El cataclismo climático que acabó con la antigua civilización de Clovis, y quizá empezó la nuestra, pudo se consecuencia de una historia de fuego que cuentan un puñado de granos de cuarzo en los sedimentos de hace 12.800 años
A lo largo de la historia de la humanidad se han sucedido imperios y civilizaciones que luego desaparecieron. Podemos pensar que fueron las guerras, las plagas, la hambruna o una invasión lo que acabó con ellas, pero detrás de todas esas desdichas, normalmente se esconde el cambio climático.
El planeta guarda recuerdos de estos tiempos en forma de capas finísimas, casi como las páginas de un libro. Una de esas páginas se conoce como el inicio del Younger Dryas (Dryas reciente), una mini era glacial, un enfriamiento brusco que interrumpió el calentamiento tras la última glaciación y cambió clima en cuestión de décadas. En ese mismo umbral temporal, América del Norte vio desaparecer buena parte de su megafauna y se transformó el paisaje humano. La pregunta es: ¿este cambio fue a causa de los océanos, hielos y corrientes, o entró en juego algo que venía del espacio?
El cambio climático que acabó con una antigua civilización
Para quienes defienden la llamada hipótesis del impacto del Younger Dryas, la escena sería la de un visitante descomunal que no llegó a tocar el suelo. Un cometa fragmentado habría entrado en la atmósfera hace unos 12.800 años y se habría desintegrado en múltiples explosiones aéreas. No hablamos de un impacto con un inmenso cráter como el de Chicxulub, que acabó con los dinosaurios, sino de estallidos a baja altura capaces de generar ondas de choque, incendios extensos y una lluvia de materiales extraños. En un extremo de la escala está el polvo cósmico que cae a diario, en el otro, los impactos que reescriben la biosfera. En medio, eventos como Tunguska en 1908, que derribó bosque sin abrir un cráter evidente.
El nuevo impulso a esta idea llega desde sedimentos del este de Estados Unidos. El equipo liderado por el geólogo James Kennett describe, en capas asociadas al arranque del Younger Dryas, la presencia de “proxies” de impacto, huellas indirectas que suelen acompañar a explosiones cósmicas: picos de platino, microesferas magnéticas, vidrio fundido y cuarzo fracturado por choque. Los yacimientos muestreados incluyen localizaciones en Nueva Jersey, Maryland y Carolina del Sur, separados entre sí por cientos de kilómetros, lo que refuerza la impresión de un fenómeno regional y no de una rareza local.
El protagonista mineral de esta historia es el cuarzo “chocado”. El cuarzo es duro, estable y muy común, por eso resulta tan útil como testigo. Cuando su estructura cristalina sufre presiones extremas, aparecen líneas internas llamadas lamelas, como si el grano llevara dentro un patrón de rayas. En impactos que sí forman cráter, esas fracturas suelen ser paralelas y ordenadas. Aquí, sin embargo, los autores cuentan que la mayoría de granos muestran un entramado irregular, como telarañas de grietas que se cruzan y serpentean. Su interpretación es que esas marcas encajan mejor con explosiones en el aire, donde la presión llega más “desparramada” que en un choque directo contra el suelo.
Hay un detalle que funciona como prueba de calor. En muchas de esas fisuras aparece sílice amorfa, vidrio, material derretido y vuelto a solidificar. El equipo lo presenta como señal de temperaturas por encima de 2000 °C, un rango que cuesta conseguir con incendios forestales normales. Para hacerse una imagen, los propios autores comparan este tipo de cuarzo fracturado y con vidrio en grietas con muestras modernas de explosiones aéreas, incluido el entorno del ensayo nuclear Trinity, donde la energía liberada transformó minerales a golpes y calor.
La civilización que desapareció, la civilización que comenzó
¿Cuál es entonces la “civilización avanzada” que desapareció? No pensemos en la Atlántida ni en naves espaciales. En la literatura científica, el foco está en culturas como Clovis, grupos de cazadores recolectores con tecnología lítica muy sofisticada para su tiempo, pero que no vivían en ciudades perdidas ni tenían escritura. Aun así, la hipótesis sí propone consecuencias en cascada: incendios, polvo en la atmósfera, cambios rápidos en el clima, presión sobre ecosistemas y, con ello, un golpe duro para animales gigantes y para sociedades humanas que dependían de ellos.
Aún así, el impacto que tuvo el Dryas reciente en la evolución humana no puede descartarse. En los siglos que siguieron, la escasez de recursos en muchos lugares del planeta puede que forzara a los humanos a cambiar la forma en la que obtenían su comida. En lugar de cazar y recolectar animales y plantas que estaban desapareciendo, se aseguraron el sustento con una idea descabellada: la agricultura.
Parte del debate sobre el impacto gira en torno a si esos marcadores se reproducen de forma consistente y si son exclusivos de ese límite temporal, y hay trabajos que han puesto a prueba la hipótesis con resultados críticos. También existen explicaciones alternativas que miran hacia el Atlántico Norte, el deshielo y la dinámica oceánica para entender el cambio climático abrupto. En ciencia, una capa de sedimento no dicta sentencia, pero sí obliga a reabrir el caso con mejores cronologías, más lugares y métodos que no se puedan discutir por detalles.
Platinum, shock-fractured quartz, microspherules, and meltglass widely distributed in Eastern USA at the Younger Dryas onset (12.8 ka): https://doi.org/10.14293/ACI.2024.0003