La nanocelulosa combinada con extracto de piel de cebolla roja permite crear  una película transparente que protege los paneles solares del daño provocado por los rayos UV

Los paneles solares generan electricidad cuando la luz excita electrones en materiales semiconductores, pero la misma radiación ultravioleta de la luz del sol puede dañar capas y contactos. Las fábricas protegen las células con películas plásticas como PET o PVF, que son derivados del petróleo. La nanocelulosa, hecha al desmenuzar la celulosa de plantas hasta fibras a escala nanométrica, ofrece una alternativa renovable.

Los científicos dicen que el tinte de cebolla roja podría ser el ingrediente que faltaba para reforzar la protección ultravioleta de las células solares. El problema es conocido. Sin escudo, el UV acelera la degradación de las capas superiores y acorta la vida útil del dispositivo. Las soluciones más comunes provienen del petróleo y funcionan, pero no son precisamente verdes.

Hoy se exploran películas fabricadas con materiales biológicos. Entre ellas, la nanocelulosa destaca por su transparencia, su resistencia y su origen vegetal. Se obtiene al romper la celulosa en fibras diminutas que forman una red fina y uniforme. Esa red puede impregnarse con moléculas que hacen de filtro.

El nuevo trabajo combinó esa matriz con un extracto de piel de cebolla roja. El resultado fue una protección, en palabras del equipo, “muy efectiva frente a los rayos UV”. Los autores publicaron los hallazgos el 24 de febrero en la revista ACS Applied Optical Materials. El detalle técnico importa y mucho.

La película eliminó el 99,9% de la radiación ultravioleta hasta 400 nanómetros. Además, superó a un filtro comercial basado en PET. Ese dato es relevante porque el PET representa el listón industrial. Si una alternativa biológica lo rebasa, el argumento de sostenibilidad gana fuerza sin perder rendimiento.

“Una opción prometedora en aplicaciones donde el material protector deba ser de base biológica”, afirmó en un comunicado Rustem Nizamov, investigador doctoral de la Universidad de Turku, en Finlandia. La frase es escueta, pero apunta a un objetivo claro. Sustituir plásticos de origen fósil por soluciones vegetales sin sacrificar eficiencia.

El estudio también habló de renuncias inevitables. Las células solares sufren un compromiso delicado. El UV por debajo de 400 nanómetros resulta dañino, pero la transmisión de la luz útil, que permite convertir radiación en electricidad, no debe caer. Si el filtro protege mucho y deja pasar poco, el remedio empeora la enfermedad.

Con este dilema en mente, el equipo comparó cuatro películas protectoras hechas con nanofibras de celulosa. Las trataron con extracto de cebolla roja, con lignina, y con iones de hierro, entre otras combinaciones. Todas ofrecieron protección adecuada frente al UV. Sin embargo, la opción con tinte de cebolla fue la más eficaz en el equilibrio global.

La lignina, por ejemplo, tiene un color marrón oscuro que “limita su uso en películas transparentes”, señaló el equipo en su nota. Ese tono reduce la claridad y resta luz a la célula. En fotovoltaica, cada fotón cuenta, y la estética no lo es todo, pero la transparencia sí.

“La transmitancia de estas películas con lignina es típicamente del 50% entre 400 y 600 nm y, como máximo, del 85% por encima de 600 nm”, añadieron los investigadores. Es decir, dejan pasar la mitad de la luz visible en una franja crítica. Eso recorta la corriente generada y complica su adopción.

En comparación, la película de nanocelulosa tratada con tinte de cebolla superó el 80% de transmisión a longitudes de onda más largas, entre 650 y 1.100 nanómetros. Mantuvo el rendimiento durante un periodo de pruebas extendido.

La durabilidad fue un punto clave. Los científicos sometieron los filtros a 1.000 horas de luz artificial, equivalente a aproximadamente un año de sol en un clima de Europa Central. Nizamov comentó que este periodo “subrayó la importancia” de evaluar filtros UV a largo plazo.

“Por ejemplo, las películas tratadas con iones de hierro mostraron una buena transmitancia inicial que se redujo tras el envejecimiento”. Esa caída penaliza al dispositivo sin aviso previo. La cebolla, en cambio, aguantó el tipo en el banco de pruebas.

Las implicaciones alcanzan varias tecnologías solares, especialmente perovskitas y fotovoltaica orgánica. Estas familias prometen alta eficiencia y fabricación barata, pero son más frágiles ante el UV. Un filtro bio basado que preserve la luz útil y bloquee lo dañino puede marcar la diferencia en laboratorio y, con suerte, en fábrica.

El equipo también ve usos fuera de los paneles. Menciona envases alimentarios, donde un filtro biodegradable podría proteger contenido sensible. Incluso plantea sensores con células solares biodegradables que funcionen en entornos estériles.

Queda trabajo por delante. Escalar la producción, garantizar uniformidad y certificar durabilidad en exteriores reales exigirá tiempo y ensayos. Pero la receta es sencilla y barata. Si un residuo de cocina mejora el rendimiento y la sostenibilidad, más de uno mirará su despensa con ojos científicos.

Una película de nanocelulosa teñida con piel de cebolla roja bloquea casi todo el UV, deja pasar la luz que interesa y resiste el envejecimiento acelerado. Frente a alternativas como la lignina o los tratamientos con hierro, ofrece un equilibrio superior entre protección y transparencia. Quién diría que una cebolla haría llorar a los rayos UV.

REFERENCIA

Sustainable Nanocellulose UV Filters for Photovoltaic Applications: Comparison of Red Onion (Alliumcepa) Extract, Iron Ions, and Colloidal Lignin