Aunque la inteligencia se mide de muchas formas, la música de tu lista de Spotify que escuchas a diario puede revelar tu «capacidad cognitiva general»
La inteligencia suele medirse con tests que hay que rellenar en silencio con un cronómetro, y solo hay una oportunidad. Esta medida es como una foto fija, captura un momento concreto de nuestro cerebro, no las complejidades de su funcionamiento. En la calle, en el metro o mientras friegas los platos, tu cerebro sigue resolviendo problemas, recordando, comparando y tomando decisiones, solo que sin público.
Pero desde hace unos años hay una forma de medir lo que pasa en nuestro cerebro de forma continua: el móvil, que registra todo lo que hacemos sin que nos demos cuenta. Un equipo de investigadores de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich se preguntó si la música que escuchamos en el móvil podría dar datos sobre nuestra “capacidad cognitiva general”, la mezcla de razonamiento, comprensión verbal y manejo de números que usamos para adaptarnos a situaciones nuevas, o en otras palabras, lo que llamamos inteligencia.
Los investigadores querían evitar preguntar a la gente qué música escuchaban, porque se producen dos sesgos importantes: la mala memoria y la pose. Cuando preguntas por gustos musicales, mucha gente “recuerda” mejor de lo que escucha en realidad, o elige la respuesta que suena más fina.
Descifrando tu lista de Spotify
Los científicos siguieron durante cinco meses a 185 personas con una aplicación instalada en sus propios teléfonos. La app registraba cada canción reproducida, sin pedir opinión. Después, los participantes hicieron en el móvil una prueba breve que medía la capacidad de razonamiento fluido, vocabulario y conocimientos matemáticos, tres ingredientes que juntos sirven como termómetro de la capacidad cognitiva general.
Entre todos, los participantes escucharon 58.247 canciones únicas. Los investigadores recogieron información detallada de esos temas en la bases de datos de Spotify y extrajeron rasgos del sonido, como tempo y cualidades acústicas. Pero fueron más allá: analizaron también las letras con una herramienta lingüística que clasifica palabras por temas psicológicos, tono emocional y referencias sociales.
En total reunieron 215 características por persona, entre audio, letras y hábitos de escucha. Para encontrar patrones en ese laberinto usaron aprendizaje automático, un tipo de inteligencia artificial que detecta relaciones complejas cuando hay demasiadas variables para los humanos. Probaron varios algoritmos y solo los modelos no lineales, los más “retorcidos” matemáticamente, lograron captar señales consistentes.
¿Escuchas canciones de «bajona»? Puedes ser más inteligente
La conexión existía, pero era pequeña y fiable. Y la sorpresa fue clara: lo que más ayudaba a predecir la puntuación cognitiva no eran los ritmos, ni la tonalidad, ni el género, sino las palabras. Las letras resultaron más informativas que los rasgos musicales, algo que choca con la idea popular de que la inteligencia se delata escuchando jazz o clásica.
Quienes elegían canciones con un tono emocional menos positivo tendían a obtener puntuaciones más altas de capacidad cognitiva. Los autores plantean que la música triste o melancólica puede atraer a personas que usan la escucha como espacio de introspección, para pensar en voz baja.
También se asociaron a puntuaciones más altas letras centradas en el presente, con sensación de honestidad y temas ligados al hogar. En cambio, preferir letras cargadas de palabras sobre relaciones sociales (como «mi amol») o de lenguaje dubitativo («no sé lo que me pasa») se relacionó con predicciones más bajas en capacidad cognitiva.
La parte del sonido todo aportó poco, con una excepción: la preferencia por las canciones grabadas en directo estaba asociada a menor inteligencia. La hipótesis es sugerente: el directo suele ser más energético y menos controlado, mientras que el estudio puede encajar mejor con una escucha más enfocada.
Los hábitos también contaron. Quienes pasaban más tiempo escuchando música tendían a puntuar más alto en inteligencia, y quienes escuchaban temas en idiomas distintos al propio (en el caso de la muestra era el alemán) también. Aun así, el propio equipo insiste en poner freno a las fantasías: con una lista de reproducción no puedes “adivinar” la inteligencia de nadie con precisión.
Además, todo esto es correlación, no causa. No te vuelves más listo por escuchar baladas sobre desamor, y tampoco está claro si la edad u otros factores empujan a la vez la música que eliges y tu rendimiento en pruebas cognitivas. Si algún día estas huellas digitales sirven para algo práctico, será sumando muchas otras pistas a la vez.
REFERENCIA