VIDEO: Por primera vez se filma a un chopito ártico criando a 1,6 grados bajo cero
Un robot submarino ha logrado en un fiordo de Groenlandia la primera observación en vivo de esta especie ártica, con una hembra madura vigilando sus racimos de huevos.
A cincuenta metros de profundidad, en un fiordo del noreste de Groenlandia, la cámara de un pequeño robot submarino se topó con algo que nadie había visto nunca en vivo: un cefalópodo del tamaño de la palma de tu mano, iridiscente entre el morado y el naranja, posado en el fondo junto a varios racimos de huevos. El agua que lo rodeaba estaba a 1,6 grados bajo cero, a un suspiro de congelarse.
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Un pariente ártico del chopito
El protagonista es Rossia moelleri, una especie conocida en inglés como calamar de cola corta del Ártico y perteneciente a la familia de los sepiólidos, la misma de esos chopitos que en España suelen acabar fritos en un plato. Mide alrededor de diez centímetros, de modo que cabe en una mano sin problema. Hasta ahora la ciencia solo lo conocía por ejemplares capturados y por registros dispersos, sin que nadie lo hubiera observado vivo en su hábitat.
El hallazgo, publicado en la revista Polar Biology, lo firma un equipo dirigido por Paige Maroni, bióloga de aguas profundas de la Universidad de Australia Occidental. Ocurrió en septiembre de 2025 en el Parque Nacional del Noreste de Groenlandia, el mayor del planeta con unos 972.000 kilómetros cuadrados y, a la vez, uno de los menos documentados desde el punto de vista biológico. Los datos disponibles sobre lo que vive en su fondo marino y en su columna de agua son escasísimos.
Tres racimos de huevos en el fondo
Junto a la hembra, que estaba madura, el vehículo submarino registró tres masas de huevos con un aspecto que los investigadores comparan con racimos de uvas. Ese detalle es lo que convierte la observación en algo más que una foto bonita, porque aporta la primera prueba directa de que estos cefalópodos se reproducen activamente en un sistema de fiordos ártico bajo cero. Una cosa es saber que una especie habita una zona, otra confirmar que allí completa su ciclo vital.
Por qué 1,6 grados bajo cero roza el límite
La cifra merece un momento de atención, ya que resulta más extrema de lo que parece. El agua dulce se congela a cero grados, mientras que el agua de mar, gracias a la sal disuelta, aguanta líquida hasta unos 1,8 grados bajo cero. Dicho de otro modo, esa hembra estaba criando a dos décimas de grado de la temperatura más baja que el océano puede alcanzar sin convertirse en hielo. El contraste con la superficie resulta llamativo: allí arriba el agua marcaba 6,7 grados positivos, así que el animal había elegido justamente la capa más gélida de la columna.
Centinelas de un Ártico que se calienta
Los cefalópodos ocupan un lugar peculiar en estos ecosistemas, como depredadores de presas pequeñas y como presa de animales mayores. Su gran virtud para la ciencia tiene que ver con el reloj: viven poco y se reemplazan rápido, con lo que responden a los cambios ambientales antes que las especies longevas. Los autores subrayan que variaciones incluso sutiles de temperatura o de salinidad pueden afectar a su éxito reproductivo y a su permanencia en una zona. Esa sensibilidad los convierte en una señal temprana de cómo aguanta el conjunto del ecosistema en la región del planeta que se calienta más deprisa. Documentar quién vive dónde, y si se reproduce, establece la línea de base que permitirá medir los cambios futuros.
Ciencia a bordo de un crucero
El otro aspecto interesante del trabajo tiene que ver con cómo se consiguió. El equipo viajaba en una expedición turística de la compañía Secret Atlas en lugar de un buque oceanográfico, dentro de un modelo (respaldado por la iniciativa Yachts for Science) que embarca científicos en viajes de pago junto a los turistas. El instrumental era igual de modesto: un vehículo submarino ligero equipado con una cámara GoPro. Maroni defiende que esa combinación de ciencia de bajo impacto y turismo de expedición puede rellenar huecos importantes en la biodiversidad de las regiones polares remotas, donde una sola observación verificada aporta información valiosa sobre distribución, reproducción y resistencia al cambio climático.
Conviene tomarse esa última frase con la precisión que exige. El trabajo es una nota de primer registro basada en un único avistamiento, así que no dice nada sobre cuántos animales de esta especie hay, ni sobre si su población crece o se hunde. Su valor está en el punto de partida que fija. En un océano tan mal explorado, saber que una hembra de diez centímetros cuida sus huevos a 1,6 grados bajo cero, en un fiordo donde casi nadie ha mirado, es exactamente el tipo de dato que faltaba para poder detectar mañana lo que haya cambiado.
REFERENCIA
- First in situ record of Rossia moelleri (bobtail squid) and egg masses in Northeast Greenland National Park (Maroni, Cornet, Skorikova et al., Polar Biology 49, 75, 2026. DOI: 10.1007/s00300-026-03518-6)
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