Evan O'Neill Kane, el cirujano que se operó a sí mismo de apendicitis porque no se fiaba

Evan O’Neill Kane

En 1921, un cirujano estadounidense de 60 años se anestesió solo el abdomen y extirpó su propio apéndice con un espejo delante. 11 años después repitió la hazaña con una hernia.

La mañana del 15 de febrero de 1921, en el Kane Summit Hospital de Pensilvania, un cirujano se tumbó en su propia mesa de operaciones, se infiltró cocaína y adrenalina en la piel y el músculo del abdomen y esperó cuatro minutos a que hiciera efecto. Después cogió el bisturí y se abrió a sí mismo una incisión de unos nueve centímetros por debajo del ombligo. Se llamaba Evan O'Neill Kane, tenía 60 años y quería demostrar algo muy concreto: que no hacía falta dormir a un paciente para quitarle el apéndice.

Índice
  1. Un cirujano que desconfiaba del éter
  2. Nueve centímetros, un espejo y 30 minutos
  3. 11 años después, otra vez bajo su propio bisturí
  4. De la excentricidad a la rutina hospitalaria
  5. REFERENCIAS

Un cirujano que desconfiaba del éter

Kane no era ningún excéntrico de feria. Era el jefe de cirugía de su propio hospital y llevaba años convencido de que la anestesia general con éter, el estándar de la época, mataba a más gente de la que la profesión quería admitir, sobre todo entre pacientes mayores, cardíacos o debilitados. Prefería la anestesia local, más barata y más segura, pero muchos colegas y pacientes desconfiaban de operarse conscientes.

Aquella desconfianza hacia el éter no era nueva: la propia historia de la anestesia, la que llevó el gas y el cloroformo de los laboratorios a los quirófanos en el siglo diecinueve, está llena de episodios tan azarosos como este. Para Kane, la mejor manera de convencer a sus pacientes de que la anestesia local era tolerable era someterse él mismo a ella, con testigos delante y bisturí en mano.

Nueve centímetros, un espejo y 30 minutos

Un ayudante sostuvo un espejo para que Kane pudiera guiarse durante la operación, mientras otro miembro del equipo mantenía el campo despejado y sujetaba el apéndice cuando llegó el momento de ligarlo. El propio Kane relató después que sintió molestias al apretar el ligamento que sujeta esa porción del intestino y en algunos puntos de sutura que quedaron fuera de la zona anestesiada, pero nada que no pudiera soportar despierto.

Completó la extirpación en unos 30 minutos y, según su propio relato publicado ese mismo año en el International Journal of Surgery, volvió a casa al día siguiente. No era la primera vez que probaba el bisturí sobre su propia piel: dos años antes ya se había amputado él mismo un dedo infectado, también con anestesia local.

11 años después, otra vez bajo su propio bisturí

El 7 de enero de 1932, con 71 años y una hernia inguinal que llevaba tiempo molestándole, Kane volvió a operarse a sí mismo, esta vez ante la prensa que había acudido a presenciarlo. La reparación de una hernia es más larga y más delicada que una apendicectomía (hay que trabajar cerca de la arteria femoral) y la intervención se prolongó casi dos horas.

Hacia el final, Kane estaba tan agotado que no pudo terminar de coser la herida y otro cirujano, Howard Cleveland, cerró por él. Menos de dos días después, Kane ya estaba de nuevo en el quirófano, aunque esta vez operando a otra persona.

De la excentricidad a la rutina hospitalaria

Kane no fue el único médico que se convirtió en su propio paciente para zanjar una duda quirúrgica. Cuatro décadas más tarde, en 1961, el ruso Leonid Rogozov se extirpó su propio apéndice inflamado en la base antártica de Novolazarevskaya porque no había otro cirujano a 1.000 kilómetros a la redonda, un caso que acabó documentado en el British Medical Journal. Ambos episodios, el de la elección y el de la pura necesidad, forman parte de esa tradición incómoda de la medicina en la que el investigador se convierte en su propio conejillo de indias, la misma que ha dado tantos episodios insólitos a lo largo de la historia de la ciencia.

Nadie recomienda hoy repetir lo que hizo Kane, y ningún hospital lo permitiría. Sin embargo, la intuición que defendía con el bisturí en la mano sí que ganó la partida con el tiempo. Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad, en 2024 el 49,4% de las intervenciones quirúrgicas del sistema público español se practicaron como cirugía mayor ambulatoria, muchas de ellas con anestesia local o loco-regional y sin necesidad de ingresar al paciente.

Kane no tenía protocolos de alta precoz ni unidades de día. Solo tenía un espejo, un ayudante y la convicción, extrema pero acertada, de que el cuerpo consciente aguanta más de lo que la medicina de su tiempo estaba dispuesta a creer.

REFERENCIAS

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