Una momia hallada en Bolonia intriga desde hace un siglo por su color verde intenso. Un análisis muestra que el cobre del entorno la tiñó y, a la vez, frenó la putrefacción.
Las momias egipcias no son verdes, pero su conservación obedecía rituales exóticos. Otras veces la química del entorno hace el trabajo. Una momia, descubierta a comienzos del siglo XX en el sótano de una antigua casa de Bolonia, llamó la atención por una tonalidad verde que teñía huesos y tejidos. No era pintura, ni un barniz funerario, ni un ritual.
La momia pertenece a un adolescente, que tenía entre 12 y 14 años cuando murió, y que fue desenterrado por primera vez en el sótano de una antigua villa en Bolonia, en el norte de Italia, en 1987. Había sido enterrado en una caja de cobre y su esqueleto estaba completo, excepto por los pies.
Desde su descubrimiento, ha sido cuidadosamente conservada en la Universidad de Bolonia. La datación por radiocarbono situó la muerte del niño entre 1617 y 1814. El descubrimiento de cualquier tipo de restos momificados es importante para la ciencia, pero este fue especialmente extraordinario, ya que, aparte de la pierna izquierda, la momia era casi completamente verde, desde la piel hasta los huesos.
La respuesta llegó al estudiar el entorno de la momia verde y comprobar que estaba cargado de cobre que, con el tiempo, interactuó con el cuerpo. Los investigadores señalan que en enterramientos con objetos de bronce o cobre es relativamente frecuente observar manchas verdes superficiales en restos humanos. Lo excepcional del caso boloñés es la profundidad y extensión del color, y el modo en que este ambiente rico en cobre condicionó la descomposición.
Otro equipo de arqueólogos descubrió anteriormente la mano momificada de un bebé recién nacido que sostenía una moneda de cobre. Este es otro ejemplo de restos que se vuelven verdes, pero solo parcialmente.
El equipo, integrado por especialistas en arqueometría, biología molecular y patología, aplicó un abanico de técnicas, desde espectroscopía vibracional hasta análisis genéticos. Esa mirada múltiple permitió seguir la pista del cobre desde el sedimento al interior de los tejidos. Los iones metálicos, transportados por la humedad del enterramiento, fueron penetrando en la piel y la matriz ósea.
Al reaccionar con proteínas y lípidos, provocaron esa pátina verde que ha fascinado a generaciones de curiosos. A la vez, el cobre actuó como barrera biológica. Su efecto tóxico para bacterias y hongos frenó a los microbios que normalmente devoran un cadáver, y ese freno cambió el guion habitual de la descomposición.
La cera de los cadáveres
Los análisis describen además la formación de adipocira, la “cera de los cadáveres”. Esta sustancia aparece cuando los lípidos del cuerpo, sobre todo en ambientes húmedos y pobres en oxígeno, se hidrolizan y saponifican. El resultado es un material ceroso, blanco o amarillento, que envuelve los tejidos como un conservante natural. En el cuerpo de Bolonia, la adipocira coexistió con la impregnación por cobre, una combinación que selló partes blandas y, al mismo tiempo, las tiñó de verde. El efecto conjunto explica por qué algunas zonas se conservaron mejor que otras y por qué el color penetró de forma tan homogénea.
Conviene recordar que el “verde del cobre” no es un único compuesto. Según el entorno, se forman carbonatos, cloruros u otros complejos que comparten ese tono inconfundible. En objetos arqueológicos es común ver malacita o brochantita en pátinas de bronce. En uncuerpo, la química es más enrevesada porque intervienen proteínas, grasas y restos celulares. Los científicos han documentado en otros yacimientos coloraciones superficiales por cobre, pero aquí el metal llegó al interior de los tejidos y dejó una firma química que se puede seguir con métodos modernos. Esa huella ha permitido reconstruir, casi paso a paso, cómo el entorno “pintó” la momia a lo largo de décadas.
La investigación también ayuda a evitar errores de interpretación. Una piel verdosa podría hacer pensar en pigmentos aplicados con intención ritual, o en una momificación artificial. Sin embargo, el estudio de Bolonia muestra que la naturaleza, con un poco de cobre y las condiciones adecuadas de humedad y oxígeno, puede producir un resultado parecido. Los autores subrayan que el cobre no solo coloreó, también alteró la química de las proteínas, aceleró la degradación del colágeno y reorganizó la forma en que el cuerpo se conservó, en sintonía con lo que se ha observado en otros casos donde el metal entra en contacto con restos humanos.
Este trabajo cierra, además, una línea de investigación abierta hace años. Estudios previos, más limitados, ya habían apuntado a una “firma de cobre” en la momia boloñesa. Faltaba integrar todas las piezas: la procedencia del metal en el contexto del enterramiento, las rutas químicas dentro del cuerpo y el balance entre descomposición, coloración y preservación. La nueva investigación lo hace con una batería analítica completa y, sobre todo, con una conclusión clara: el entorno rico en cobre fue el motor del fenómeno.
Más allá de resolver una curiosidad, el caso tiene implicaciones prácticas. Conservadores y arqueólogos pueden usar esta información para diagnosticar, y no confundir, futuras “momias verdes”. Si un cuerpo aparece teñido junto a objetos de bronce o en suelos con minerales de cobre, hay motivos para sospechar una historia química parecida. Eso orienta decisiones de conservación, desde cómo estabilizar los compuestos de cobre hasta qué técnicas aplicar para estudiar los tejidos sin dañarlos. Con metodología, paciencia y química, el enigma del verde deja de ser misterio para convertirse en una herramienta.
REFERENCIA
Imagen: Los restos momificados de un niño enterrado en una caja de cobre entre 1617 y 1814. Annamaria Alabiso