Cada minuto hay alrededor de once mil aviones en el aire y cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia extraterrestre. ¿Podrían acertar en la diana?

Manuel Peinado Lorca, Universidad de Alcalá

El cielo nunca está despejado de aviones. Como podemos comprobar en tiempo real en la web especializada Flightradar24, cada minuto hay alrededor de once mil aeronaves en el aire. ¿Y a lo largo de todo el día? El primer año en el que se superaron los cien mil vuelos diarios fue 2014. Según el informe de Air Transport Action Group (ATAG), las 45 091 rutas comerciales de pasajeros realizaron en 2018 casi cuarenta millones de vuelos que transportaron unos 4 400 millones de pasajeros, algo menos de la mitad de la población mundial.

Después de que el astrónomo Giuseppe Piazzi (1746-1826) descubriera el primer asteroide en la madrugada que alumbró al siglo XIX, comenzó una eterna, inacabada e imposible cuenta. Mientras que a finales del siglo XX se habían catalogado algo más de veinticinco mil asteroides, se estima que todavía quedan más de mil millones por identificar. La eterna contabilidad no ha hecho más que empezar.

Aunque los meteoritos han sido una amenaza que ha estado siempre sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el cine de catástrofes y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall– combaten con otras cabezas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.

Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Solo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.

Hace algunos años conocí a un cazador de asteroides, Tom Gehrels, profesor de la Universidad de Arizona en Tucson. Usando el telescopio Spacewatch del observatorio de Kitt Peak, ese veterano astrónomo detectaba cada año casi veinte mil rocas orbitales, muchas de ellas sin catalogar. Unas cuantas charlas con él fueron suficientes para que aprendiera cuanto sé sobre esos pedruscos que revolotean amenazadoramente sobre nuestras cabezas sin que seamos conscientes de ello.

Cada vez que tomo un avión me acuerdo de Tom, quien sacó de mi cabeza un hado que asalta a muchos que tienen que volar: ¿qué probabilidad hay de que un meteorito choque con un avión comercial?

La probabilidad existe, pero es despreciable. Veamos. Próximamente voy a viajar a Estados Unidos, así que calcularé la probabilidad de que un meteorito impacte en mi avión mientras sobrevuelo el país. En Estados Unidos hay unos trescientos millones de vehículos. Cada vehículo tiene una superficie media de 10 m², lo que significa que, puestos unos junto a otros bien apretaditos, cubrirían una superficie de unos 3 000 km² , más de un tercio del territorio de la Comunidad de Madrid.

En ningún sitio he encontrado cuál es la superficie de un avión comercial, así que la he calculado un poco a la cuenta de la vieja, pero siempre a favor de aumentar la superficie del aparato. Como referencia he tomado el superjumbo de la imagen que adjunto. Suponiendo que el avión fuera un cuadrado perfecto, su superficie sería la calculada multiplicando la longitud del fuselaje de morro a cola por la envergadura de las alas. En total, unos 6 000 m².

Teniendo en cuenta que las alas son estrechas, y que los aviones gigantes como ese son la excepción y no la norma, debería dividir esa superficie por seis de donde resultaría que cada avión comercial ocuparía una superficie de 1 000 m². Pero no quiero ser cicatero y haré mis cálculos al máximo: todos los aviones del mundo serán aeronaves gigantescas (que por supuesto no lograrían levantar el vuelo) de 6 000 m² cada una (háganse una idea de lo exagerado de mi cálculo: más de medio campo de fútbol por avión).

¿Cuántos aviones comerciales hay en el mundo? En julio de 2016, la flota comercial mundial era de 19 583 aviones de más de cien pasajeros, según los datos del informe de Airbus Global Market Forecast for 2016-2035. Bien, ignoro su tamaño y los uniformizo todos al máximo que he tomado para el superjumbo de marras. La superficie resultante son 117 km² , o sea, 25,6 veces menos que la superficie ocupada por todos los vehículos estadounidenses.

En 1992, el meteorito Peekskill, fotografiado al pie del parachoques trasero, golpeó el automóvil de la fotografía. La espectacular bola de fuego cruzó varios estados de Estados Unidos durante sus cuarenta segundos de gloria antes de aterrizar en Peekskill, Nueva York.
NASA

Solo se conoce un caso de impacto de meteorito contra un coche en Estados Unidos durante el siglo XX, de modo que las probabilidades de que uno de esos pedruscos celestiales golpee el avión en el que me desplazaré desde Nueva York a Denver son ridículas. Observen que he dado por supuesto que todos los aviones del mundo (y de un tamaño exageradamente grande) están sobrevolando al mismo tiempo el espacio aéreo estadounidense.

En definitiva, una probabilidad tan ridícula como que me tocara el gordo de la lotería varias veces seguidas teniendo en cuenta que nunca juego, porque como dicen que decía Thomas Jefferson, creo que la lotería es el impuesto que pagan los que no saben matemáticas.

Además, en el caso de que algún avión sufriera un impacto, sería más probable que le ocurriera estacionado que en vuelo, porque los aviones pasan más tiempo en tierra que volando.The Conversation

Manuel Peinado Lorca, Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Universidad de Alcalá

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.