En un mundo cada vez más polarizado, expresar una opinión política diferente a la generalizada dentro de tu entorno puede suponer la exclusión social, o al menos ese es el pensamiento normalizado. 

Cambiar de opinión o expresar dudas sobre una cuestión política dentro de nuestro propio círculo social puede provocarnos inseguridad y miedo al rechazo, aún más en una sociedad actual tan profundamente marcada por la política. En muchas ocasiones la “lealtad” hacia las ideas de un partido en concreto o una ideología determinada se ven condicionadas por los grupos sociales en los que nos movemos, haciendo que sintamos que tener o expresar alguna idea contraria a la mentalidad general de nuestro entorno sea visto como una traición personal hacia esos grupos de personas. 

Una investigación reciente sugiere que nuestro mayor enemigo no es ese grupo social, si no nuestra propia percepción. 

Expresar una opinión política: la brecha entre el miedo y la realidad 

El estudio de la Universidad de Northwestern revela que cuando se trata de política, el ser humano tiende a padecer lo que denominan una especie de “paranoia social”. Se analizaron más de 2.000 personas estadounidenses, tanto demócratas como republicanos, con resultados que reflejaban claramente una brecha de percepción: al expresar opiniones contrarias a su ideología esperaban ser juzgados con mayor dureza de la que realmente recibieron. 

Los participantes creyeron que si cambiaban de postura sobre un tema potencialmente polémico el 18,7% de sus compañeros dejarían de tratar con ellos. Sin embargo, la realidad fue que solo el 7,9% mostró ese tipo de rechazo. 

Estas expectativas negativas a la hora de expresar discrepancia son las que llevan a la autocensura, eliminando la posibilidad de debate y las aportaciones de perspectivas diferentes en un mismo grupo. 

La psicología explica que hay razones profundas detrás de este miedo. El ser humano ha evolucionado junto con la necesidad de pertenecer a grupos sociales para sobrevivir, lo que provoca que seamos hipersensibles ante cualquier amenaza de exclusión. Según la psicología hay dos amenazas principales que hacen que se dispare nuestro temor a ser excluidos: 

  • Ignorancia pluralista: una falsa ilusión de que todos los componentes de un grupo están de acuerdo con la “línea oficial”, haciendo que podamos creer que somos los únicos con dudas, cuando en realidad muchos de los miembros tienen esas mismas dudas y ese mismo temor. 
  • Sesgo de amplificación de la señal: es la tendencia a pensar que nuestras acciones envían un mensaje de “traición” mucho mayor de lo que los demás perciben en realidad, haciendo que pensemos que plantear una duda legítima puede ser visto como un ataque o un abandono a todo en lo que cree el grupo. 

El peligro del silencio

Cuando las personas callan sus verdaderos pensamientos por miedo al rechazo, se crea un círculo vicioso de falsa uniformidad. Crece la presión sobre el pensamiento individual, coartando la libertad de pensamiento crítico del disidente, y se alimenta la imagen de que el grupo o partido es un bloque unido con una línea de pensamiento comunitario, mientras que las encuestas privadas demuestran una gran diversidad de opiniones. 

Este fenómeno puede llegar a distorsionar la realidad de lo que la gente piensa, así como afectar a la calidad del diálogo democrático, haciendo que algunas organizaciones y comunidades parezcan mucho más extremas de lo que en realidad son. 

Aunque bajo ciertas circunstancias la radicalización si llega a producirse, produciendo consecuencias individuales e incluso sistémicas: 

  • Cámaras de eco: los grupos se vuelven más radicales porque las voces moderadas se autocensuran. 
  • Estrés cognitivo: mantener una fachada política agota mentalmente y genera la desconexión emocional con los demás. 
  • Erosión del debate:  se pierde la capacidad de encontrar puntos medios, ya que el disidente es visto como un enemigo potencial. 

La investigación apunta que la solución puede encontrarse en una reafirmación de la lealtad. Cuando los participantes recordaron acciones en las que habían apoyado a su grupo, se sintieron mucho más seguros para expresar opiniones controvertidas y sus expectativas sobre el rechazo fueron más cercanas a la realidad. 

El castigo social por discrepar existe, pero puede ser mucho menor de lo que pensamos. Lo más importante es mantener un diálogo saludable y aprender a expresar cuando se está en desacuerdo, así como rodearse de personas que valoren y respeten la diversidad de opiniones. 

REFERENCIA 

Overestimating the social cost of political belief change