Detrás de los incendios: por qué España y Portugal tienen el clima más cálido y seco de los últimos 1.200 años

tierra quemada

Dos estudios recientes confirman que la Tierra ha sido más fría, y que el anticiclón de las Azores se ha expandido como no lo hacía en más de un milenio

Cada verano se repiten las mismas imágenes: columnas de humo sobre las sierras, pueblos evacuados y miles de hectáreas calcinadas en España y Portugal. Solemos buscar al pirómano de turno o al monte mal gestionado, factores muy reales, y se nos escapa el escenario de fondo por el que arde todo, y que dos investigaciones científicas ponen de manifiesto: una reconstruye la temperatura del planeta a lo largo de cientos de millones de años, la otra explica por qué la península ibérica vive su etapa más seca en más de un milenio.

Índice
  1. Un planeta que nunca fue tan caliente como creíamos
  2. El anticiclón de las Azores ya no se marcha
  3. La receta perfecta para arder
  4. La lección que dejan las dos investigaciones
  5. REFERENCIAS

Un planeta que nunca fue tan caliente como creíamos

Conviene empezar por la escala grande, la geológica. Durante mucho tiempo se pensó que en ciertos periodos del pasado remoto la Tierra llegó a estar hasta 20 °C por encima de los niveles preindustriales, e incluso unos 30 °C cuando aparecieron los primeros animales. Un equipo de la Universidad de Leeds acaba de rebajar bastante esas cifras. Usando un método nuevo, el Índice Químico de Alteración (que mide cuánto se han desgastado ciertos elementos en las rocas y sirve como termómetro del pasado) combinado con modelos climáticos, reconstruyeron la temperatura global de los últimos 540 millones de años, todo el eón Fanerozoico. Su conclusión, publicada en un estudio en Nature Communications, es que aquellos episodios cálidos rondaron más bien los 10 °C sobre el nivel preindustrial: más calientes que hoy, pero mucho menos extremos de lo que se creía.

La explicación es tranquilizadora solo a medias. La Tierra dispone de una especie de termostato natural, unos procesos de retroalimentación negativa como la meteorización de las rocas, que a lo largo de eras geológicas ha frenado los excesos de calor y ha mantenido el planeta en una franja habitable donde la vida pudo evolucionar. El problema es la velocidad: ese termostato tarda cientos de miles de años en actuar, mientras que nosotros calentamos la atmósfera en apenas décadas. El investigador Benjamin Mills, que firma el trabajo, lo resume con una pregunta incómoda sobre hasta dónde podemos forzar al planeta. Si llegáramos a quemar todas las reservas de combustibles fósiles, el calentamiento podría alcanzar esos 10 °C y llevar a la Tierra a un territorio en el que quizá nunca ha estado, demasiado deprisa para que sus frenos naturales sirvan de algo.

El anticiclón de las Azores ya no se marcha

Bajemos ahora a nuestra esquina del mundo. El anticiclón de las Azores es una enorme masa de altas presiones sobre el Atlántico Norte que funciona como un portero: decide cuántas borrascas cargadas de lluvia llegan hasta Europa occidental, sobre todo en invierno. Cuando se agranda, cierra la puerta a esas lluvias y deja seca a la península. En los libros de texto era la explicación clásica de un verano español caluroso y sin una nube. La mala noticia es que ese anticiclón se ha vuelto casi permanente.

Un trabajo publicado en la revista Nature Geoscience reconstruyó el tamaño de este anticiclón a lo largo de 1.200 años, cruzando modelos climáticos del último milenio con archivos naturales del pasado como las estalagmitas de las cuevas, que guardan en sus capas el registro de las lluvias antiguas. El resultado es contundente: los inviernos con un anticiclón de las Azores extremadamente grande son mucho más frecuentes desde el arranque de la era industrial, hacia 1850, y esa expansión no tiene precedentes en 1.200 años. La consecuencia la sufrimos en el recibo del agua y en el campo, con inviernos anómalamente secos en el Mediterráneo occidental, menos recarga de embalses y acuíferos y una amenaza creciente para cultivos tan nuestros como la vid y el olivo. Las proyecciones apuntan a que, de seguir las emisiones, el anticiclón seguirá creciendo y la sequía irá a más durante este siglo.

La receta perfecta para arder

Aquí es donde las dos piezas encajan sobre el mapa de un monte en llamas. Por un lado, un planeta empujado a calentarse más rápido de lo que su termostato puede compensar. Por otro, la península ibérica, condenada por ese anticiclón tozudo a inviernos cada vez más secos. Calor de sobra y agua que no llega: el punto de partida ideal para el fuego. Se suma un matiz cruel del clima calentado. El invierno resulta más seco de media, pero cuando por fin llueve suele hacerlo en episodios violentos y concentrados que disparan el crecimiento rápido de matorral y hierba. Ese verdor efímero se convierte, tras un verano cada vez más largo, caluroso y reseco, en combustible perfectamente curado esperando una chispa.

Merece la pena ser honestos con lo que dice y lo que no dice la ciencia aquí. Ninguno de los dos estudios cuenta incendios ni mide hectáreas quemadas. Lo que hacen es describir el tablero, uno a escala del planeta y otro a escala de la península, y ese tablero cada vez reúne mejor las tres condiciones que un gran incendio necesita: calor, sequedad y combustible abundante. La chispa, esa la seguimos poniendo casi siempre nosotros.

La lección que dejan las dos investigaciones

La imagen que emerge al juntar ambos trabajos resulta coherente y algo escalofriante. La Tierra sabe regularse, pero a un ritmo geológico ajeno por completo a nuestras prisas. España y Portugal se encuentran en la primera línea de ese desajuste, en una franja del planeta donde el calentamiento se traduce en menos lluvia, más calor y, como resultado casi inevitable, más fuego. El humo de cada agosto es uno de sus síntomas más visibles. Mills lo plantea sin dramatismo pero sin escapatoria: si las salvaguardas naturales del planeta son demasiado lentas para protegernos, la regulación del clima tendremos que hacerla nosotros. Entender qué hay detrás de las llamas es el primer paso para dejar de tratarlas como una fatalidad del verano y verlas como lo que son, la consecuencia previsible de un clima que hemos alterado.

REFERENCIAS

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