La diferencia en años de vida entre quienes leen libros y quienes no
Un estudio de la Universidad de Yale encuentra que leer más de tres horas y media a la semana reduce el riesgo de muerte
Hay un hábito que muchas personas mayores comparten con las más longevas del mundo, y no es la dieta mediterránea ni el ejercicio moderado, sino leer libros. Una investigación de la Universidad de Yale, publicada en la revista Social Science & Medicine, analizó durante 12 años a más de 3.600 estadounidenses mayores de 50 años y descubrió que quienes dedicaban tiempo regular a la lectura de libros tenían un riesgo de morir un 20% menor que quienes no leían. El hallazgo, robusto tras controlar una larga lista de variables, abre una pregunta incómoda: ¿por qué no hablamos más de esto?
Doce años siguiendo a más de tres mil adultos mayores
El equipo formado por Avni Bavishi, Martin D. Slade y Becca R. Levy recurrió a los datos del Health and Retirement Study (HRS), una encuesta longitudinal representativa a nivel nacional sobre adultos estadounidenses mayores de 50 años. La muestra analizada incluyó a 3.635 personas, que aportaron en conjunto 34.496 personas-año de seguimiento. A lo largo del estudio, el 27,4% de los participantes falleció, lo que proporcionó suficiente potencia estadística para detectar diferencias reales entre lectores y no lectores.
Al inicio del estudio, cada participante declaró cuántas horas había dedicado a leer libros durante la semana anterior. Los investigadores formaron tres grupos: quienes no leían nada, quienes leían hasta 3,5 horas semanales y quienes superaban ese umbral. A continuación ajustaron los resultados por edad, sexo, raza, nivel educativo, situación económica, estado civil, empleo, salud autopercibida, agudeza visual, depresión y varias enfermedades diagnosticadas, para aislar el efecto específico de la lectura del resto de factores que podrían estar influyendo.
El umbral de las tres horas y media a la semana
Los resultados mostraron una relación de dosis y respuesta clara. Los lectores moderados (hasta 3,5 horas semanales) presentaron un riesgo de mortalidad un 17% menor que los no lectores. Los lectores más intensivos (más de 3,5 horas semanales) elevaban esa ventaja hasta el 23%. Al agrupar a todos los lectores de libros frente a quienes no leían ninguno, la reducción global del riesgo de muerte quedó fijada en un 20%, ajustada por todas las variables mencionadas.
Las curvas de supervivencia brutas ofrecían una imagen aún más llamativa: los no lectores alcanzaban el umbral del 80% de supervivencia a los 85 meses de seguimiento, mientras que los lectores lo alcanzaban a los 108 meses, una diferencia de 23 meses. Los propios autores advirtieron que esa cifra corresponde a una comparación sin ajustar y no debe tomarse literalmente como "cuántos años más vive un lector". Tras aplicar todos los controles estadísticos, la diferencia en ese punto de la curva se reducía a aproximadamente cuatro meses, lo que seguía siendo estadísticamente significativo, aunque considerablemente más modesto.
Los libros sí, los periódicos no
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio fue la diferencia entre leer libros y leer prensa o revistas. Los investigadores midieron ambos tipos de lectura, pero solo la lectura de libros mostró una asociación consistente en forma de dosis-respuesta con la supervivencia. Los lectores de publicaciones periódicas también presentaron cierta tendencia favorable, aunque el patrón resultó mucho más débil e irregular.
Los autores plantearon que la clave podría estar en lo que denominan «lectura profunda»: un libro exige una atención sostenida, la construcción mental de mundos imaginarios y el seguimiento de estructuras narrativas largas, un tipo de esfuerzo cognitivo muy diferente al consumo rápido de titulares y artículos cortos. Este tipo de inmersión podría activar mecanismos cerebrales que la lectura fragmentada y superficial no alcanza de la misma manera.
Un efecto real, pero con truco
El estudio tiene varias limitaciones que los propios autores reconocen con claridad. Al ser de diseño observacional, no puede demostrar causalidad: las personas más sanas y con mayor reserva cognitiva pueden ser también quienes más leen, y no al revés. La medida del hábito lector se basó en una sola semana de referencia al inicio del estudio, lo que podría no reflejar los patrones de lectura a lo largo de toda una vida. La herramienta tampoco distinguía entre libros en papel y formatos digitales o audiolibros, ni entre ficción y no ficción.
Un trabajo de 2023 que analizó datos de seis años en adultos mayores de 15 países europeos encontró asociaciones positivas entre la lectura frecuente y el bienestar cognitivo, aunque no pudo replicar la asociación con la mortalidad por todas las causas cuando agrupaba libros y publicaciones periódicas bajo una misma categoría. La especificidad del tipo de lectura parece crucial para detectar el efecto.
Los mecanismos más plausibles apuntan al papel del compromiso cognitivo: la lectura de libros podría ralentizar el deterioro cognitivo, y ese efecto protector sobre el cerebro actuaría como intermediario hacia una mayor longevidad. Existen también hipótesis sobre el papel de la empatía y la inteligencia emocional, en particular para la ficción literaria, aunque se trata de especulaciones respaldadas por estudios paralelos, no de relaciones causales demostradas en este trabajo concreto.
Lo que sí emerge con claridad de la investigación es que no todos los tipos de lectura son equivalentes, y que el cerebro parece responder de manera diferente a la exigencia de atención sostenida que impone un libro. En un entorno de información fragmentada y lectura en diagonal, ese hallazgo merece, como mínimo, no pasar desapercibido.
REFERENCIA
- A chapter a day: Association of book reading with longevity. Bavishi A, Slade MD, Levy BR. Social Science & Medicine, vol. 164, pp. 44-48, 2016.
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