Los huesos de neandertales encontrados en una cueva belga muestran marcas de corte y fracturas que indican que fueron descuartizados para después comérselos, pero lo peor es a a quién eligieron.
La palabra canibalismo suele venir envuelta en morbo, pero en arqueología es un problema de lectura. No basta con encontrar huesos humanos mezclados con huesos de animales, hay que demostrar que recibieron el mismo trato, con el mismo gesto y las mismas herramientas. En el Pleistoceno europeo, hace unos 45.000 años, los neandertales vivían en grupos pequeños, se movían por territorios duros y competían por recursos que no siempre estaban. Cuando la carne escasea, el cuerpo humano se convertía en carne: piel, músculo, grasa, médula. En ese contexto, un yacimiento puede parecer una escena de violencia, un ritual, un accidente o una carnicería, y la diferencia depende de detalles minúsculos, una línea grabada en un hueso, o un golpe repetido en el punto exacto.
Los huesos de neandertales canibalizados por otros
Eso es lo que ha puesto sobre la mesa un análisis reciente de restos hallados en la Troisième caverne, en Goyet, Bélgica. Allí aparecieron huesos de neandertales tan fragmentados que, durante mucho tiempo, apenas dejaban contar una historia. El nuevo examen, con lupa y microscopio, ha encontrado señales que suenan demasiado familiares para cualquiera que haya visto un hueso de ciervo aprovechado hasta el final.

Ejemplares neandertales de la Tercera Cueva de Goyet incluidos en este estudio. Determinación genética del sexo: XX indica hembra, XY indica macho. Los ejemplares pertenecientes al mismo individuo aparecen sombreados con el mismo color.
Los fragmentos muestran marcas de descarnado, cortes finos hechos con herramientas de piedra para separar músculo y tendones. También aparecen fracturas producidas cuando el hueso aún estaba fresco, no quebrado por el paso del tiempo. Ese tipo de rotura se parece a partir una caña para chupar lo de dentro, y sugiere la extracción de médula, una fuente de grasa y energía muy valiosa en climas fríos.
Los investigadores compararon esos rastros con los que aparecen en la fauna local cazada por neandertales, y la coincidencia fue demasiado estrecha para explicarla como simple manipulación casual. El mismo patrón de corte, la misma lógica de despiece, el mismo aprovechamiento. Por eso la conclusión resulta tan difícil de esquivar: aquellos cuerpos se procesaron como alimento.
El equipo lo resume con cautela, porque el canibalismo neandertal puede tener motivos distintos y el registro suele ser incompleto: “El canibalismo neandertal parece abarcar una amplia gama de motivaciones”, declaran los autores. Sin embargo, añaden que interpretarlo sigue siendo “especialmente difícil”, precisamente por lo fragmentario de muchos conjuntos óseos y por lo complicado que resulta reconstruir su contexto cultural.
Exocanibalismo: comerse a los forasteros
La incomodidad crece cuando miras quiénes eran las víctimas. En Goyet, los restos con señales de consumo pertenecen sobre todo a individuos jóvenes, y varias de las identificaciones apuntan a mujeres. En términos físicos, eso significa cuerpos más pequeños y huesos más gráciles. En términos sociales, abre una puerta más oscura: una selección de presas humanas.
Aquí entra una palabra que hiela más que el invierno pleistoceno: exocanibalismo. Describe el consumo de personas de fuera del propio grupo. No es lo mismo comerse a un miembro de tu comunidad en un ritual funerario que capturar a alguien ajeno, matarlo y aprovecharlo. En Goyet, los datos de isótopos de azufre sugieren que esos individuos no eran locales, lo que encaja con la idea de “extranjeros” dentro de la cueva.
El artículo plantea escenarios sin casarse con uno solo. Pudo ser un último recurso en una hambruna, cuando la alternativa era morir. También pudo ser el resultado de tensiones entre grupos, una violencia que acabó en muerte y, después, en aprovechamiento del cuerpo. La frase más reveladora del propio estudio se lee como un foco directo a la escena: en ese contexto, los huesos “testifican un comportamiento depredador dirigido hacia individuos femeninos gráciles, de baja estatura, y posiblemente también individuos inmaduros”.
Todo ocurre en un periodo delicado, entre hace 41.000 y 45.000 años, cuando los neandertales aún muestran diversidad cultural, pero ya van en descenso, mientras Homo sapiens se expande por Europa. En una cueva belga, esa transición no se ve en una gran batalla ni en una herramienta brillante, se ve en el trazo frío de un filo de piedra sobre un hueso.
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