Un estudio reconstruye los mapas de riesgo de malaria desde el Paleolítico y demuestra que las poblaciones humanas evitaron sistemáticamente las zonas de alta transmisión

Cuando los arqueólogos y genetistas estudian cómo se expandió el ser humano por el planeta, suelen recurrir a factores como el clima, la disponibilidad de recursos, las barreras geográficas o los conflictos entre grupos. Un nuevo estudio publicado en Science Advances añade un factor que hasta ahora había sido subestimado: la malaria. Según el trabajo, la distribución del parásito Plasmodium y sus mosquitos vectores ha sido una fuerza directora de la expansión humana durante al menos 74.000 años.

Un mapa de 74.000 años de riesgo de malaria

El equipo liderado por Emanuele Colucci, de la Universidad de Ginebra, combinó datos climáticos, ecológicos y paleogeográficos para reconstruir cómo ha cambiado la distribución potencial de la malaria en África subsahariana y otras regiones desde hace 74.000 años (el periodo más antiguo para el que existen datos genómicos humanos suficientemente densos). Cruzaron ese mapa de riesgo histórico con la distribución espacial y temporal de restos humanos y datos de ADN antiguo para ver si había correlación entre la presencia de zonas de alta transmisión de malaria y la ausencia de poblaciones humanas.

La correlación resultó ser estadísticamente robusta y persistente a través del tiempo. Las zonas con alta densidad de mosquitos vectores y condiciones climáticas óptimas para el desarrollo del parásito tendían a estar significativamente menos pobladas que las zonas con bajo riesgo de malaria, incluso cuando el clima y la disponibilidad de recursos eran similares. «Los humanos o evitaban los puntos calientes potenciales de malaria, o fracasaban cuando intentaban asentarse en ellos», señaló Colucci.

Adaptación genética por el encuentro con el parásito

El estudio también encontró evidencias genómicas de esa presión histórica. Las poblaciones que históricamente habitaron zonas de alta endemia de malaria muestran una mayor prevalencia de variantes génicas que confieren resistencia al parásito, como la variante de la hemoglobina S (que en heterocigosis da lugar al rasgo falciforme y confiere cierta protección contra la malaria grave). Esas variantes no aparecen al azar en el genoma humano: están concentradas precisamente en las poblaciones que los modelos predicen que han convivido con alta transmisión de malaria durante más generaciones.

«Es una coevolución a escala planetaria y milenaria», explicó Colucci. «La malaria no solo ha matado a personas. Ha moldeado qué grupos sobrevivieron, dónde se asentaron y qué variantes genéticas se volvieron comunes». Este tipo de presión selectiva es de las más potentes que existen en la evolución humana, comparable a la que ejerció la lactasa (la enzima que permite digerir la leche en adultos) sobre las poblaciones pastorales europeas.

Implicaciones para el presente: la malaria no ha terminado

La malaria sigue matando. En 2024, el último año con datos completos de la OMS, causó más de 600.000 muertes, la inmensa mayoría niños menores de cinco años en África subsahariana. Los esfuerzos de erradicación con redes mosquiteras, antipalúdicos y, más recientemente, las primeras vacunas aprobadas (la R21/Matrix-M de la Universidad de Oxford) han reducido la mortalidad, pero no la han eliminado.

Entender que la distribución histórica de la malaria ha determinado patrones de asentamiento humano tiene implicaciones para la planificación del desarrollo en regiones endémicas, para la interpretación de la diversidad genética humana y para los modelos de expansión de la malaria bajo el cambio climático. Si la enfermedad se desplaza hacia nuevas latitudes a medida que el planeta se calienta (algo que varios estudios ya han predicho), podría afectar a poblaciones que llevan milenios fuera de su alcance y que carecen de las adaptaciones genéticas que protegen a quienes convivieron con ella.

REFERENCIA