En un campo de luz también hay agujeros, puntos donde la onda se cancela y queda un negro absoluto, la sorpresa es que estos puntos negros se mueven más rápido que la luz
Un remolino puede moverse sin ser agua. Basta con agitar un café para ver cómo aparece un vórtice, ese agujero alrededor del cual gira todo lo demás. En las ondas pasa algo parecido: existen “singularidades de fase”, puntos donde la onda se vuelve indefinida y su amplitud cae a cero, como si alguien hubiera perforado la luz con una aguja microscópica. La teoría llevaba medio siglo insinuando una idea incómoda, que esos agujeros podrían desplazarse más rápido que la propia onda que los sostiene.
El 26 de marzo de 2026, un equipo del Technion-Israel Institute of Technology anunció que por fin lo había medido directamente, siguiendo en el tiempo esos puntos oscuros dentro de una onda luminosa con una precisión que, hasta hace nada, sonaba a ciencia ficción.
La clave está en aceptar una rareza: un “punto negro” no es un objeto que viaje como una bala. Es un lugar geométrico, un cero matemático, el sitio exacto donde varias ondas se anulan entre sí. Cuando las interferencias cambian, ese cero se recoloca, igual que la sombra de un avión puede cruzar una ladera a toda velocidad sin que nada material haya superado límites físicos.
Pero Einstein dijo que nada es más rápido que la luz, ¿no?
Ahí entra Einstein, porque la primera reacción es pensar en la velocidad de la luz como un muro infranqueable. La relatividad impone ese límite a la materia con masa y, sobre todo, a cualquier señal que transporte energía o información. Estos vórtices, insisten los autores, no llevan ni una cosa ni la otra, así que pueden exhibir velocidades aparentes “superlumínicas” sin violar la regla fundamental.
Durante décadas, esta predicción se quedó en ecuaciones y simulaciones, porque los vórtices nacen, se mueven y se aniquilan en tiempos muy cortos, y además lo hacen a escalas minúsculas, difíciles de detectar. El grupo liderado por Ido Kaminer, con Tomer Bucher y Alexey Gorlach entre los primeros autores, construyó un sistema de microscopía electrónica ultrarrápida en el que un láser se integra con un montaje optomecánico dentro de un microscopio electrónico especializado. Ese sistema híbrido les dio una resolución espacial y temporal lo bastante fina como para reconstruir trayectorias, velocidades y correlaciones entre muchos vórtices a la vez.
En lugar de estudiar la luz viajando libre en el vacío, la hicieron propagarse en membranas de nitruro de boro hexagonal (hBN), un material donde aparecen polaritones fonón-hiperbólicos. Un polaritón es una criatura mestiza: parte luz y parte vibración del material, como si el fotón se enganchara a la red cristalina y avanzara “lastrado”. Por eso su velocidad de grupo puede ser unas 100 veces menor que la de la luz en el vacío, convirtiendo la propagación en una especie de cámara lenta óptica.
Observando la luz a cámara lenta
En esa cámara lenta, los puntos negros tienen margen para hacer su truco. Los autores observaron que, justo antes de que dos singularidades se aniquilen, aceleran hacia velocidades formalmente divergentes, y en las medidas aparecen valores por encima de c. No es que un fotón se haya saltado la cola del universo, es que el “cero” de la onda puede recolocarse de manera muy brusca cuando la interferencia cambia de golpe.
El artículo también desmonta una metáfora muy usada. A veces se describe un conjunto de singularidades como si fueran partículas en un líquido, con distancias y repulsiones estadísticas que recuerdan a esa física. Aquí, al medir correlaciones completas en el espacio de fases, incluyendo la distribución conjunta de distancia y velocidad, se ve el punto donde la analogía se rompe: estas entidades no son como bolitas que chocan, sino mucho más complicadas.
Kaminer lo plantea con ambición tecnológica además de filosófica: “Nuestro descubrimiento revela leyes universales de la naturaleza compartidas por todos los tipos de ondas, desde las sonoras y los flujos de fluidos hasta sistemas complejos como los superconductores”. Y añade otra promesa: “Creemos que estas técnicas innovadoras de microscopía permitirán estudiar procesos ocultos en física, química y biología, revelando por primera vez cómo se comporta la naturaleza en sus momentos más rápidos y esquivos”.
Si el experimento se recuerda, no será por una carrera contra Einstein, sino por el mapa que deja: una forma nueva de seguir defectos topológicos a nanoescala cuando aún están ardiendo, justo antes de apagarse.
REFERENCIA
Superluminal correlations in ensembles of optical phase singularities