatorios ayudan en el momento estaba de sobra demostrado. La pregunta que quedaba abierta era otra: ¿esa ayuda deja alguna huella en tu capacidad de recordar por ti mismo?

El experimento de la palabra y la barra espaciadora

Para averiguarlo, Craig Fellers y Benjamin Storm, de la Universidad de California en Santa Cruz, diseñaron dos experimentos por internet. En el primero participaron 130 estudiantes universitarios (108 tras aplicar los criterios de exclusión previstos) y en el segundo, 280 personas con una versión distinta de la tarea. La mecánica era sencilla de explicar y exigente de cumplir: los participantes hacían una tarea continua con palabras y, al mismo tiempo, debían acordarse de dos encargos pendientes, como pulsar la barra espaciadora al ver una palabra de tres sílabas. Un grupo tenía que retener ambos encargos en su cabeza. El otro contaba con un recordatorio bien visible, en negrita, para uno de los dos, mientras el otro seguía dependiendo de su memoria. Después venía la parte interesante: todos repetían la tarea, pero esta vez sin ningún recordatorio a la vista.

La ayuda pasa factura

Los resultados, publicados en el Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition, tienen dos partes. La primera era esperable: mientras el recordatorio estaba ahí, funcionaba de maravilla y los participantes casi nunca fallaban esa tarea. La segunda no lo era tanto. Al retirar todos los avisos, quienes se habían apoyado en ellos recordaron bastantes menos encargos que quienes nunca los habían tenido. Y el matiz que da la vuelta al asunto es este: su rendimiento cayó incluso por debajo del nivel de partida de los que habían tirado siempre de memoria propia. Dicho de otro modo, no se trataba solo de haber perdido una ayuda, sino de haber aprendido menos por el camino.

Hubo un segundo hallazgo que desmonta una creencia bastante extendida. Mucha gente justifica las alarmas diciendo que le liberan espacio mental para lo demás. Pues bien, los investigadores no encontraron pruebas de ello: descargar una tarea en el recordatorio no mejoró el rendimiento en la otra tarea que los participantes seguían teniendo que recordar solos. Es más, en el segundo experimento, cuando los recordatorios se hicieron todavía más explícitos, el rendimiento en la tarea no descargada llegó a empeorar.

Por qué el esfuerzo construye memoria

La explicación encaja con un concepto muy asentado en psicología del aprendizaje: las dificultades deseables. La idea es que ciertos obstáculos que hacen la tarea más incómoda en el momento (recuperar algo de memoria sin pistas, espaciar el repaso en el tiempo) son justamente los que consolidan el aprendizaje a largo plazo. Recordar sin ayuda cuesta más, y ese coste es el que entrena la habilidad. Al eliminar el esfuerzo, el recordatorio también elimina la práctica. Como concluyen los propios autores, estas herramientas resultan potentísimas para asegurar que la tarea se cumple hoy, pero no son cognitivamente neutras: hay un intercambio entre la comodidad inmediata y el aprendizaje a largo plazo.

Antes de tirar la agenda del móvil

Conviene no exagerar el mensaje, y los investigadores son los primeros en avisar. El estudio se hizo por internet y con estudiantes universitarios, así que no refleja necesariamente cómo usamos las aplicaciones de recordatorios en la vida real; las personas mayores, por ejemplo, se apoyan en ellas de otra manera y para ellas suelen ser una ayuda valiosísima para mantener su autonomía. Además, se midió el rendimiento en un plazo corto, de modo que queda sin responder si años de dependencia del móvil producen un efecto parecido.

Con esas cautelas, sí hay una lección práctica que puedes aplicar hoy. Para lo importante e irrenunciable (la medicación, una cita médica, un vuelo) el recordatorio sigue siendo la opción sensata, porque el objetivo es cumplir, no entrenarse. Pero para lo cotidiano y de bajo riesgo quizá merezca la pena dejar de programar la alarma y darle a la cabeza la oportunidad de hacer su trabajo. Ese pequeño esfuerzo incómodo de acordarse solo, según este trabajo, es exactamente el ejercicio que tu memoria necesita para no depender siempre de un aparato.

REFERENCIA

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