Los neandertales usaban una resina negra y difícil de quitar como pegamento en la Edad de Hielo, pero ahora sabemos que también frena bacterias típicas de heridas

La tirita prehistórica que no viene en una caja, sino que sale de la corteza de un árbol. En los yacimientos neandertales aparece a menudo una sustancia oscura, viscosa, con pinta de chapapote: el alquitrán de abedul. Durante años se consideró que se usaba como un adhesivo para fijar puntas de piedra a mangos de madera. Pero la tecnología, en humanos, tiene muchas aplicaciones: lo que sirve para fabricar herramientas también acaba en la piel, en la boca o en una herida.

Los restos de los neandertales muestran señales de cuidados dentro del grupo, de lesiones que cicatrizaron, de vidas que continuaron gracias a la ayuda de otras personas. También han aparecido pistas de plantas con uso medicinal en su sarro dental y en enterramientos. Si la vida cotidiana incluía cortes, rozaduras, quemaduras y picaduras, lo raro sería que no probaran con lo que tenían cerca.

Un equipo liderado por Tjaark Siemssen, de la Universidad de Colonia y la Universidad de Oxford, decidió poner a prueba esa intuición con un gesto simple y muy moderno: llevar el problema al laboratorio. Para no hacer trampa, fabricaron alquitrán de abedul a partir de especies europeas que ya existían en tiempos pleistocenos, Betula pendula y Betula pubescens.

Este es el tutorial paso a paso más sencillo para hacer alquitrán de abedul: busca un árbol, prende fuego a un poco de corteza y ensúciate las manos. Crédito: Tjaark Siemssen, CC-BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/)

Este es el tutorial paso a paso más sencillo para hacer alquitrán de abedul: busca un árbol, prende fuego a un poco de corteza y ensúciate las manos. Crédito: Tjaark Siemssen, CC-BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/)

Prepararon seis muestras con tres métodos distintos. Uno se basa en destilar corteza en recipientes metálicos, una técnica documentada en comunidades Mi’kmaq de Canadá, donde el producto recibe el nombre de maskwio’mi y se usa como ungüento. Los otros dos se apoyan en reconstrucciones plausibles para un fuego neandertal: una estructura de arcilla elevada que actúa como “horno” y un método de condensación, en el que el humo de la corteza al arder deja su alquitrán pegado a una superficie dura, como una piedra.

La tirita para las heridas de los neandertales

Después llegó la parte quirúrgica: enfrentar ese alquitrán con bacterias. Usaron un ensayo clásico en microbiología, similar al que sirve para comprobar si un antibiótico funciona en una placa. Eligieron dos rivales con personalidades distintas. Staphylococcus aureus, una bacteria Gram positiva famosa por provocar infecciones de piel y de heridas. Y Escherichia coli, Gram negativa, con una envoltura más resistente y mucho más difícil de atacar desde fuera.

El resultado fue claro y, a la vez, imperfecto, como todo lo que huele a vida real. Casi todas las muestras frenaron el crecimiento de S. aureus con un efecto moderado, creando halos de inhibición que llegaron hasta 10,5 milímetros, con una media alrededor de 7,5. En cambio, frente a E. coli no apareció actividad detectable. Esa selectividad encaja con la diferencia de “armadura” entre Gram positivas y Gram negativas, y sugiere que el alquitrán funciona mejor contra ciertos enemigos de la piel que contra otros.

El estudio no encontró una relación directa entre el método de producción y la eficacia. Eso importa, porque el alquitrán neandertal no tenía por qué salir de un proceso sofisticado. Incluso una producción “sucia”, pegada a las manos después de horas junto al fuego, ya podría dejar suficiente material para manchar un corte. Los autores calculan que cantidades muy pequeñas bastan para cubrir una gran superficie de piel, del orden de 0,2 gramos para unos 100 cm².

También hay química detrás de la escena. El alquitrán de abedul contiene derivados fenólicos, como catecoles y guayacoles, compuestos que pueden alterar membranas y frenar el crecimiento de microbios. La idea tiene un eco etnográfico potente: Yakut, Saami y Mi’kmaq han usado productos similares para curar, lo que convierte el laboratorio en un puente entre conocimiento tradicional y preguntas prehistóricas.

Aun así, nadie debería imaginar una pomada inocente. El trabajo mide actividad antibacteriana in vitro, en una placa, y los propios autores señalan que harían falta pruebas estandarizadas de toxicidad y riesgos potenciales antes de pensar en aplicaciones modernas. Lo que sí cambia es la imagen de una mano neandertal embadurnada de resina: ya no parece solo un accidente de taller, también podría ser un gesto de cuidado, rápido, práctico y pegajoso, de esos que se aprenden porque funcionan.

REFERENCIA

Antibacterial properties of experimentally produced birch tar and its medicinal affordances in the Pleistocene