Los ríos se quedan sin arena, y eso es una catástrofe mundial
Una gran revisión de 411 estudios concluye que la minería de arena extrae el sedimento de los ríos mucho más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlo, y sin arena, no es posible construir
La arena parece el símbolo mismo de lo inagotable, hasta el punto de que decimos "como granos de arena" para referirnos a algo incontable. Sin embargo, la arena que de verdad sostiene el mundo moderno, la que se mezcla con cemento para levantar edificios, carreteras y puentes, es un recurso finito que estamos gastando a una velocidad de vértigo. Una revisión científica a escala global acaba de poner cifras a ese despilfarro, y el retrato que dibuja resulta inquietante.
El segundo recurso más extraído del planeta
La arena y la grava son los materiales sólidos más extraídos de la Tierra, por delante de casi cualquier otra cosa que saquemos del suelo. Suponen más del 70% del volumen del hormigón y son la base de asfaltos, carreteras, cimientos y edificios enteros. No sirve, además, cualquier arena. La de río es la más codiciada porque sus granos angulosos encajan entre sí y agarran bien, y porque no es salada. La del desierto, demasiado pulida y redondeada por el viento, apenas cohesiona, y la del mar arrastra sal que corroe el hormigón. Con el auge de la construcción de las últimas dos décadas, la demanda de arena fluvial se ha disparado. Un equipo de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, dirigido por Edward Park y Dung Duc Tran, ha revisado 411 estudios publicados desde 1974 para tomarle el pulso al problema, en un trabajo aparecido en la revista Reviews of Geophysics.
El Mekong, un río que se hunde
El caso más elocuente es el del delta del Mekong, en Vietnam. Allí, una sola barcaza con grúa puede extraer 300 metros cúbicos de arena en apenas tres horas, y el ritmo de extracción llega a multiplicar por 11,8 el de reposición natural del sedimento. Entre 2015 y 2022 se sacaron unos 366 millones de metros cúbicos, lo que hundió el lecho del río casi medio metro (0,48 metros de media). Puede parecer poco en la superficie del agua, pero las consecuencias en tierra son devastadoras: entre 2018 y 2020 se derrumbaron más de 1.800 viviendas por la erosión de las orillas, y en 2023 el río acumulaba 585 focos graves de erosión a lo largo de 741 kilómetros. Al vaciar el cauce, además, se favorece la intrusión de agua salada tierra adentro. Si el saqueo continúa al ritmo actual, los expertos calculan que no quedará arena en el Mekong vietnamita en 2035.
Ríos que cambian de forma en todo el planeta
El Mekong es solo el ejemplo más visible de un fenómeno mundial. El lago Poyang, en China, ha cambiado tanto por la extracción de arena que sus transformaciones se aprecian desde el espacio, y todo ello en apenas 18 años. En la India, numerosos cursos de agua como el Mayurakshi, el Kollidam o el Subarnarekha han corrido la misma suerte. En Brasil, los ríos Paraná y Tocantins, parte de la cuenca amazónica, se han visto profundamente alterados. Hasta en Europa quedan cicatrices, como las balsas que dejaron en la llanura del río Sena las gravas dragadas a comienzos del siglo XX. En todos los casos, arrancar el sedimento modifica cómo fluye el agua, desestabiliza las orillas, degrada los ecosistemas y deja a las comunidades ribereñas expuestas.
No se puede gestionar lo que no se mide
El hallazgo más incómodo de la revisión es la enorme falta de datos. Muchos países ni siquiera disponen de la información necesaria para equilibrar sus necesidades económicas con el daño ambiental y social que provoca la extracción. De los estudios analizados, solo un 27% llegó a cuantificar la magnitud real de la minería y apenas un 24% investigó qué impulsa la demanda. Ese vacío deja el terreno abonado para la minería ilegal y para que operadores sin escrúpulos y funcionarios corruptos se lleven los beneficios mientras los vecinos del río cargan con las pérdidas. Como resume Park, no se puede resolver un problema que no se ve, y cuando la extracción se controla mal, los gobiernos solo reaccionan cuando el río ya ha cambiado y el daño está hecho. Las soluciones que propone el equipo pasan por vincular la extracción a la capacidad de reposición de cada río, vigilar mejor mediante satélite, perseguir la minería ilegal y establecer límites estacionales y zonas de explotación sostenible.
La paradoja de fondo es que el recurso que usamos como metáfora de lo infinito resulta, en su versión útil, sorprendentemente escaso y lento de regenerar. Los ríos tardan siglos en fabricar la arena que una flota de dragas se lleva en unos años, y sin ese material no hay hormigón ni, por tanto, ciudades. El primer paso para frenar el expolio, insisten los autores, es tan sencillo de enunciar como difícil de aplicar: empezar a medir cuánta arena sacamos y cuánta pueden permitirse perder los ríos.
REFERENCIA
- River Sand and Gravel Mining: Global Drivers, Impacts, and Pathways for Sustainable Management (Park, Tran, Bendixen, Best et al., Reviews of Geophysics, 2026. DOI: 10.1029/2024RG000868)
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