Una antena de la NASA de 70 metros en California sufrió daños en septiembre y complica el contacto con sondas lejanas, lo que se suma a los recortes de presupuesto, despidos y cierre de instalaciones por parte del gobierno de Trump

La Red de Espacio Profundo de la NASA, el sistema que enlaza con misiones en la Luna, Marte y más allá, se apoya en tres complejos de antenas separados 120° en longitud: Goldstone en California, Robledo de Chavela en Madrid y Canberra en Australia. Cada sitio combina varias antenas de 34 metros con una gigante de 70 metros para escuchar señales extremadamente débiles y enviar órdenes críticas. Esa antena “grande” resulta especialmente valiosa para naves veteranas como las Voyager o para ventanas de comunicación delicadas. En España, el complejo de Robledo de Chavela alberga la DSS-63, el plato de 70 metros de Madrid, pieza central del sistema desde los años setenta.

Una de esas antenas de 70 metros está dañada desde mediados de septiembre y permanece fuera de servicio. El Jet Propulsion Lab (JPL) de la NASA confirmó que el plato afectado, situado en el complejo de Goldstone, dejó de operar el 16 de septiembre y no tiene calendario para reanudar el servicio. En la página (asombrosa) de la NASA puede verse en tiempo real cuáles de estas antenas funcionan, y la grande de Goldstone aparece parada con el mensaje «mantenimiento no programado».  El problema tensiona aún más la Red de Espacio Profundo, que ya gestiona una agenda repleta de sondas y orbitadores. Mientras se evalúan reparaciones, los planificadores reencaminan contactos hacia Madrid y Canberra para cubrir huecos. Estas maniobras ayudan, pero no sustituyen del todo la sensibilidad de un plato de 70 metros.

La exploración espacial de la NASA se queda sin una antena

La arquitectura de la red permite absorber una parte de la pérdida. Con varias antenas de 34 metros por complejo, los operadores pueden “agregar” aperturas o reprogramar pasos para sostener el tráfico. Sin embargo, las misiones más lejanas o con transmisores de baja potencia dependen del área colectora máxima. Cuando falta, la solución pasa por bajar tasas de datos, comprimir paquetes y priorizar eventos críticos. En Marte y más allá, cada decibelio cuenta. No es una exageración: la señal de Voyager 1, captada en Madrid, puede rondar los −160 dBm, un susurro de radio que solo platos gigantes pueden desentrañar con margen de enlace suficiente.

El contexto no es nuevo. Las antenas de 70 metros envejecen y su mantenimiento es complejo. La de Madrid, por ejemplo, sufrió en 2006 una avería en un cojinete que la dejó parada más de seis meses, lo que obligó a reprogramar apoyos a múltiples misiones. En los últimos años, la NASA reconsideró planes para “jubilar” estos platos y optó por reacondicionarlos a fondo para alargar su vida útil durante décadas. La experiencia demuestra que estos parones, aunque infrecuentes, requieren una coreografía global para no perder datos.

La antena de la NASA de Robledo de Chavela en Madrid al rescate

La red, además, crece para aliviar cuellos de botella. En Madrid entró en servicio en 2022 una nueva antena de 34 metros, y Canberra incorpora más capacidad con obras en curso. La estrategia pasa por sumar la “apertura” efectiva, distribuir las cargas y modernizar los sistemas de banda X y Ka. Así, cuando una de las antenas de 70 metros cae, la constelación de platos medianos puede sostener las misiones cercanas y parte del tráfico profundo, a la espera del regreso de la antena gigante. Aun así, hay huecos que solo cubre una 70 metros, desde telemetría de naves muy débiles hasta comandos durante maniobras sensibles. Por eso cada hora adicional de indisponibilidad se mide en listas de espera, tasas de bits recortadas y ciencia que llega más despacio.

En España, la DSS-63 de Robledo recuerda lo que está en juego. Con sus 8.000 toneladas de estructura y un error de apuntamiento de 0,005°, dispone de la precisión y la potencia necesarias para escuchar a los mensajeros de la humanidad, como las sondas Voyager, que ahora están en los confines del sistema solar. Cuando una hermana suya en California se queda sorda, Madrid y Canberra escuchan un poco más y la red, como un organismo vivo, se reorganiza para que la voz de las naves nos siga llegando.

REFERENCIA

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