Un estudio reciente sugiere que la muerte de una mascota puede desencadenar un dolor tan intenso como el que sigue a la pérdida de un familiar
Perder a un animal de compañía no es un simple disgusto pasajero. Durante años, psicólogos y veterinarios han observado que muchos dueños describen tristeza profunda, insomnio y una sensación de vacío que recuerda al duelo humano. También han denunciado un fenómeno social incómodo, el de minimizar ese dolor con frases como «era solo un perro». La investigación científica, aunque dispersa, ya apuntaba en esta dirección. Ahora, un trabajo publicado el 14 de enero en la revista PLOS One ha comprobado que el duelo por una mascota merece el mismo respeto y atención que cualquier otro.
El artículo, firmado por el psicólogo Philip Hyland, analiza encuestas a 975 adultos del Reino Unido. Casi un tercio había pasado por la muerte de un animal querido y la gran mayoría también había perdido a una persona cercana. A partir de estos datos, los autores evaluaron síntomas de trastorno de duelo prolongado, conocido como PGD por sus siglas en inglés, una condición de salud mental definida por un anhelo persistente, dolor emocional intenso y dificultades para retomar la vida cotidiana durante un periodo mantenido. Aunque los manuales diagnósticos actuales reservan el PGD para pérdidas humanas, el equipo examinó si las experiencias tras la muerte de una mascota se parecen, en gravedad y forma, a las del duelo por un familiar o un amigo.
La muerte de una mascota, tan grave como la de un ser querido
Los resultados fueron contundentes. Según el estudio, “aproximadamente un tercio de los adultos del Reino Unido había experimentado la muerte de una mascota querida”. Entre quienes habían sufrido pérdidas humanas y también de animales, el 21% señaló que la muerte de su mascota fue su duelo más difícil. La investigación añade un dato clave: las personas que habían perdido una mascota eran “un 27% más propensas” a cumplir los criterios de PGD que quienes no la habían perdido. Hyland subraya que este incremento es similar al observado tras la muerte de un progenitor y muy cercano al que se detecta en el fallecimiento de un hermano. Incluso supera el riesgo asociado a la muerte de un amigo cercano u otros familiares.
El trabajo no se limita a medir síntomas. También describe el contexto social del duelo por mascotas. «Muchos dueños informan sentimientos de vergüenza, bochorno y aislamiento como resultado de expresar su dolor por su mascota fallecida». Esta reacción del entorno, que los especialistas llaman «duelo desautorizado», agrava el malestar porque invalida la experiencia y dificulta pedir ayuda. El estudio cita testimonios que muestran esa tensión: el dolor es real, pero a menudo no encuentra reconocimiento en la familia, en el trabajo o en los servicios de salud.
¿Qué implicaciones tiene todo esto? Para sus autores, la primera es obvia. Si la muerte de una mascota puede desencadenar niveles clínicamente significativos de duelo, la ciencia y la clínica deben reconocerlo. «Si las personas pueden desarrollar niveles clínicamente significativos de dolor tras la muerte de una mascota, es esencial que la literatura científica lo reconozca, para que los profesionales de la salud mental puedan comunicarse con el público de manera adecuada y precisa, y quienes necesiten atención clínica puedan acceder a ella», concluye el artículo. Hyland va un paso más allá y reclama actualizar las guías diagnósticas. «La decisión de excluir la pérdida de mascotas del criterio de duelo para el PGD puede considerarse no solo científicamente desacertada, sino también insensible», afirma.
El mensaje final es práctico. Quien sufra por la muerte de su animal no exagera ni “se lo toma demasiado a pecho”. Reconocer la validez de ese dolor abre la puerta a hablar sin vergüenza, a buscar apoyo y, cuando haga falta, a recibir atención profesional. La relación con una mascota es un vínculo de apego. Cuando se rompe, duele como tal.
REFERENCIA
No pets allowed: Evidence that prolonged grief disorder can occur following the death of a pet