Las redes de hongos micorrícicos arbusculares se extienden a lo ancho de 110 cuatrillones de kilómetros en los 10 centímetros superficiales del suelo de todo el planeta y mueven 4.000 millones de toneladas de CO₂ hacia el suelo cada año

Bajo nuestros pies, invisible pero omnipresente, existe uno de los sistemas de comunicación más antiguos y más eficientes del planeta: las redes de hongos micorrícicos que conectan las raíces de la mayor parte de las plantas terrestres, y ahora tenemos un mapa de estas redes de mmicrorrizas. Estos hongos, cuyas hifas (filamentos microscópicos) penetran en las raíces de las plantas y se extienden por el suelo en busca de nutrientes, forman asociaciones simbióticas con más del 70% de las especies vegetales conocidas. Las plantas les proporcionan carbono (azúcares producidos por fotosíntesis) y los hongos les devuelven fósforo, nitrógeno y agua absorbidos del suelo con una eficiencia que las raíces solas no pueden igualar.

Si se extendieran en línea recta, esos filamentos cubrirían 110 cuatrillones de kilómetros, el 10% del diámetro de la Vía Láctea

Esas redes, popularmente conocidas como la Internet de los bosques «Wood Wide Web» por el papel que tienen en la comunicación entre árboles del mismo bosque, son también uno de los principales almacenadores de carbono del planeta: se estima que sin ellas, una fracción significativa del carbono que actualmente permanece en el suelo quedaría libre en la atmósfera.

Mapa del Atlas Subterráneo de SPUN que muestra los patrones previstos de biodiversidad de micorrizas arbusculares en los ecosistemas subterráneos. Los colores vivos indican una mayor riqueza y endemismo. Imagen cortesía de SPUN.

Mapa del Atlas Subterráneo de SPUN que muestra los patrones previstos de biodiversidad de micorrizas arbusculares en los ecosistemas subterráneos. Los colores vivos indican una mayor riqueza y endemismo. Imagen cortesía de SPUN.

Cómo se hizo el mapa

El equipo del SPUN, liderado por Justin Stewart y el ecólogo E. Toby Kiers de la Vrije Universiteit Amsterdam, combinó tres fuentes de datos para construir el mapa. Primero, una revisión sistemática de la literatura científica que proporcionó 25.000 mediciones directas de densidad de hifas en distintos puntos del planeta. Segundo, un programa de muestreo de suelos propio del SPUN, que recolectó muestras en regiones subrepresentadas en la literatura (zonas tropicales, desiertos, tundra ártica). Tercero, algoritmos de aprendizaje automático que integraron esos datos con variables del entorno (temperatura, precipitación, tipo de suelo, cubierta vegetal, uso del suelo) para generar predicciones continuas de densidad de hifas a escala global.

El mapa resultante tiene una resolución espacial de aproximadamente 1 kilómetro cuadrado en las regiones mejor muestreadas. La estimación central: el suelo planetario contiene, en sus primeros 10 centímetros, hifas de hongos micorrícicos arbusculares con una densidad promedio de 4,4 metros lineales por centímetro cúbico de suelo. Si se extendieran en línea recta, esos filamentos cubrirían 110 cuatrillones de kilómetros, una distancia mil veces mayor que la que separa la Tierra del Sol, o aproximadamente el 10% del diámetro de la Vía Láctea.

Los hotspots y las amenazas

El mapa revela los hotspots de mayor densidad fúngica: las praderas naturales de alta altitud o inundables (especialmente en África subsahariana y Asia central), los bosques tropicales húmedos (cuenca amazónica, África occidental, Sudeste Asiático) y las sabanas arborizadas de alta diversidad. Crucialmente, el mapa también muestra las zonas de menor densidad: los cultivos agrícolas de alta intensidad, especialmente los que usan fertilizantes de fósforo y nitrógeno sintéticos, que reducen la dependencia de las plantas en los hongos micorrícicos y provocan el declive de sus redes.

Menos del 10% de las áreas con mayor diversidad fúngica están actualmente protegidas por regulación ambiental. Los autores señalan que el mapa no es solo una herramienta científica sino también una de conservación: proporciona por primera vez una base cuantitativa para priorizar qué suelos deben protegerse para preservar este sistema de soporte vital de los ecosistemas terrestres.

REFERENCIA