La fertilidad sigue por debajo de 2,1 hijos, y no solo por egoísmo: dos demógrafos sostienen que, con educación y productividad, la economía puede salir ganando

Tener hijos era cuestión de supervivencia en las sociedades agrícolas. Eran mano de obra gratis para los campos, y el crecimiento y la prosperidad dependía de tener cuantos más mejor. Más aún, teniendo en cuenta las elevadas tasas de mortalidad infantil que experimentaba toda la humanidad hace apenas cien años.

Quizá llevados por esta sabiduría popular, muchos gobiernos han mirado la caída de nacimientos como una alarma roja permanente. Si nacen menos niños, envejece la población, faltan trabajadores, sube la presión sobre pensiones y sanidad, y la economía del país se encoge. Parece lógico, pero no tiene por qué ser así. La demografía funciona más como una cinta transportadora que como un interruptor.

Cómo afecta la baja natalidad a la economía depende de la educación

Guillaume Marois y Wolfgang Lutz, investigadores vinculados al International Institute for Applied Systems Analysis (IIASA), responden a la preocupación política y pública por el desplome de la natalidad en países muy desarrollados. Señalan que el relato dominante, que presenta la baja fertilidad como una crisis inevitable, se apoya en supuestos antiguos que ya no encajan con la realidad demográfica y económica actual.

Su argumento parte de una observación histórica: la llamada transición demográfica describe el paso de poblaciones con mortalidad y fertilidad altas a otras donde ambas bajan y se controlan. Normalmente la mortalidad cae primero, la población crece durante un tiempo y, cuando la fertilidad desciende mucho, el crecimiento se frena. La transición empezó en la Francia del siglo XIX y hoy está muy avanzada en gran parte del mundo, con África subsahariana todavía por detrás en ese proceso.

Durante años se esperaba que, al final de esa transición, la fertilidad se estabilizara cerca de 2,1 hijos por mujer, el famoso “reemplazo”, que en teoría mantiene el tamaño de la población estable si no hay migración. Esa idea también inspiró durante décadas las proyecciones de población de Naciones Unidas. Sin embargo, los datos empíricos muestran que muchos países no se pararon en 2,1. Tras el paréntesis del baby boom de los años 60, la fertilidad volvió a caer en gran parte del mundo desarrollado y en algunos lugares llegó a niveles extremadamente bajos, alrededor de 1,3 o incluso menos.

La no trabajamos en el campo, ya no hacen falta 2,1 hijos

Los autores subrayan un giro que consideran clave. Antes, algunos trabajos sugerían que, a partir de cierto nivel de desarrollo, la relación entre desarrollo humano y fertilidad podía volverse positiva. Marois y Lutz sostienen que, con los datos más recientes disponibles hasta 2023, el patrón se invierte: “Hoy, la relación transversal global es claramente negativa, cuanto más alto es el Índice de Desarrollo Humano, más baja tiende a ser la fertilidad”.

“Este hallazgo sorprendió a gran parte de la comunidad demográfica”, dice Marois. “Incluso países que antes se consideraban modelos para equilibrar trabajo y vida familiar, como los nórdicos, han experimentado caídas de fertilidad inesperadamente pronunciadas. La idea de que el desarrollo por sí solo hará que la fertilidad vuelva a subir ya no se sostiene”.

A partir de ahí, cuestionan el estatus casi moral del 2,1. Definen ese umbral como una construcción algo artificial que solo lleva a estabilidad poblacional bajo supuestos poco realistas, por ejemplo que deje de mejorar la esperanza de vida. Y, sobre todo, recuerdan que una población estable no garantiza automáticamente bienestar social o económico.

Su propuesta cambia el foco: la sostenibilidad económica depende más de la estructura de la población que de su tamaño. Si aumenta la educación, sube la participación laboral y crece la productividad, esos factores pueden compensar, e incluso superar, el efecto de tener menos nacimientos. Además, una fertilidad más baja puede permitir invertir más en cada niño, fortalecer el capital humano, y sostener la innovación, mientras reduce ciertas cargas de dependencia en las próximas décadas.

En política pública, su mensaje también va a contracorriente. Defienden que las medidas pronatalistas pueden mejorar el bienestar de las familias, pero que no deberían tener como objetivo principal “subir la fertilidad”, porque su efecto suele ser modesto y más nacimientos no implican necesariamente más prosperidad. Proponen, en cambio, adaptar sistemas de pensiones, mercados laborales y protección social a una realidad de baja natalidad sostenida, y reforzar inversiones en educación y productividad. Este enfoque resulta especialmente relevante en países como Corea del Sur, China o Japón, donde la fertilidad figura entre las más bajas del mundo y la presión política para “arreglarlo” se dispara.

“Nuestro mensaje no es que la baja fertilidad sea intrínsecamente buena o mala”, concluye Lutz. “No existe un nivel de fertilidad ‘ideal’ que garantice prosperidad. En lugar de intentar empujar las tasas de natalidad de vuelta a un objetivo arbitrario, los gobiernos deberían centrarse en adaptar los sistemas de seguridad social a las realidades demográficas cambiantes e invertir con fuerza en educación y productividad. En esas condiciones, las sociedades pueden prosperar incluso con menos nacimientos”.

REFERENCIA

Low fertility may persist and could be good for the economy