Puede parecer que las personas con TOC han perdido el control cuando se lavan las manos compulsivamente o cierran la misma puerta diez veces, pero todo está en la inflamación del cerebro
La idea clásica suena cómoda porque encaja con la vida diaria. Cuando hacemos algo mil veces, el cerebro lo convierte en rutina, como cepillarse los dientes sin pensar o conducir por el camino de siempre. Solo cuando aparece un imprevisto, un niño cruza la calle, recuperamos el mando consciente y ajustamos la conducta al vuelo. Esa alternancia entre hábito y decisión deliberada es uno de los grandes trucos de nuestra especie, y también una de sus grietas, como recuerda la divulgación que convierte fisiología en escenas cotidianas.
En los trastornos compulsivos, desde el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) hasta algunas adicciones y el juego, el relato dominante decía lo siguiente: la conducta se “engancha” a un bucle de hábito que aplasta la fuerza de voluntad. Por eso alguien sigue lavándose las manos aunque ya tenga la piel irritada, o vuelve a una máquina tragaperras aunque la cuenta esté temblando.
En la Universidad de Tecnología de Sídney (UTS) decidieron poner a prueba ese dogma con una pista que aparece una y otra vez en neuroimagen: inflamación en el estriado, una región cerebral clave para elegir acciones. Si el estriado está inflamado, pensaron, debería costar más salir del piloto automático.
Las personas con TOC y el cerebro inflamado
El experimento, liderado por Arvie Rodriguez Abiero durante su doctorado, fue tan directo como quirúrgico. Indujeron inflamación localizada en la parte dorsomedial posterior del estriado de ratas, usando lipopolisacárido (LPS), una toxina bacteriana que dispara una respuesta inflamatoria. Después observaron cómo aprendían y, sobre todo, cómo decidían cuando el contexto favorece que el hábito tome el volante.
Y ocurrió lo contrario de lo esperado. En vez de volverse más automáticas, las ratas se volvieron más “mentales”. Mantuvieron conductas dirigidas a un objetivo, siguieron ajustando su comportamiento según las consecuencias, incluso en situaciones diseñadas para que se formen hábitos. “Sorprendentemente, los animales se volvieron más orientados a objetivos y siguieron ajustando su comportamiento en función de los resultados, incluso en situaciones en las que normalmente los hábitos tomarían el control”, explicó la neurocientífica Laura Bradfield.
La clave, según el análisis del tejido, estaba en unas células con nombre de constelación: los astrocitos. Son células de soporte, con forma estrellada, que alimentan, protegen y coordinan a las neuronas, como si fueran el equipo de mantenimiento de una ciudad eléctrica. Con la inflamación, esos astrocitos proliferaron y alteraron el funcionamiento de neuronas cercanas, en particular las neuronas espinosas medianas, que participan en circuitos de movimiento y toma de decisiones.
El estudio también probó algo más importante que una inflamación provocada. Mediante una técnica quimiogenética, los autores activaron una vía inhibitoria en astrocitos del estriado y vieron que esa manipulación también modulaba el control dirigido a objetivos. La lectura general es incómoda y sugerente: cierta compulsión podría nacer de un exceso de control deliberado, pero mal encaminado, más que de una falta de control.
Bradfield pone un ejemplo que cualquiera entiende. “Hay muchas conductas compulsivas que no encajan bien en la hipótesis del hábito. Si alguien se lava las manos continuamente porque le preocupan los gérmenes, no lo está haciendo sin pensar, está eligiendo conscientemente hacer ese esfuerzo”, dijo.
Si esta idea se traslada a humanos, cambia el mapa terapéutico. Ya no sería solo “romper hábitos”, también podría ser “calmar” un estriado inflamado y devolver al cerebro su equilibrio entre automatismo y deliberación. El equipo apunta a fármacos que reduzcan la neuroinflamación o que actúen sobre astrocitos, y también a medidas amplias con efecto antiinflamatorio, como dormir mejor o hacer ejercicio, que en el cuerpo suelen ser la forma más barata de hablarle al cerebro.
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