¿Llegó la vida a la Tierra en un asteroide? Esto es lo que sabemos

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Las muestras traídas de Ryugu y Bennu contienen las cinco letras del ADN, aminoácidos, azúcares y sal común, las piezas de la vida, pero ninguna necesita estar viva

Durante dos siglos, los únicos pedazos de otro mundo que pudimos analizar nos llegaron gratis y en malas condiciones. Caían del cielo, atravesaban la atmósfera a miles de grados y aterrizaban en un campo, un desierto o un glaciar. Allí se quedaban meses o años, empapándose de agua de lluvia, polvo, bacterias y raíces. Cada vez que alguien encontraba en un meteorito una molécula interesante, llegaba la misma pregunta incómoda. ¿Venía de ahí arriba o se la pegó aquí abajo?

Una imagen del asteroide Ryugu captada por la misión japonesa Hayabusa2
Una imagen del asteroide Ryugu captada por la misión japonesa Hayabusa2 y los nucleotidos encontrados

Esa duda se despejó cuando dejamos de esperar las rocas y fuimos a buscarlas. La sonda japonesa Hayabusa2 trajo en 2020 unos 5,4 gramos de polvo del asteroide Ryugu. La estadounidense OSIRIS-REx descargó en 2023 unos 120 gramos del asteroide Bennu. En los dos casos, el material se recogió en el espacio, viajó en una cápsula sellada y nunca tocó el aire terrestre. Lo que se encuentre ahí dentro no admite excusas. Lo encontrado es casi todo el inventario químico que hace falta para montar un ser vivo.

Índice
  1. Agua fría en lugar de ácido hirviendo
  2. Las cinco letras completas
  3. Aminoácidos que no eligen bando
  4. Azúcares, sal y charcos antiguos
  5. Del inventario a la receta
  6. REFERENCIAS

Agua fría en lugar de ácido hirviendo

Antes de las sondas, los químicos ya sabían buscar en meteoritos. El problema era cómo. Para arrancar las moléculas pegadas a los minerales se usaba ácido fórmico muy caliente, un método eficaz y bastante bruto. Algunas moléculas frágiles no sobrevivían al tratamiento, de modo que su ausencia en los análisis no significaba nada.

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Superficie del asteroide Ryugu

En 2022, el equipo de Yasuhiro Oba, de la Universidad de Hokkaido, probó con agua fría y aparatos más sensibles. Analizaron tres meteoritos conocidos, el Murchison, el Murray y el Tagish Lake. Aparecieron la citosina y la timina, dos de las bases del ADN que nadie había visto nunca en una roca espacial. Llevaban décadas ahí, escondidas detrás de un método de extracción demasiado agresivo.

Las cinco letras completas

El ADN y el ARN se escriben con cinco letras. La adenina, la guanina y la citosina están en los dos. La timina solo aparece en el ADN y el uracilo solo en el ARN. Combinadas de tres en tres, forman las instrucciones con las que una célula fabrica cada proteína.

En 2023, el mismo equipo de Oba encontró uracilo en Ryugu, entre 6 y 32 partes por mil millones. De paso aparecieron entre 49 y 99 partes por mil millones de ácido nicotínico, que es la vitamina B3. Una sola letra de cinco ya era noticia.

Este año, un equipo del instituto japonés JAMSTEC, dirigido por Toshiki Koga, analizó dos granos de Ryugu de 11,9 y 8,3 miligramos. Encontró las cinco bases en los dos. Unos meses antes, el grupo de Daniel Glavin, de la NASA, había hecho lo mismo con Bennu. Dos asteroides distintos, dos misiones distintas, el alfabeto completo en ambos.

Muestras encontradas en el asteroide Bennu
Muestras encontradas en el asteroide Bennu

Las proporciones, eso sí, cambian mucho de una roca a otra. Las cinco bases se agrupan en dos familias, las purinas (adenina y guanina) y las pirimidinas (citosina, timina y uracilo). En Ryugu hay más o menos la misma cantidad de cada familia. En el meteorito Orgueil, las pirimidinas ganan por diez a uno. En el Murchison, la balanza se inclina al contrario. Koga y sus colegas sospechan que el culpable es el amoniaco, porque cuanta más cantidad hay en una roca, más purinas aparecen. Es una pista interesante y conviene tomarla con pinzas, ya que el amoniaco se midió en granos distintos.

Aminoácidos que no eligen bando

Las proteínas son la otra mitad del asunto. Se montan encadenando aminoácidos, y en Ryugu hay unos cuantos. Un equipo liderado por Hiroshi Naraoka, de la Universidad de Kyushu, identificó 15 tipos distintos. Entre ellos la glicina y la valina, que cualquier célula usa a diario. En Bennu, el grupo de Glavin encontró 14 de los 20 aminoácidos con los que la vida terrestre construye sus proteínas.

Casi todos los aminoácidos existen en dos versiones que son imágenes especulares una de la otra, como la mano derecha y la izquierda. La vida en la Tierra usa casi en exclusiva la versión izquierda, un campo de estudio que ha merecido el premio Nobel de química de este año. En Ryugu, las dos aparecían en proporciones de uno a uno, lo que los químicos llaman una mezcla racémica.

Un aminoácido que haya pasado por un ser vivo arrastra el sesgo hacia la izquierda. Un aminoácido fabricado por química pura sale a partes iguales. En Ryugu también había aminoácidos que la vida terrestre no usa para nada, como la isovalina. Ninguna bacteria de laboratorio habría dejado esa firma.

Azúcares, sal y charcos antiguos

Para completar el ADN hacen falta más piezas. Cada letra se engancha a un azúcar, y el azúcar a un fosfato. En 2019, el equipo de Yoshihiro Furukawa, de la Universidad de Tohoku, encontró ribosa en dos meteoritos, el NWA 801 y el Murchison. También aparecieron otros azúcares, como la arabinosa y la xilosa. La ribosa es precisamente el azúcar del ARN. Las cantidades iban de 2,3 a 180 partes por mil millones.

Falta un dato importante en ese trabajo. La desoxirribosa, el azúcar del ADN, no apareció en ninguno de los meteoritos analizados. El ARN va ganando la carrera espacial por ahora.

Toda esta química necesita un disolvente, y el candidato obvio es el agua. Bennu lo confirmó de una forma muy visual. Un equipo dirigido por Timothy McCoy, del Instituto Smithsonian, identificó 11 minerales salinos en las muestras. Había carbonatos de sodio, fosfatos y halita, que es la sal común de la cocina. Esos minerales se forman cuando se evapora una salmuera. En el cuerpo del que Bennu es un trozo hubo charcos de agua salada que se secaron, y los fosfatos que hacen falta para el ADN estaban dentro.

Del inventario a la receta

Nada de esto significa que haya vida en los asteroides, ni que la hubiera. Las piezas aparecen sueltas, no montadas. Nadie ha encontrado en una roca espacial una base unida a su azúcar, mucho menos una cadena de ARN.

Las propias cantidades lo dejan claro. En el ADN de cualquier organismo, la adenina y la timina salen a la par, igual que la guanina y la citosina. Es la regla de Chargaff, y se cumple porque las letras van emparejadas en la doble hélice. En Ryugu no se cumple ni de lejos, señal de que esas moléculas se formaron por reacciones químicas sin nadie al volante.

Queda bastante por aclarar. El trabajo de Koga son dos granos de un solo asteroide. Las rutas químicas que propone siguen siendo hipótesis. En el laboratorio se ha conseguido muy pocas veces fabricar purinas y pirimidinas a la vez. Tampoco se sabe cómo se pasa de un charco con las piezas sueltas a algo que se copie a sí mismo.

El panorama que empieza a dibujarse, en cambio, es bastante sólido. En los primeros cientos de millones de años, la Tierra recibió una lluvia de asteroides como Ryugu y Bennu. Cada uno traía bases, aminoácidos, azúcares, amoniaco y sales, cocinados en charcos de agua salada antes de que nuestro planeta tuviera siquiera una corteza estable. La vida no tuvo que inventar su propio alfabeto. Es muy probable que se lo encontrara ya escrito en el suelo.

REFERENCIAS

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