Un estudio con 200 años de datos revela por qué cada vez tenemos menos hijos
Analizando dos siglos de datos demográficos de 237 países, un investigador japonés identifica dos únicos motivos por los que las sociedades dejan de tener hijos
Imagina intentar resumir doscientos años de historia demográfica de casi todos los países del mundo en un puñado de líneas. Eso es, en esencia, lo que ha hecho Kenji Itao, investigador del RIKEN Center for Brain Science de Japón: usar dos siglos de datos de natalidad y mortalidad de 237 países y territorios y buscar el patrón oculto detrás de un fenómeno que suele describirse como una crisis moderna y localizada, la caída de la natalidad, y que en realidad lleva produciéndose, de forma bastante predecible, desde hace generaciones.
Solo dos caminos posibles
El modelo de Itao identifica dos fases claramente diferenciadas en lo que los demógrafos llaman la transición demográfica. La primera, dominante en Europa hasta mediados del siglo veinte, se caracteriza por una mortalidad infantil alta y una fertilidad igualmente alta, con la población creciendo de forma más o menos estable pese a las muchas muertes tempranas. La segunda fase, que arranca aproximadamente a partir de 1950 en la mayoría de países que la atraviesan, es la que vivimos hoy: las familias empiezan a invertir menos en tener muchos hijos y más en la educación de los pocos que tienen, mientras el PIB per cápita crece de forma sostenida.
Lo llamativo del análisis es que, según el modelo, prácticamente cualquier país que se ha enriquecido en los últimos dos siglos ha transitado por una de estas dos rutas, sin apenas variantes intermedias. No es que cada nación reinvente su propia crisis de natalidad: es que todas, tarde o temprano, atraviesan el mismo cuello de botella demográfico en cuanto empiezan a acumular riqueza y a reducir la mortalidad infantil.
Educar mejor a pocos hijos, la apuesta que se repite
El mecanismo que propone Itao es relativamente sencillo de entender, aunque sus implicaciones no lo son tanto. Cuando la mortalidad infantil cae (cuando ya no hace falta tener seis hijos para que sobrevivan tres), las familias empiezan a desplazar su inversión desde la cantidad de hijos hacia la calidad de la crianza: más educación, más recursos por hijo, una apuesta a largo plazo por el capital humano en lugar de por la mano de obra familiar inmediata. Ese desplazamiento, repetido a escala de país durante décadas, es lo que arrastra hacia abajo la tasa de natalidad de forma sostenida.
La implicación práctica que se desprende del modelo es que las políticas que aspiran a frenar la caída de la natalidad, si quieren tener alguna oportunidad de funcionar, probablemente deban centrarse en reducir la carga económica de criar y educar hijos, más que en incentivos puntuales que no toquen ese cálculo de fondo entre cantidad y calidad que las familias llevan haciendo, según este modelo, desde hace dos siglos.
Lo que el modelo agregado no puede contarte
Itao trabaja con datos agregados a nivel de país, lo que significa que el modelo puede describir muy bien la tendencia general de una nación, pero no explica por qué una familia concreta, dentro de ese mismo país, decide tener dos hijos y la de al lado ninguno. Tampoco es una bola de cristal: el hecho de que dos caminos hayan dominado los últimos doscientos años no garantiza que ningún país pueda, en el futuro, abrir una tercera vía distinta.
La próxima vez que alguien hable de la baja natalidad como si fuera un fenómeno reciente, exclusivo de su país y sin precedentes históricos, puede que valga la pena recordarle que, según doscientos años de datos de todo el planeta, es de las pocas cosas que casi todos los países ricos han terminado haciendo igual.
REFERENCIAS
- Itao, K. "Two universal pathways in demographic transition". Evolutionary Human Sciences, 15 de junio de 2026. DOI: 10.1017/ehs.2026.10054.
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