Los sueños cambian al final de la vida y se llenan de emoción y señales de despedida, según un estudio con pacientes en cuidados paliativos
En la recta final de una enfermedad terminal, los sueños cambian. Se vuelven más vívidos, más emocionales y, sobre todo, más narrativos. Aparecen personas muertas, reencuentros pendientes y símbolos de transición que los pacientes describen como reales, incluso cuando ocurren con los ojos abiertos.
Elisa Rabitti, de la red local de cuidados paliativos de Reggio Emilia, en Italia, preguntó a 239 profesionales, médicos, enfermeras, psicólogos y otros perfiles sanitarios, por los sueños y visiones que les habían contado pacientes cerca de la muerte. Si tantas personas repiten patrones parecidos, quizá no estamos ante casos aislados, sino ante un fenómeno frecuente en ese tramo de la vida.
Lo que más se repite, según esos testimonios, son encuentros con familiares o mascotas ya fallecidos. A veces llegan con frases directas que no necesitan interpretación, como el caso de una mujer que soñó con su marido muerto y lo oyó decirle: “Te estoy esperando”. Para quienes los viven, estos episodios suelen traer calma, una sensación de paz interna y una aceptación menos áspera de lo que viene.
Los sueños cambian para calmar el ánimo antes de morir
Junto a esos reencuentros aparecen símbolos que se parecen a un lenguaje común de despedida. Puertas, escaleras, pasillos, luz blanca. Un paciente describió cómo subía descalzo hacia una puerta abierta llena de luz. Los autores plantean que podría ser una forma de afrontamiento: el cerebro prueba, ensaya y ordena la idea de un cambio definitivo cuando ya no hay margen para fantasías de recuperación.
Lo llamativo es que la mayoría de relatos no son oscuros. En el conjunto, las palabras que dominan son “tranquilidad” y “consuelo”. Solo alrededor del 10% de los sueños o visiones resultaron perturbadores, con escenas que se parecen más a una pesadilla clásica. Entre esos casos hubo uno especialmente duro: una persona decía ver un monstruo con la cara de su madre, arrastrándola hacia abajo. Incluso así, el peso estadístico del mal sueño es menor que el del sueño que acompaña.
Christopher Kerr, del Buffalo Hospice, en el estado de Nueva York, lleva años observando algo similar: los sueños con seres queridos muertos son habituales en pacientes terminales y se vuelven más frecuentes conforme se acerca el final. También aparecen motivos de preparación, como hacer una maleta o subirse a un autobús. Kerr insiste en un detalle que se repite: quienes “vuelven” en esos sueños suelen ser figuras que cuidaron, protegieron o quisieron al paciente.
En su experiencia clínica, estas escenas pueden cerrar heridas que en la vigilia eran imposibles de tocar. Kerr recuerda a una mujer de 70 años, madre de cuatro hijos adultos, que movía las manos como si sostuviera un bebé mientras tenía una visión de su primer hijo, fallecido. La pérdida había sido demasiado dolorosa para hablarla durante años, pero ese regreso final le resultó reconfortante. Con veteranos, cuenta, también aparece el pasado. Cargas y traumas que se quedan sin palabras durante décadas encuentran salida en sueños en el final de la vida.
Kerr lo explica con una frase que tiene algo de literalidad clínica: “morir es un sueño progresivo”. Las personas entran y salen del sueño, y esa fragmentación parece intensificar la vividez. Por eso muchos pacientes dicen que no era un sueño, que era real. Si algo se repite en estos relatos, es la disminución del miedo: en las últimas semanas puede haber tristeza, pero también una aceptación sorprendentemente nítida.
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