Un análisis de los riesgos del cannabis para las personas mayores alerta de que la potencia del THC moderno ha cambiado radicalmente respecto a la marihuana de generaciones anteriores

Los viejos rockeros nunca mueren, y el consumo de cannabis entre personas mayores de 65 años ha crecido de forma sostenida en la última década en todos los países donde se ha legalizado o despenalizado. Muchos de estos usuarios son personas que consumieron cannabis en su juventud durante los años 70 u 80 y que vuelven a él ahora para aliviar el dolor crónico, el insomnio o la ansiedad.

El problema, según expertos de Stanford Medicine que publican un análisis en JAMA Internal Medicine, es que el cannabis de hoy no es el cannabis de sus años jóvenes. La concentración de THC (el componente psicoactivo) en los productos de cannabis legales ha aumentado desde el 3-4% típico de los años 70-80 hasta el 15-25% actual en flores, y hasta el 60-90% en concentrados y cartuchos de vapeo. Esa diferencia de potencia multiplica los riesgos, especialmente en personas mayores cuya farmacocinética, reserva cognitiva y medicación concomitante difieren radicalmente de las de los jóvenes.

Los cinco riesgos que los mayores deben conocer

El análisis de Stanford identifica cinco áreas de riesgo específicas para los mayores de 65. El primero es el riesgo de caídas: el THC produce disminución de los reflejos, hipotensión postural (bajada de la presión al levantarse) y alteración del equilibrio, efectos que en personas mayores con masa muscular reducida y tiempo de reacción ya disminuido pueden traducirse en caídas con consecuencias graves.

El segundo son las interacciones farmacológicas: el cannabis se metaboliza principalmente por las enzimas CYP3A4 y CYP2C9 del hígado, las mismas que metabolizan warfarina, inhibidores de calcineurina (como los usados en trasplantados), varios antiepilépticos, antirretrovirales y muchos otros fármacos comunes en personas mayores. Modificar los niveles de esos fármacos puede producir toxicidad o pérdida de eficacia.

El tercero es el deterioro cognitivo: el uso crónico de cannabis de alta potencia se asocia con reducciones medibles de la memoria de trabajo y la velocidad de procesamiento en personas mayores, que ya tienen menor reserva cognitiva que los jóvenes para absorber esos efectos.

El cuarto es el riesgo de psicosis: en personas con predisposición genética (portadores de variantes del gen COMT) o con historial familiar de esquizofrenia, el THC de alta concentración puede precipitar episodios psicóticos incluso en personas que lo consumen con fines medicinales.

El quinto es la dependencia: contrariamente a la percepción popular de que el cannabis no genera dependencia, el trastorno por uso de cannabis tiene una prevalencia de alrededor del 9% en los consumidores generales y es más probable con el uso diario de productos de alta potencia.

Lo que los médicos deben preguntar

El análisis de Stanford hace un llamamiento a los médicos que atienden a personas mayores a preguntar activamente sobre el uso de cannabis en las consultas de rutina, del mismo modo que preguntan sobre el alcohol y el tabaco. Muchos pacientes no lo mencionan espontáneamente porque asumen que el cannabis es «natural» e «inofensivo», o porque temen el juicio del médico.

En España, donde el cannabis recreativo no es ilegal, pero tampoco está legalizado, mientras que el medicinal se usa en un número creciente de pacientes crónicos, y donde la prevalencia de consumo entre mayores de 65 años está aumentando aunque sea difícil de cuantificar por el estigma social, esta información es relevante para los equipos de atención primaria y geriátrica.

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