Un experimento confirma por primera vez una idea planteada por Faraday en 1832: la rotación terrestre puede producir corriente eléctrica usando la Tierra como una dinamo

¿Cómo funciona la dinamo de una bicicleta para generar electricidad? Se trata de uno de los mecanismos más conocidos: cuando un conductor (como un cable) se mueve dentro de un campo magnético, genera una corriente gracias a la llamada fuerza de Lorentz. Es el mismo principio que se aplica a los generadores en las centrales eléctricas.

El campo magnético terrestre, originado por el movimiento del núcleo fundido de nuestro planeta, es una fuente natural de magnetismo constante. Sin embargo, aprovecharlo para producir energía eléctrica ha sido un reto desde que Michael Faraday planteó la idea en el siglo XIX. Hoy, un grupo de científicos de Princeton ha logrado demostrar que, en condiciones muy específicas, es posible generar una diminuta corriente directa utilizando simplemente la rotación de la Tierra y su campo magnético.

Este experimento, publicado en la revista Physical Review Research, valida por primera vez en la práctica una idea propuesta por Michael Faraday en 1832. Si bien el efecto es casi imperceptible, su confirmación marca un hito en el conocimiento científico y abre nuevas —aunque por ahora remotas— posibilidades teóricas para la producción de energía limpia.

La clave de este logro está en un fenómeno conocido como inducción electromagnética. Faraday, uno de los padres fundadores del electromagnetismo, teorizó que un conductor podría generar corriente eléctrica si se movía dentro del campo magnético terrestre. Sin embargo, hasta ahora, los intentos por lograrlo habían fracasado debido a que las fuerzas electromagnéticas internas en el conductor tendían a anularse entre sí, impidiendo el flujo de corriente.

Los investigadores de Princeton, liderados por Christopher Chyba, abordaron el problema desde un ángulo distinto. Tras haber demostrado en 2016 que, bajo condiciones normales, la generación de corriente era imposible, revisaron sus propias conclusiones y descubrieron un detalle crucial: la cancelación de fuerzas internas no es perfecta si se utilizan materiales especiales y una geometría específica. Propusieron usar un material magnéticamente permeable (que puede canalizar líneas del campo magnético) con una estructura en forma de cilindro hueco. Esta configuración permitiría que la fuerza de Lorentz no fuera completamente anulada por el campo eléctrico inducido, rompiendo así el bloqueo teórico.

Además, el material utilizado debía tener ciertas propiedades: debía ser magnéticamente blando, con baja conductividad eléctrica y una permeabilidad magnética lo suficientemente alta para mantener un número de Reynolds magnético (Rm) muy bajo. Este número sin dimensión mide la relación entre la advección del campo magnético por el movimiento del conductor y su difusión. Un Rm pequeño significa que el campo magnético se difunde más rápido de lo que es arrastrado por el movimiento, condición esencial para que el efecto pueda manifestarse.

Con esta base teórica sólida, el equipo construyó un cilindro hueco de ferrita de manganeso-cinc (MnZn), de 29,9 cm de largo y 2 cm de diámetro, montado sobre una plataforma no conductora. Su orientación fue ajustada con precisión para que su eje largo fuera perpendicular tanto a la velocidad de rotación de la Tierra como al componente local del campo magnético. Conectaron electrodos a los extremos del cilindro y midieron el voltaje generado con un multímetro de alta precisión.

El reto principal no era construir el dispositivo, sino detectar una señal extremadamente débil, del orden de unos pocos microvoltios, y distinguirla de cualquier interferencia. Para ello, aplicaron una serie de controles rigurosos. En primer lugar, tuvieron en cuenta el efecto Seebeck, que genera voltaje por diferencias de temperatura. Como el MnZn tiene un coeficiente de Seebeck elevado, incluso una pequeña variación térmica podía falsear los resultados. Por ello, midieron constantemente la temperatura en ambos extremos del cilindro y descontaron cualquier señal inducida por calor.

También realizaron pruebas orientando el cilindro en distintas direcciones. Como predecía la teoría, el máximo voltaje (unos 17 microvoltios) se registró cuando el cilindro apuntaba de sur a norte. Al girarlo 180°, la polaridad se invertía, y al colocarlo en sentido este-oeste, la señal desaparecía. Esto confirmó que el efecto dependía de la interacción con el campo magnético terrestre y no de fuentes externas.

Para verificar la importancia del diseño y del material, repitieron el experimento con un cilindro sólido (sin hueco) del mismo material y no detectaron voltaje alguno. Luego probaron con otro cilindro hueco, pero hecho de MuMetal, un material con alta permeabilidad pero un Rm elevado. Tampoco hubo señal. Esto confirmó que la topología hueca y un Rm < 1 eran esenciales.

A fin de eliminar posibles influencias del entorno, llevaron a cabo el experimento en un laboratorio subterráneo, sin luz ni fuentes electromagnéticas cercanas. Incluso replicaron el ensayo en otro edificio a 5,5 kilómetros de distancia, obteniendo resultados similares. Finalmente, concluyeron con confianza que la corriente continua de 25,4 ± 1,5 nanoamperios y el voltaje de 17,3 ± 1,5 microvoltios eran reales, y causados exclusivamente por la rotación de la Tierra y su campo magnético.

Ahora bien, aunque el descubrimiento es un hito en la física fundamental, no representa en absoluto una revolución energética inmediata. El voltaje generado es ínfimo: miles de veces inferior al de una pila de botón. Para producir energía útil, habría que multiplicar este voltaje millones de veces, lo cual es inviable con los materiales y técnicas actuales. El equipo sugiere posibles caminos futuros, como miniaturizar y fabricar en serie muchos dispositivos similares, o usar materiales más eficientes. También se especula con instalarlos en órbita, donde tanto la velocidad como el campo magnético pueden ser mayores.

Una pregunta inevitable es: ¿de dónde proviene esta energía? La respuesta es sencilla: de la propia rotación terrestre. El dispositivo actúa como un freno magnético microscópico, convirtiendo una fracción infinitesimal de la energía cinética del planeta en electricidad. Según los cálculos, si toda la electricidad del mundo se generara con este método, la rotación de la Tierra se ralentizaría apenas 7 milisegundos por siglo. Una cifra ridícula comparada con otros factores naturales, como las mareas lunares.

Este experimento no cambiará el mundo mañana, pero sí representa una victoria simbólica para la ciencia: reivindica a Faraday dos siglos después y demuestra que, incluso en leyes físicas bien conocidas, todavía hay sorpresas por descubrir. Quizás, en el futuro, podamos construir pequeños sensores autosuficientes que obtengan energía simplemente girando con el planeta. Por ahora, es solo una curiosidad de laboratorio… pero una fascinante.

REFERENCIA

Experimental demonstration of electric power generation from Earth’s rotation through its own magnetic field

Foto: DALL-E