Su vida entre chimpancés cambió la ciencia para siempre y abrió los ojos del mundo a la inteligencia y emociones de otros animales.

«Me quedo sin tiempo, y quiero dar un buen uso a mis últimos años», confesaba Jane Goodall en una entrevista a Quo en 2017.  fue mucho más que una primatóloga: fue la mujer que, con un cuaderno y una paciencia infinita, se adentró en la selva de Tanzania para mostrarnos que los chimpancés no eran simples “bichos” salvajes, sino seres con emociones, inteligencia y cultura. La etología, ciencia que estudia el comportamiento animal, se transformó gracias a sus observaciones. Y, de paso, ella rompió moldes: en los años sesenta, pocas mujeres podían soñar con liderar investigaciones científicas de campo. Pero Goodall, con más coraje que títulos universitarios, lo hizo.

Jane Goodall, pionera en el estudio de los chimpancés y referente mundial en conservación, ha fallecido a los 91 años por causas naturales en California, durante una gira de conferencias en Estados Unidos, según informó el Instituto Jane Goodall. Su muerte marca el final de una era, pero deja tras de sí un legado que ha cambiado tanto la ciencia como la conciencia ambiental.

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El comunicado de su instituto fue claro: “Los descubrimientos de la doctora Goodall como etóloga revolucionaron la ciencia, y fue una incansable defensora de la protección y restauración de nuestro mundo natural”. También Naciones Unidas, que la nombró Mensajera de la Paz en 2002, la despidió recordando que “trabajó sin descanso por el planeta y todos sus habitantes, dejando un legado extraordinario para la humanidad y la naturaleza”.

Goodall nació en Londres en 1934 y, desde niña, mostró una curiosidad insaciable por los animales. A los cuatro años se escondió durante horas en un gallinero para observar cómo una gallina ponía un huevo. “Cualquier otra madre me habría reñido, pero la mía se sentó a escuchar fascinada mi relato”, recordaba años más tarde. Ese apoyo, decía, fue decisivo para que nunca dejara de hacer preguntas.

Con 26 años, sin estudios universitarios formales, llegó a la Reserva de Gombe, en Tanzania, de la mano del célebre paleontólogo Louis Leakey. Al principio, los chimpancés huían de ella. “Nunca habían visto a un simio blanco”, explicaba en su entrevista con Quo. Todo cambió gracias a David Greybeard, un chimpancé adulto que un día aceptó una nuez de su mano y le apretó suavemente los dedos. Ese gesto fue el comienzo de una comunicación silenciosa que cambió la historia de la primatología.

Goodall descubrió que los chimpancés no solo usaban herramientas, sino que las fabricaban, algo que hasta entonces se consideraba exclusivo de los humanos. “Fue el comienzo de la historia de la tecnología”, contaba. También observó que cazaban en grupo, que podían ser cariñosos y violentos, que tenían personalidades distintas e incluso transmitían costumbres a sus crías. Lo que ella estaba diciendo, en definitiva, era que no éramos tan distintos. Y eso incomodó a más de un académico.

“Me dijeron que todo lo que hacía estaba mal, que no debía darles nombres, sino números”, confesó en la entrevista recogida por Quo. “Pero no podía mirarles a los ojos y tratarlos como si fueran objetos”. Su método, cercano y humano, escandalizó a sus colegas, pero abrió un camino nuevo en la ciencia.

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En 1965, obtuvo un doctorado en etología por la Universidad de Cambridge, pese a que no tenía un título universitario previo, algo insólito. Ese mismo año, junto a su entonces marido, el cineasta Hugo van Lawick, fundó el Gombe Stream Research Center, que todavía hoy mantiene el estudio continuo más largo jamás realizado sobre un animal salvaje en libertad.

La fama llegó con los documentales de National Geographic y pronto se convirtió en una figura mundial. Pero a partir de los años ochenta, dio un giro: dejó de pasar tanto tiempo en la selva para convertirse en activista ambiental. “Fui a un congreso de conservación en 1986 como científica y salí convertida en activista”, confesaba. Ver cómo desaparecían los bosques africanos y cómo se extinguían los chimpancés le hizo cambiar su misión: quería salvar no solo a los animales, sino también a su hábitat.

Desde entonces recorrió el mundo, dio charlas, habló con líderes políticos y creó el programa educativo Roots & Shoots para jóvenes. “Si los humanos somos la especie más inteligente, ¿no es absurdo que estemos destruyendo nuestra única casa?”, solía repetir. Su mensaje de esperanza era siempre claro: cada persona puede marcar la diferencia, por pequeña que sea.

En declaraciones con Quo, Jane Goodall se mostraba tan serena como firme. “Hay quienes dicen que no tenemos tiempo para cambiar las cosas, pero yo veo a los jóvenes y me doy cuenta de que hay esperanza”, declaró en 2019. Incluso bromeaba sobre sus primeros años: “Yo quería vivir en África con los animales. Me casé con Tarzán en mis sueños, pero resultó que Tarzán eligió a otra”, decía con ironía.

Su trabajo le valió reconocimientos como el título de Dama del Imperio Británico en 2004, la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos en 2025 y, sobre todo, el respeto de generaciones enteras de científicos, conservacionistas y soñadores.

Goodall siempre insistió en que su legado debía ser “dar esperanza a los jóvenes y transmitirles un sentido de empoderamiento”. Hoy, tras su muerte, ese legado está vivo en cada persona que, gracias a ella, mira a un chimpancé y ya no ve un animal cualquiera, sino un pariente cercano con el que compartimos emociones, gestos y hasta un poco de historia evolutiva.

Como ella misma dijo: “No hay que rendirse nunca. Porque incluso lo imposible puede lograrse si trabajamos juntos”.

Imagen: Quo