Un Elon Musk en plan futurista asegura que Optimus, uno de los robots de Tesla, podría “seguir a la gente y evitar que cometan delitos”
En la película «Minority Report» Tom Cruise interpreta a un policía del futuro dedicado a arrestar a los criminales preventivamente antes de que cometan los crímenes. Es un futuro opresivo y distópico, pero no se preocupen, porque Elon Musk, héroe de la tecnología convertido en supervillano, tiene una idea del futuro aún peor: hipervigilancia a cargo de robots, en concreto, sus robots.
Desde hace años, la policía y las ciudades usan tecnologías de vigilancia y algoritmos para anticiparse a los delitos. Los estudios científicos, sin embargo, no coinciden sobre su eficacia y advierten de posibles riesgos. Ahora Elon Musk se suma a esa conversación proponiendo a Optimus, el robot humanoide de Tesla como un vigilante perfectoo. El empresario sostiene que, si estos robots acompañan a las personas y “solo impiden que cometan delitos”, se podrían evitar cárceles y reducir los daños.
El pasado 6 de noviembre, en la junta de accionistas de Tesla, Musk afirmó que Optimus, su robot de 1,73 metros, podría “seguirte y evitar que cometas delitos”, y presentó esa vigilancia como una “forma más humana” de contención del crimen. “Te dan un Optimus gratis y te sigue a todas partes. Solo va a impedir que cometas delitos, nada más”, dijo ante el público. Hay muchas preguntas, pero las más urgentes son, por supuesto, cómo decide el robot qué es un delito, cómo puede anticipar que lo vamos a cometer, y con qué clase de violencia nos impediría cometerlo.
Optimus: los robots de Tesla como policías personales
Tesla enseña a Optimus vídeos de tareas básicas, como clasificar piezas, plegar ropa o moverse por oficinas y recargarse sin supervisión. Aun así, el sistema sigue en pruebas y los analistas externos hablan de un nivel de autonomía lejos de lo que Elon Musk describe. Si los robots tuvieran que impedir un delito en tiempo real, necesitarían predicción de conducta, percepción fiable en entornos complejos y capacidades de restricción seguras que no lesionen a personas inocentes. La robótica aún no cumple con esos requisitos, ni siquiera la de Tesla.
Además, prevenir delitos “antes de que ocurran” recuerda a los sistemas de predicción policial. Las investigaciones muestran resultados dispares y advierten de los riesgos de amplificar sesgos en los datos históricos. Una revisión reciente en la revista AI and Ethics, por ejemplo, documenta que los algoritmos tienden a heredar desigualdades sociales, e incluso cuando se corrigen, quedan dudas sobre transparencia, explicabilidad y rendición de cuentas. En otras palabras, Optimus podría decidir que las personas de raza negra o más pobres van a cometer un delito siguiendo esa lógica.
La aceptación social tampoco está garantizada. Los experimentos en ciencias sociales indican que el público suele percibir las decisiones algorítmicas como menos justas que las humanas, a menos que demuestren mejoras claras y verificables. En seguridad pública, donde cada error tiene consecuencias, la confianza exige auditorías independientes, estándares públicos y trazabilidad de decisiones. Sin esos elementos, un robot que “sigue” a ciudadanos puede percibirse como una forma de vigilancia intrusiva, no como protección.
Un robot que da miedo
Queda la cuestión práctica: cómo “impedir” el delito. Intervenir significa reconocer la intención, evaluar la proporcionalidad y aplicar la mínima fuerza necesaria. Esa tarea ya es difícil para humanos entrenados, es decir, para la policía, y los errores son frecuentes, especialmente en Estados Unidos. En robots exigiría sensores que no fallen con multitudes, lluvia o baja luz, y un control de la fuerza fino para no causar daños. La literatura en robótica subraya que los sistemas capaces de ejercer fuerza plantean dilemas de control y responsabilidad, por lo que se recomiendan límites estrictos de uso, protocolos de desconexión y supervisión humana constante. Ninguna de esas garantías se resuelve con un eslogan o un baile en el escenario.
Musk vaticinó que Optimus será “el producto más grande de todos los tiempos, más que el teléfono móvil”. También dijo que los robots ya caminan por la oficina de Palo Alto “24/7 sin que nadie les preste atención” y que la meta es usarlos primero dentro de Tesla y, más tarde, producirlos a gran escala. Las fechas bailan. En 2024 apuntó a uso interno en 2025 y producción amplia en 2026, aunque no ha confirmado si el plan sigue en ruta. A día de hoy, no hay demostraciones públicas de prevención del delito ni protocolos de actuación divulgados.
La conversación es pertinente. Los robots que ayuden a vigilar almacenes o a patrullar espacios cerrados existen desde hace años y ya han generado controversia por privacidad y trato a colectivos vulnerables. Llevar ese concepto al espacio público con humanoides que podrían intervenir físicamente exige más que promesas. Hace falta evidencia independiente de eficacia, pruebas de seguridad equivalentes a las de un dispositivo médico de alto riesgo, límites legales claros y mecanismos robustos para reparar daños y depurar responsabilidades. Hasta entonces, Optimus es, como mucho, un recordatorio de que la tecnología avanza más rápido que las reglas.
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