A los mayas les gustaba tanto el rojo que se envenenaron a sí mismos
Dos sondeos en el fondo de un lago y un cenote de Yucatán revelan niveles de mercurio hasta 900 veces por encima de lo natural
El tiempo y los elementos han dejado desnudas las piedras de las ruinas del imperio Maya en Yucatán, pero sabemos por los restos que los mayas lo pintaban todo de rojo. Las fachadas de los templos, las máscaras funerarias, los cuerpos de los difuntos, los objetos de las ofrendas.
Para ese rojo intenso usaban cinabrio, un mineral que no existe en la península de Yucatán. Había que traerlo de lejos, probablemente de lo que hoy es Honduras. El cinabrio es sulfuro de mercurio. Un equipo de la Universidad de Auburn ha medido cuánto de ese mercurio acabó en el agua que bebían. La cifra sorprende incluso a quienes esperaban encontrar algo.
El cinabrio en bruto es bastante poco peligroso. El problema empieza cuando la lluvia arrastra el pigmento de las paredes y los suelos hasta el fondo de un lago. Allí, en el barro sin oxígeno, hay bacterias que transforman ese mercurio en metilmercurio. Esa versión es mucho más tóxica y se cuela con facilidad en los tejidos vivos. A partir de ahí sube por la cadena alimentaria. El plancton lo absorbe, el pez pequeño se come el plancton y el grande se come al pequeño. Cada escalón concentra más veneno. Quien pesca se lleva la dosis acumulada de todos los demás.
Barro que guarda dos milenios
En mayo de 2023, el equipo dirigido por el paleolimnólogo Matthew Waters extrajo cilindros de sedimento del fondo de dos puntos del norte de Yucatán. Uno es el lago Cobá, junto a la ciudad maya del mismo nombre, que llegó a tener entre 50.000 y 90.000 habitantes. El otro es el cenote Xcach, una dolina inundada de unos 100 metros de ancho con al menos cuatro edificios mayas en la orilla.
El fondo de un lago funciona como un archivo. Cada año deposita una capa fina de barro, así que un cilindro contiene más de 2.000 años ordenados de arriba abajo. Los investigadores fecharon las capas con carbono 14 a partir de restos de madera y carbón, y después midieron el mercurio capa por capa.
Para descartar que la contaminación viniera de lejos por el aire, compararon con dos lagos de control, Polol y Chichancanab. En esos no hubo ninguna subida. El mercurio era de fabricación local.
Novecientas veces el nivel natural de mercurio
El nivel de fondo en Cobá, antes de que llegara nadie a pintar, era de 0,02 microgramos por gramo de sedimento. A partir del año 40 de nuestra era empezó a subir. Alcanzó un máximo de 2,3 entre los años 250 y 300, y no volvió a la normalidad hasta el año 520.
El cenote Xcach se llevó la peor parte, con tres episodios. El primero, hacia el año 125. El segundo, entre el 330 y el 370. El tercero se prolongó desde el año 535 hasta el 820, con una media de 8,4 microgramos por gramo y un pico de 18 hacia el año 720. Esa cifra son 900 veces el nivel natural.
Para entender qué significan esos números hay dos referencias que se usan hoy. Por encima de 1,06 microgramos por gramo en un sedimento se considera probable que haya daño biológico. Por encima de 2,0 se espera un daño grave en la fauna. Cobá superó el primer umbral durante unos 170 años, entre el 260 y el 430. Xcach estuvo por encima del segundo desde el 535 hasta el 810, casi tres siglos seguidos. En el periodo Clásico, la acumulación de mercurio en los dos lagos fue unas diez veces mayor que en cualquier otra época.
Un lago sin caracoles
El efecto en el agua se lee en los mismos cilindros de barro. En las capas más contaminadas de Cobá no aparece ni una concha de ostrácodo, unos crustáceos diminutos que suelen abundar. Tampoco de caracol de agua dulce.
En Xcach pasó algo parecido con las larvas de mosquito. El género dominante, Goeldichironomus, casi se extingue y lo sustituye otro más resistente. Los pigmentos de algas y bacterias también se desplomaron en los dos lagos. Al principio las cianobacterias se dispararon, porque la erosión arrastraba fósforo que las alimenta. En cuanto el mercurio pasó de 2,0, se vinieron abajo.
"Habrían visto un cambio de color extraño en el agua y una caída de su productividad, por ejemplo de pescado como fuente de proteína", explica Waters. Los mayas dependían bastante de la pesca de agua dulce y del marisqueo en los lagos. "Lo vivieron durante décadas y, en un caso, durante siglos", añade.
Una pieza más del colapso del imperio maya
El colapso de las ciudades mayas del sur, en los siglos VIII y IX, se suele achacar a una serie de sequías que arruinaron las cosechas.
Los autores no proponen el mercurio como el culpable principal. En muchos lugares la contaminación llevaba siglos bajando cuando llegó el derrumbe. Lo que plantean es que la pérdida de calidad del agua fue una presión más, añadida a la sequía, la tala del bosque y la erosión. Una presión que hasta ahora se había tenido poco en cuenta.
Hay dos cautelas que conviene no perder de vista. El estudio midió el mercurio total, no el metilmercurio, que es la forma realmente tóxica. Son además dos lagos, así que extrapolar a toda la región sería precipitado. Lo que sí queda documentado es un caso bastante temprano de algo muy reconocible. Una civilización que contamina su propia agua con el residuo de aquello que considera precioso.
REFERENCIA
- Toxic mercury, aquatic ecosystem collapse, and the ancient Lowland Maya. Waters MN, Wooten SL, Abrook AM, et al. Science Advances, 12 (45), eaeh3280, 4 de noviembre de 2026.
- The Maya used so much red paint that they poisoned their water with mercury, mud sediments reveal. Live Science, 7 de noviembre de 2026.
Si quieres conocer otros artículos parecidos a A los mayas les gustaba tanto el rojo que se envenenaron a sí mismos puedes visitar la categoría Historia.
Artículos relacionados
Por qué la Gran Pirámide de Guiza resiste naturalmente a los terremotos
Las siete veces que la gente descubrió América, y como llegaron allí
Las civilizaciones de Asia central cayeron por el cambio climático, no por Gengis Kan
Continúa Leyendo