Aunque los adoramos, los perros también dejan huella en la naturaleza: desde cazar aves hasta contaminar ríos y contribuir al cambio climático.
Los perros son los carnívoros más comunes del mundo y, como tal, su presencia tiene un efecto considerable en el medioambiente. Sus desechos, comportamiento, alimentación y hasta los productos químicos que usamos en ellos pueden dañar ecosistemas frágiles. Además, el impacto ambiental de su alimentación industrializada no es menor, equiparando en emisiones a algunos países enteros. Esta perspectiva ecológica de nuestras mascotas más queridas busca abrir los ojos sin quitarles valor emocional.
Un reciente análisis publicado en Pacific Conservation Biology ha sacado a la luz un tema tan inesperado como incómodo: el gran impacto ambiental de tener perro. Según el estudio, elaborado por investigadores australianos, los perros domésticos tienen efectos “extensos y multifacéticos” sobre el medio ambiente. Entre estos, destacan su capacidad para alterar ecosistemas, contaminar cuerpos de agua y contribuir notablemente a las emisiones de carbono globales.
Aunque durante años los gatos han sido criticados por sus efectos negativos sobre la biodiversidad, los perros han escapado relativamente ilesos de este escrutinio. Pero eso está cambiando. El estudio resalta que los perros son, de hecho, los carnívoros grandes más comunes del mundo. Su papel en la naturaleza es más activo y perturbador de lo que se pensaba. En Tasmania, por ejemplo, se han documentado ataques de perros sueltos contra pingüinos pequeños, en algunos casos provocando el colapso de colonias enteras.
La investigación también cita datos del hospital de fauna del Zoo de Australia, donde los ataques de perros fueron la segunda causa más común de ingreso de animales salvajes—solo superados por los atropellos—y, lo que es más alarmante, fueron la principal causa de muerte entre los animales admitidos.
Pero no solo en Australia se ven estos efectos. En Estados Unidos, otros estudios han demostrado que ciervos, zorros y linces tienden a evitar o reducir su actividad en zonas naturales donde hay presencia regular de perros. El solo hecho de que un perro pasee por un sendero puede alterar la conducta de la fauna local.
Contaminación del agua y emisiones de carbono a causa de los perros
Además del impacto directo sobre los animales silvestres, hay efectos indirectos que también preocupan. Uno de ellos es la contaminación del agua. Los tratamientos antipulgas y antigarrapatas que usamos en nuestras mascotas pueden terminar en los ríos y lagos cuando lavamos a nuestros perros. Estos químicos son mortales para muchos invertebrados acuáticos y alteran el equilibrio de los ecosistemas. Incluso las heces de los perros tienen consecuencias: dejan rastros de olor que alteran el comportamiento de otros animales, cambian la química del suelo y afectan el crecimiento de plantas.
En cuanto a la huella de carbono, el impacto tampoco es pequeño. Un estudio de 2020 citado en la revisión calcula que la industria de la comida seca para mascotas necesita un área de tierra equivalente al doble del Reino Unido para mantener su producción. Las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas con este sector oscilan entre 56 y 151 millones de toneladas de CO₂, un rango comparable al de un país mediano en emisiones globales.
No obstante, los autores del estudio insisten en que no se trata de culpar a los perros. Bill Bateman, profesor de la Universidad Curtin y autor principal del estudio, explicó que la intención no es moralizar ni prohibir, sino concienciar. “La investigación no pretende ser censuradora, sino visibilizar los impactos ambientales del mejor amigo del hombre”, afirmó.
Reconocen también el papel fundamental que juegan los perros en la vida emocional de las personas. Angelika von Sanden, terapeuta especializada en trauma y autora de Sit Stay Grow: How Dogs Can Help You Worry Less and Walk into a Better Future, destaca que muchos de sus pacientes ven en su perro “la única razón para seguir adelante, levantarse y mantenerse en contacto con el mundo exterior”.
El problema, entonces, no es el perro en sí, sino la forma en la que los humanos interactuamos con el entorno cuando vamos acompañados por nuestras mascotas. Muchos dueños, por ejemplo, ignoran las normativas sobre llevar a los perros con correa en áreas sensibles. Y esto tiene consecuencias reales. “Mucho de lo que estamos señalando puede mejorarse simplemente con un cambio de comportamiento por parte de los dueños”, asegura Bateman.
Algunas soluciones incluyen respetar las zonas restringidas, mantener la correa puesta en espacios naturales, y evitar que los perros se acerquen a zonas de anidación de aves. En ciertas regiones, incluso se propone implementar leyes más estrictas, como crear zonas de exclusión canina para proteger hábitats delicados.
Otra medida importante tiene que ver con la alimentación. Elegir opciones más sostenibles en la dieta del perro puede reducir significativamente su huella ecológica. Eso sí, advierten que los alimentos para perros más respetuosos con el medio ambiente suelen ser más caros.
Al final, el mensaje de los investigadores es claro: querer a nuestros perros también implica asumir responsabilidad sobre el impacto que tienen en el mundo que compartimos. Porque cuidar del planeta es también una forma de cuidar de ellos.
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