El covid de larga duración (long COVID) puede dejar síntomas persistentes, así es como la infección afecta a las neuronas en el cerebro
Cuando alguien habla de long COVID, se refiere al conjunto de síntomas persistentes que siguen a la fase aguda de la infección por SARS-CoV-2, sin que el virus necesariamente esté activo ya. No es raro que estos síntomas duren meses o incluso más de un año, y van desde fatiga extrema hasta dificultades para respirar, palpitaciones, dolores musculares o pérdida del olfato.
Pero uno de los más comunes y angustiosos es el deterioro cognitivo que muchos describen como “niebla mental” o brain fog: olvidos, distracciones, problemas para mantener una conversación, y sensación de que el pensamiento se vuelve lento.
Ese síndrome no es simplemente psicológico ni trivial: afecta la vida cotidiana, el trabajo y el bienestar emocional. Hasta ahora, los científicos han observado ciertos cambios estructurales en el cerebro mediante resonancias o imágenes cerebrales, pero eso no explicaba aún qué ocurre en el nivel de las células y moléculas, el nivel más íntimo de comunicación neuronal.
Aquí entra este nuevo estudio japonés, encabezado por Takuya Takahashi y colaboradores, publicado en Brain Communications. Estos investigadores lograron “ver” en el cerebro vivo una familia de moléculas clave para la transmisión sináptica: los receptores AMPA de glutamato (abreviados AMPARs).
Estas proteínas actúan como “puertas” en las sinapsis neuronales: cuando una neurona libera glutamato, esos receptores detectan la señal y permiten que el impulso eléctrico continúe. Son esenciales para aprender, memorizar y para que las redes neuronales funcionen con precisión, ya que el glutamato es uno de los principales neurotransmisores del cerebro.
Los investigadores estudiaron a 30 pacientes con síntomas cognitivos persistentes tras la COVID y los compararon con 80 personas sin esos síntomas. Utilizaron una técnica de imagen llamada PET con un trazador específico llamado [¹¹C]K-2, que marca esos receptores AMPA para poder cuantificarlos en diferentes regiones cerebrales. Lo que hallaron fue sorprendente: los pacientes con long COVID presentaban una “densidad más elevada de receptores AMPA en múltiples regiones cerebrales” que los controles sanos.
Lo más revelador es que esa elevación no era local, sino general: apareció en muchas partes del cerebro, y además la intensidad de ese exceso de AMPARs estaba relacionada con qué tan grave era el deterioro cognitivo en cada persona. En palabras de los autores, encontraron una “correlación directa entre la presencia excesiva de AMPARs y los síntomas del brain fog”.
Pero, ¿por qué el cerebro fabricaría más receptores de repente? Aquí es donde la historia se vuelve más compleja e interesante: los autores también detectaron que marcadores inflamatorios en sangre estaban asociados con esos niveles elevados de AMPARs. Es decir, el estado inflamatorio que muchos pacientes mantienen después de la infección podría estar provocando cambios dentro del cerebro, alterando cuántos receptores produce cada neurona. Esa relación sugiere que no estamos ante una anomalía aislada de las neuronas: hay un diálogo con el sistema inmunitario.
Una forma sencilla de imaginar esto es pensar que la inflamación actúa como un regulador: las neuronas, al verse bajo estrés (por la inflamación, daño viral residual o estrés metabólico), podrían tratar de compensar dañando menos conexiones o perdiendo eficiencia, aumentando la producción de receptores AMPA para captar cada vez menos señal. Lo malo es que ese exceso de receptores produce ruido y desajustes. Es como si un micrófono multiplica tanto el sonido que se convierte en retroalimentación estrepitosa en vez de amplificar la voz limpia.
El estudio es transversal (captura un momento dado), por lo que no puede decir con certeza si el aumento de receptores AMPA causa el deterioro cognitivo o surge como consecuencia del daño que ya existe. Los autores mismos reconocen que hacen falta estudios longitudinales para saber si ese exceso disminuye con el tiempo, si es reversible, y si tratarlo podría mejorar la cognición. También queda por ver si todos quienes padecen long COVID tienen este patrón o solo una parte, y durante cuánto tiempo esas alteraciones sinápticas persisten.
Pero lo que este trabajo deja claro es que el “brain fog” no es solo una queja subjetiva o un efecto colateral “difuso”: parece tener una huella molecular tangible, una alteración en los receptores que usan las neuronas para comunicarse.
Si futuras investigaciones confirman estos antecedentes, podría abrir la puerta a tratamientos que modulen esos receptores (por ejemplo, antagonistas de AMPA) o estrategias que reduzcan la inflamación de forma dirigida. También sugiere que la técnica de imagen AMPAR-PET podría transformarse en un biomarcador objetivo para diagnosticar (o al menos confirmar) el deterioro cognitivo del long COVID, algo que hasta ahora carece de base objetiva.
Si estamos ante una “sobreactivación” de receptores glutamatérgicos inducida por desequilibrios inmunes, entonces la batalla contra el long COVID quizá se libre en la interfaz entre el sistema inmunitario y el sistema nervioso. Y eso ya es un avance hacia terapias más concretas, en lugar de quedarse en consejos genéricos o paliativos.
REFERENCIA
Systemic increase of AMPA receptors associated with cognitive impairment of long COVID