La genética, la termogénesis espontánea y la regulación del apetito explican una diferencia que no tiene nada que ver con la fuerza de voluntad ni con tener un metabolismo «acelerado».
Seguramente conoces a alguien que come sin restricciones, no hace ejercicio de manera formal y, sin embargo, no gana peso. Y probablemente también conoces a alguien que hace exactamente lo contrario y lucha cada día con la báscula. La diferencia entre ambos, durante mucho tiempo atribuida a la fuerza de voluntad o a un vago concepto de «metabolismo rápido», tiene ahora una explicación científica mucho más precisa y, en cierta medida, más justa.
La genética de la delgadez: no es solo ausencia de genes de obesidad
El mayor estudio realizado hasta la fecha sobre la arquitectura genética de la delgadez saludable lo llevó a cabo la profesora Sadaf Farooqi en el Instituto Wellcome-MRC de Ciencias Metabólicas de la Universidad de Cambridge. Su equipo reclutó a 2.000 personas delgadas (con un índice de masa corporal inferior a 18 kg/m²), sanas y sin trastornos alimentarios, y comparó su ADN con el de casi 2.000 personas con obesidad severa y más de 10.000 controles de peso normal.
Los resultados, publicados en PLOS Genetics, fueron reveladores. Las personas delgadas no solo tenían menos variantes genéticas asociadas al sobrepeso, sino que además poseían regiones genéticas propias, específicas de la delgadez saludable, que no son simplemente el reverso de los genes de la obesidad. Farooqi lo resumió con claridad: las personas delgadas lo son porque tienen menos carga genética que favorece el sobrepeso, y no porque sean moralmente superiores. La puntuación de riesgo genético (una suma de todas las variantes relevantes) resultó ser significativamente más baja en las personas delgadas que en el resto de la población. Los dados genéticos están cargados a su favor.
El papel invisible de la termogénesis espontánea
Uno de los factores más infraestimados en el control del peso es la termogénesis de actividad no relacionada con el ejercicio, conocida por sus siglas en inglés como NEAT (Non-Exercise Activity Thermogenesis). El NEAT engloba toda la energía que gastamos en actividades cotidianas que no son ejercicio formal: caminar por casa, gesticular al hablar, subir escaleras, estar de pie, moverse en la silla o incluso tamborilear los dedos.
Puede parecer insignificante, pero los datos son contundentes. Según investigaciones publicadas en Mayo Clinic Proceedings y en el American Journal of Physiology, el NEAT puede suponer hasta 2.000 kilocalorías adicionales de gasto diario respecto a la tasa metabólica basal, en función del nivel de actividad espontánea del individuo. Un experimento clásico en el que se sobrealimentó a voluntarios con 1.000 kilocalorías extra al día durante ocho semanas mostró que la ganancia de grasa corporal dependía directamente de cuánto aumentaba (o no) su NEAT, no de su metabolismo basal ni del ejercicio deliberado. Las personas que instintivamente se movían más no engordaban, y lo hacían de forma completamente inconsciente.
La regulación del apetito: comer «mucho» es más relativo de lo que parece
Otro componente crucial es la percepción del hambre y la saciedad. La investigación nutricional muestra repetidamente que las personas que aparentan comer sin límite no consumen, en promedio, tanta energía como parece. Sus señales de saciedad se activan antes, sus porciones reales son más pequeñas de lo que se recuerda, y su patrón de alimentación a lo largo del día tiende a compensarse de manera espontánea. La hormona leptina, que señala al cerebro el nivel de reservas energéticas, y la grelina, que estimula el apetito, funcionan de forma distinta en unas personas que en otras, y esa diferencia también tiene una base genética y metabólica.
Además, influyen el microbioma intestinal (la comunidad de bacterias que regula la absorción de nutrientes), la sensibilidad a la insulina y la composición muscular, que determina el gasto energético en reposo. Ninguno de estos factores opera de forma aislada: se combinan y se modulan mutuamente en un sistema de enorme complejidad.
¿Se puede activar ese mecanismo?
La pregunta inevitable es si alguien sin esa ventaja genética puede hacer algo al respecto. La respuesta es matizada. Los genes no se modifican, pero algunos de sus efectos sí pueden modularse. El factor más accesible es precisamente el NEAT: incorporar movimiento no estructurado a la rutina diaria (pasear más, evitar el sedentarismo prolongado, optar por las escaleras) tiene un impacto real y acumulativo sobre el gasto energético, sin requerir tiempo específico para el ejercicio. La ciencia también apunta al sueño suficiente y a la gestión del estrés como moduladores del apetito y del metabolismo de las grasas.
Lo que la investigación deja claro, sobre todo, es que el peso corporal es el resultado de una interacción compleja entre genética, biología y entorno, no un simple reflejo de disciplina personal. Entender eso no solo es más preciso: también es más útil para quienes buscan un camino realista hacia su propio equilibrio.
REFERENCIA