Por qué los humanos evolucionamos para contar chistes

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Supervivencia del más gracioso: una lingüista propone que la selección sexual favoreció el humor y el ingenio verbal desde los primeros estadios del lenguaje

Una de las frases más repetidas en las aplicaciones de ligue es "busco a alguien que me haga reír", y puede que no sea tan frívolo como parece. Que alguien nos haga reír nos resulta atractivo, y esa preferencia podría no ser un accidente cultural, sino un rasgo de nuestra evolución como especie.

Una lingüista acaba de publicar un estudio detallado que sostiene que la capacidad de combinar palabras de forma ingeniosa y divertida fue un rasgo favorecido por la selección sexual desde el inicio mismo del lenguaje, lo que habría impulsado la complejidad gramatical del mismo modo que la cola del pavo real impulsó la evolución de esa especie por su complejidad.

Índice
  1. Más allá del más fuerte y del más amigable
  2. Los fósiles vivos de la gramática
  3. El chiste como ventaja reproductiva
  4. Compite y coopera a la vez
  5. Una teoría, no un experimento
  6. REFERENCIA

Más allá del más fuerte y del más amigable

Las grandes narrativas de la evolución humana han oscilado durante décadas entre dos polos. El primero es el clásico de Darwin, la supervivencia del más apto, con la fuerza física y la salud como motor. El segundo, más reciente, es la llamada supervivencia del más amigable, que atribuye el éxito evolutivo de los humanos a su capacidad de cooperar y formar alianzas, domando de paso su propia agresividad.

La lingüista Ljiljana Progovac, de la Universidad Wayne State, propone en la revista PNAS Nexus que ninguna de esas dos historias basta por sí sola para explicar qué hace al lenguaje humano tan singular, y añade una tercera pieza al rompecabezas: la supervivencia del más gracioso.

Los fósiles vivos de la gramática

El punto de partida más llamativo del trabajo es un tipo de compuesto verbal que sobrevive en muchos idiomas como un fósil de los primeros estadios del lenguaje. En español, en inglés, en muchas otras lenguas, existen palabras formadas por un verbo seguido de un nombre, que producen expresiones mucho más vívidas que su equivalente descriptivo. En inglés, killjoy (literalmente "mata-alegría") genera una imagen mental más intensa que joy killer, y pickpocket (saca-bolsillos) resulta más expresivo que pocket picker.

En español encontramos el mismo patrón en palabras como aguafiestas, chupamedias, matasanos, metomentodo o buscavidas. Progovac señala que estas formaciones son antiguas, aparecen de forma independiente en familias de lenguas muy distintas y tienen algo en común: con frecuencia son ingeniosas, algo crudas y efímeras, y los estudios de neuroimagen muestran que activan el cerebro con más fuerza que sus equivalentes neutros. En particular, estimulan con mayor intensidad el giro fusiforme, una región implicada en el procesamiento visual, el reconocimiento de rostros y el pensamiento metafórico.

El chiste como ventaja reproductiva

La hipótesis central sostiene que, en cuanto los primeros humanos pudieron combinar dos palabras, dispusieron de una herramienta para algo cualitativamente nuevo: insultar o hacer reír sin recurrir a la violencia física. Quien dominaba esa habilidad podía desprestigiar a un rival o conquistar a una pareja sin arriesgarse a una pelea. Progovac apoya esa idea en varias líneas de evidencia. En muchas sociedades de tradición oral, los individuos más elocuentes ocupan los puestos de mayor estatus social.

Los estudios sobre preferencias de pareja muestran que las mujeres buscan en los hombres un compañero que las haga reír con una frecuencia casi doble de la que los hombres exigen en ellas, y que presentan mayor reactividad neuronal ante el humor. Eso encaja con la lógica de la selección sexual: los rasgos que se prefieren en el sexo opuesto evolucionan con rapidez. El argumento es que el ingenio verbal fue, en ese sentido, tan importante como la simetría facial o la resistencia física.

Compite y coopera a la vez

Una de las ventajas del modelo de Progovac frente a la pura hipótesis de la amigabilidad es que el ingenio verbal permite las dos cosas al mismo tiempo. El humor puede usarse para derrotar a un rival en una competición verbal y, a la vez, para estrechar vínculos y suavizar tensiones dentro del grupo.

La autora propone que la selección para el ingenio rápido creó un bucle de realimentación con la hipótesis de la autodomesticación humana, según la cual los homínidos redujeron su propia agresividad a lo largo del tiempo. En ese bucle, el lenguaje y el humor habrían canalizado la competición social hacia el terreno verbal, lo que a su vez habría favorecido comportamientos menos violentos y más cooperativos. El chiste desplazó el golpe.

Una teoría, no un experimento

El artículo da un marco teórico que sintetiza y conecta evidencias de la lingüística, la neuroimagen y la biología evolutiva para proponer una explicación. Sin embargo, no es tan fácil hacer experimento con participantes para comprobarlo. Lo que sí aporta son puntos de apoyo concretos, el patrón de los compuestos verbo-nombre como fósil lingüístico, la neuroimagen de esos compuestos, y los datos de preferencias de pareja, que hacen la propuesta falseable, al menos en parte, por otros investigadores.

Queda, en todo caso, una intuición que muchos lectores reconocerán en su propia vida. No es solo que la gente con sentido del humor resulte más atractiva: es que esa atracción podría tener raíces muy antiguas, anteriores a cualquier idioma reconocible. Si Progovac tiene razón, cuando alguien hace reír a quien tiene al lado está haciendo exactamente lo que sus ancestros hicieron para llegar a existir. El mejor chiste del paleolítico es el primero del que no queda registro.

REFERENCIA

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