Este año, en España se han salvado más de 1.000 vidas gracias al aire acondicionado

aire acondicionado

Un estudio con cuatro décadas de datos en España muestra que las muertes por calor han caído pese al aumento de las temperaturas, y apunta al aire acondicionado como principal responsable

Según datos del Ministerio de Sanidad, en 2025, España experimentó un impacto histórico del calor en la salud pública, con un aumento del 87% en la mortalidad atribuible y un 73% más de episodios de calor extremo en comparación con 2024. El sistema de vigilancia MoMo estimó 3.832 fallecimientos vinculados al exceso de temperatura, casi el doble que el año anterior, afectando desproporcionadamente a personas mayores de 65 años (casi el 96% de los casos) y a mujeres (59,4%), aunque el Ministerio de Sanidad confirmó clínicamente solo 25 muertes directas por golpe de calor, generalmente en personas con factores de riesgo previos.

En efecto, la intuición dice que, si cada verano hace más calor, cada verano debería morir más gente por su culpa. Pero, en realidad, los datos de las últimas décadas en España cuentan justo lo contrario, y ahí está la sorpresa: las temperaturas suben sin parar y, aun así, el calor se cobra proporcionalmente menos vidas que antes, aunque aumenten en términos absolutos. La explicación principal tiene que ver con un aparato que muchos tenemos zumbando en casa estos días, y no con la medicina ni con los planes de emergencia.

Índice
  1. Más calor, menos muertes en proporción
  2. El aire acondicionado, protagonista inesperado
  3. Cuatro décadas y 48 provincias
  4. La desigualdad del aire acondicionado
  5. REFERENCIA

Más calor, menos muertes en proporción

El punto de partida es un calentamiento bien documentado. La temperatura media anual en España aumenta a un ritmo de 0,36 °C por década, una cifra que en los meses de verano se dispara hasta los 0,40 °C. Lo llamativo es que ese ascenso ha coincidido con una reducción progresiva de la mortalidad asociada al calor. Las muertes relacionadas con el frío también han bajado. Dicho de otro modo, el clima aprieta más, mientras que la población española se ha vuelto bastante más resistente a sus extremos. Averiguar por qué era el objetivo del trabajo.

El aire acondicionado, protagonista inesperado

Al analizar los factores sociales y económicos detrás de esa mejora, el equipo encontró un culpable claro del lado del calor. La expansión del aire acondicionado en los hogares españoles explica alrededor del 28,6% del descenso en las muertes por calor, y hasta el 31,5% de la caída en las muertes por calor extremo, entre finales de los años ochenta y principios de los 2010. Del lado del frío, la calefacción hizo un papel equivalente: da cuenta de en torno al 38,3% de la reducción de fallecimientos por frío y de un notable 50,8% de la bajada en las muertes por frío extremo. La lectura de fondo es que buena parte de esta mejora responde al desarrollo socioeconómico del país (poder climatizar la vivienda) más que a intervenciones concretas como los sistemas de alerta por ola de calor.

Cuatro décadas y 48 provincias

La solidez del estudio publicado en Environment International descansa en la cantidad de datos manejados. El equipo, dirigido por Hicham Achebak y coordinado por Joan Ballester, ambos del ISGlobal (el instituto de salud global de Barcelona impulsado por la Fundación la Caixa), recopiló la mortalidad diaria por todas las causas y las variables meteorológicas (temperatura y humedad) de las 48 provincias de la España peninsular y balear entre enero de 1980 y diciembre de 2018. Después cruzó esa información con 14 indicadores de contexto, desde el nivel de ingresos y educación hasta las condiciones de la vivienda. Un matiz importante: la caída de la mortalidad por frío habría sido aún mayor de no ser por el envejecimiento de la población, ya que los mayores de 65 años son más vulnerables a las bajas temperaturas y cada vez son más.

La desigualdad del aire acondicionado

Antes de celebrar el aire acondicionado como la solución definitiva, conviene leer la letra pequeña, que aquí es decisiva. El primer problema es de justicia social. Los autores observaron grandes diferencias entre provincias, y Achebak recuerda que para muchos hogares españoles refrigerar la casa sigue siendo un lujo inasequible, justo cuando más falta hace.

El segundo problema es todavía más incómodo. Usar aire acondicionado de forma masiva consume mucha energía y, según cómo se genere esa electricidad, puede acabar alimentando el mismo calentamiento global que provoca las olas de calor. Sería la pescadilla que se muerde la cola: enfriamos el salón hoy a costa de recalentar el planeta mañana. Por eso los investigadores insisten en que hacen falta otras estrategias complementarias, como ampliar las zonas verdes y las láminas de agua en las ciudades para rebajar la temperatura urbana sin enchufar nada.

Merece la pena recordar también qué tipo de estudio es este. Se trata de un análisis observacional, capaz de establecer asociaciones muy robustas a partir de una montaña de datos, aunque por su propia naturaleza no demuestra una relación de causa y efecto con la rotundidad de un experimento. Con esa cautela, el mensaje resulta esperanzador y matizado a la vez. La buena noticia es que la sociedad puede adaptarse al cambio climático y que esa adaptación ya ha salvado miles de vidas en España. La menos buena es que la herramienta estrella de esa adaptación llega de forma desigual y, mal gestionada, agrava el problema que intenta resolver. El reto de las próximas décadas pasa por enfriar ciudades enteras de manera sostenible y para todo el mundo, no solo los salones de quienes pueden permitírselo.

REFERENCIA

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