Los deberes escolares no son tan eficaces para mejorar las capacidades del cerebro, en cambio, aprender música no solo entrena el oído, sino que reorganiza redes motoras y ejecutivas, y puede dejar huellas positivas en la estructura del cerebro

Si alguna vez has intentado sacar una canción en la guitarra y tus dedos parecían de otra persona, ya has probado una verdad básica del cerebro, mejora a base de repetir, ajustar y repetir otra vez. A eso lo llamamos neuroplasticidad, la capacidad de cambiar su estructura y su forma de funcionar cuando el entorno aprieta, o cuando nosotros decidimos apretar con un entrenamiento. A cambio, más de dos horas de deberes tiene el efecto contrario y entorpece el desarrollo cerebral.

En esa lista de entrenamientos intensivos, la música ocupa un lugar especial porque obliga a coordinar varios sistemas a la vez. Hay que ver una partitura, mover manos y respiración con precisión, escuchar el resultado en tiempo real y corregir errores sin perder el ritmo. Ese cóctel convierte el aprendizaje musical en un modelo ideal para observar cómo el cerebro se adapta, tanto en la infancia como en la edad adulta.

El nuevo estudio revisa cómo afecta la música a la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para aprender y mejorar. Los neurocientíficos siguen esas adaptaciones con diferentes “cámaras” para el cerebro. Una es el electroencefalograma (EEG), que capta la actividad eléctrica como si escuchara el murmullo de una ciudad desde arriba, pero sin poder descifrar las conversaciones individuales. Otra es la resonancia magnética funcional (fMRI), que detecta qué partes del cerebro están más activas porque consumen más oxígeno cuando trabajan, como un mapa de calor.

Deberes escolares frente a educación musical

Para medir cambios en el cerebro que se producen a lo largo de años, entran en juego herramientas que miden transiciones más “arquitectónicas”. El análisis de morfometría basada en vóxeles (VBM) estima diferencias en la cantidad o el grosor de la sustancia gris, el tejido donde viven la mayoría de neuronas. Y la imagen por tensor de difusión (DTI) examina la sustancia blanca, los “cables” que conectan regiones, siguiendo el movimiento del agua a lo largo de las fibras.

Lo que se ha observado es que, en lo funcional, la música mejora sobre todo el sistema auditivo, como no podría ser de otra forma. En músicos, los sonidos de su instrumento tienden a provocar respuestas más fuertes en la corteza auditiva que en personas sin formación musical, como si el cerebro hubiera subido el volumen de lo importante para esta actividad. Incluso la “firma” del sonido, la tímbrica, puede modular esas respuestas según el instrumento que uno toca.

Pero tocar un instrumento no es solo oír. También exige control inhibitorio y memoria de trabajo, dos piezas de las llamadas funciones ejecutivas, que actúan como un director de tráfico mental. La primera te ayuda a frenar impulsos y, por ejemplo, evitar tocar una nota antes de tiempo. La otra mantiene la información activa para usarla ahora mismo, como cuando anticipas el siguiente compás mientras estás tocando.

Música: mejor antes de los siete años

La parte más interesante del estudio llega cuando se pregunta si existe una “ventana sensible” para esos cambios, es decir, si hay un rango de edades en los que la música puede producir las mayores mejoras. La revisión destaca los datos sobre el cuerpo calloso, el gran puente de sustancia blanca que une los dos hemisferios cerebrales. Algunos trabajos encuentran mayor desarrollo de esa autopista en personas que empezaron la formación musical antes de los siete años, y efectos más modestos si se comienza más tarde, aunque todavía dentro de la infancia.

Y el eterno debate de los padres: ¿la música sirve para algo más que tocar? El texto recoge evidencia de transferencia, la idea de que habilidades musicales pueden producir mejoras hacia capacidades no musicales en niños, como ciertos aspectos del desarrollo cognitivo en capacidades lógicas, verbales, matemáticas o incluso fisiológicas. Tocar un instrumento es una práctica que requiere en atención sostenida, sincronización y autocorrección, y todo eso usa engranajes mentales que se pueden usar en otras tareas.

Esa misma lógica abre una puerta clínica. El artículo menciona el potencial del entrenamiento musical en niños con trastornos del desarrollo y también en adultos con daño cerebral, donde la música puede servir como andamiaje para recuperar o reorganizar funciones, especialmente las funciones motoras cuando se pierden capacidades por un accidente. El cerebro no vuelve a ser el de antes, aprende a ser eficaz de otra manera, nota a nota.

REFERENCIA

Music training and brain plasticity during development and adulthood