Perder las ganas de vivir no es solo un recurso literario para novelas románticas, un estudio reciente describe cómo actúa en el cerebro y puede llegar a matar

Podría sonar sacado de un cuento o una novela, si no fuera porque todos conocemos algún caso de una persona que muere porque, simplemente, ha perdido las ganas de vivir. Los médicos militares, exploradores y psicólogos han descrito durante mucho tiempo casos de personas que, tras un trauma extremo, se apagaban en cuestión de días. Prisioneros de guerra, náufragos o supervivientes de catástrofes a veces dejaban de comer, de hablar y de cuidarse hasta morir, sin una lesión orgánica clara.

La literatura científica lo ha llamado «muerte psicógena», pero faltaba establecer cómo funciona este proceso en el organismo. El psicólogo John Leach, de la Universidad de Portsmouth, al revisar estas muertes y proponer que lo que muchos testigos llamaban give-up-itis, la “enfermedad de rendirse”, ha encontrado que hay un patrón reconocible y, en fases tempranas, reversible.

Leach lo explica así. “La muerte psicógena es real. No es suicidio, no está relacionada con la depresión, pero el acto de renunciar a la vida y morir, normalmente en cuestión de días, es una condición muy real que a menudo está relacionada con traumas graves.”, afirma.

Cómo perder las ganas de vivir puede llevar a la muerte

Con “muerte psicógena” el autor no alude a un deseo consciente de morir ni a un trastorno depresivo, sino a una cascada de desmotivación que se instala cuando la persona percibe que no tiene control y que ningún esfuerzo puede cambiar su situación.

Esa cascada se desarrolla en etapas. Primero llega un repliegue social, la persona se aísla y deja de responder. Después aparece la apatía, que no es simple tristeza, sino una desconexión emocional que paraliza las decisiones cotidianas. El tercer peldaño es la abulia, la pérdida de voluntad para iniciar cualquier acción, incluso actos básicos como comer o asearse. Luego irrumpe la aquinesia psíquica, un estado en el que la persona permanece inmóvil y ajena a estímulos que antes la habrían activado. Por último, si nada cambia, la vida se apaga.

Leach describe muertes en apenas tres días tras el trauma, aunque con más frecuencia el proceso se prolonga dos o tres semanas. El cuerpo, sin lesiones fatales, se descompone por abandono. Comer deja de importar, la higiene se pierde, las infecciones acechan y el sistema cardiovascular sufre. Aun así, el estudio subraya que no se trata de suicidio. La persona no toma una decisión instrumentada para morir. Más bien considera, en un estado de pensamiento estrecho, que la muerte es “la única salida racional” a una derrota inescapable.

El cerebro cuando ya no quieres vivir

¿Qué ocurre en el cerebro para que una existencia se rinda así? La hipótesis apunta a un circuito frontal subcortical que integra la corteza prefrontal, los ganglios basales y, muy en particular, el cíngulo anterior, una región que gestiona la motivación y el control dirigido a metas. Si la transmisión de dopamina, el mensajero que asigna valor y empuja a actuar, se altera, el sistema deja de encender conductas. Sin dopamina suficiente en esos nodos, planear y ejecutar se vuelve inútil. La vida pierde “tracción”. En ese contexto, rendirse no parece irracional a quien sufre, sino la conclusión de un cerebro que ya no encuentra palancas para moverse.

La buena noticia es que el proceso puede invertirse, sobre todo antes de las fases más profundas. Leach describe casos en los que una “chispa” de control, incluso mínima, cambia la trayectoria. Una tarea concreta, un objetivo alcanzable o un gesto de apoyo que devuelva agencia actúa como palanca dopaminérgica. Rehidratar, alimentar y tratar infecciones es vital, pero sin devolver sentido de control, el cuerpo vuelve a caer. Intervenciones psicológicas enfocadas a micro-metas, rutinas y señales de seguridad ayudan a reactivar el circuito motivacional. Si el entorno quita todo control, la biología puede rendirse. Si se le ofrece una rendija, esa misma biología recuerda cómo avanzar.

Leach insiste en que reconocer el cuadro salva vidas. Identificar el aislamiento temprano y la apatía como señales clínicas, no como “caprichos”, permite actuar antes de que la abulia y la aquinesia psíquica encierren a la persona. Su revisión convierte relatos dispersos en una ruta de alarma y un blanco terapéutico. No romantiza el rendirse. Lo traduce a un lenguaje que los sanitarios pueden usar.

“La muerte psicógena es real”, repite Leach. Por eso, también es real la posibilidad de interrumpirlo.

REFERENCIA

‘Give-up-itis’ revisited: Neuropathology of extremis