Aunque hay peces de sangre caliente, los tiburones y atunes son de “sangre templada”, retienen calor para tener más velocidad y potencia, pero el océano calentándose, su margen para disipar calor se estrecha

La nueva investigación se centra en peces mesotermos, especies capaces de retener el calor que producen al metabolizar y mantener tejidos por encima de la temperatura del mar. Es un grupo raro, menos del 0,1% de las especies de peces, e incluye a algunos tiburones y a los atunes.

Esa “temperatura propia” ayuda a nadar más rápido, migrar lejos y cazar mejor, pero el estudio pone números al peaje fisiológico. A partir de un método que estima la tasa metabólica rutinaria combinando datos de intercambio de calor en animales marcados y datos respiratorios ya publicados, los autores reunieron un conjunto de datos que cubre casi todo el abanico de tamaños de peces, desde larvas microscópicas hasta tiburones de unas tres toneladas, y en un rango amplio de temperaturas oceánicas.

Con ese marco, compararon mesotermos con peces ectotermos, que dependen de la temperatura ambiental para calentar su cuerpo. El resultado principal es directo: los mesotermos necesitan casi cuatro veces más energía que sus equivalentes de “sangre fría”. Ese coste, además, encaja con una idea incómoda: si vivir ya exige tanto combustible, crecer y sostener cuerpos gigantes se vuelve una apuesta más frágil, y podría haber limitado el tamaño posible de estas especies y aumentado su vulnerabilidad, también en linajes ya extinguidos.

El calentamiento global calienta a los peces de sangre templada

El segundo hallazgo explica por qué el calentamiento del mar no es un simple cambio de mapa. El análisis detecta un desajuste de escalado entre producción de calor y pérdida de calor: a medida que los animales crecen, la producción de calor aumenta más rápido que la capacidad de disiparlo. Dicho sin adornos, los grandes mesotermos tienden a volverse cada vez más “cálidos” por dentro, y eso los empuja hacia un dilema térmico en el que mantener su rendimiento implica acercarse al sobrecalentamiento.

Desde ahí se entiende un patrón que los biólogos llevan tiempo observando en la distribución. Según los autores, este problema ayuda a explicar por qué estas especies aparecen con más frecuencia en aguas más frías, ya sea en profundidad o en latitudes altas, donde el entorno actúa como sumidero de calor. El margen existe porque el agua fría permite perder calor más deprisa. Cuando ese “freno” desaparece, la fisiología aprieta.

El cambio climático añade presión por dos vías que se refuerzan. Por un lado, si el agua se calienta, el riesgo de sobrecalentamiento sube y el espacio habitable se estrecha, empujando a las poblaciones hacia zonas más frías. Por otro, el gasto energético elevado significa que cualquier tensión sobre la disponibilidad de alimento se nota antes. Algunas de estas especies ya están sometidas a una fuerte presión por la pesca, y el estudio plantea que el calentamiento puede aumentar tanto la demanda de energía como el riesgo térmico.

Lo interesante aquí es que el trabajo no se limita a decir “el océano se calienta y las especies sufren”. Propone un mecanismo cuantitativo que conecta tamaño corporal, temperatura del agua y adaptaciones para retener calor con un resultado concreto: el coste de vivir y el riesgo de pasarse de temperatura. Es una forma distinta de mirar a tiburones y atunes, menos épica y más contable, pero probablemente más útil para anticipar qué poblaciones se quedarán sin margen.

REFERENCIA

Mesothermic fishes face high fuel demands and overheating risk in warming oceans