El director de Quo, Darío Pescador, cierra el 27º Congreso de Periodismo de Huesca 2026 con una reflexión sobre los cambios en los flujos de información y desinformación en redes sociales y medios
Este es el texto de la intervención:
Tengo una buena noticia y una mala noticia. La mala noticia es que estamos en guerra, y que vamos perdiendo. No se trata de la guerra de Irán. Tampoco de la larga guerra de Ucrania, ni del genocidio de Gaza, que nos ha contado de forma tan vívida Nuria Garrido de EFE, donde el 70% de las víctimas son mujeres y niños.
Aunque parezca mentira, estas guerras son escaramuzas, movimientos de peones en un juego en el que los amos del mundo buscan lo de siempre: extraer aún más riqueza del resto de la humanidad. Pero esta vez están usando como nunca antes la herramienta más poderosa que conocemos: las historias, y están ganando.
Como periodistas, las historias son el instrumento por el que vivimos y respiramos, es lo que sabemos hacer y lo que hacemos bien la mayor parte del tiempo. Somos padres y madres de historias, pero ahora alguien las ha secuestrado. No para silenciarlas, sino para retorcerlas con un chorro imparable de despropósitos. Si antes el poder suprimía la información para controlarnos, ahora nos ahoga en ella.
Cuando habla, el presidente de Estados Unidos miente, exagera o desinforma dos veces por minuto, según los cálculos de la radio pública de Estados Unidos. «Es el show de Trump», como lo ha llamado la corresponsal de TVE en Washington.
Cuando la portada del New York Times abre cada día con dos o tres noticias sobre la última barbaridad del señor naranja, podemos estar seguros de quién controla la narrativa, y de que nos han robado la historia.
“Los desinformadores lo hacen muy bien, tienen pensada una gran estrategia de desborde», nos recuerda Clara Jiménez de Maldita. La cosa se agrava porque ni siquiera tienen que trabajar tanto para desbordarnos.
Los bulos llegan incluso a donde más nos duele, a nuestra salud, con informaciones falsas que buscan sacar provecho de personas con cáncer. «Sabemos muchas cosas que no son ciertas», nos dice el Ángel Losada de la Asociación contra el Cáncer.
El caudal de infobasura funciona solo gracias a un complejo sistema de redes sociales, inteligencia artificial generativa y personas cuyo objetivo vital es ganarse la vida como influencers y mudarse a Andorra para no pagar impuestos, y que hacen y dicen cualquier cosa por tener más visualizaciones.
Basta con plantar la semilla de algo absurdo, como los therians, unos adolescentes que se identifican con animales, y todos los canales llevan al mismo agujero negro en el que todos caen.
Sabiendo esto, es normal que las plataformas no estén interesadas en la regulación, como nos ha recordado Carlos Rul.lan de la oficina del parlamento europeo. La bestia es demasiado grande y solo podemos tirar de las riendas para desviar un poco su camino.
Tanto es así que el periodista ya no solo tiene que informar, sino que ahora se ha convertido en el guardián de las audiencias, en una batalla desigual para hacer sociedades más plurales, como ha dicho la brillante premio Porquet de este año María Sánchez Díaz.
Pero esta lucha constante pasa factura. Quien cubre una guerra paga un precio, ha dicho Nuria Garrido. Incluso los periodistas en las redacciones están al límite, y tres de cada cuatro sufren problemas de salud mental, como nos ha recordado Mar Cabra. Las empresas no atienden, ni protegen a los periodistas en un trabajo que cada día es más tóxico.
En medio de este lodo, el buen hacer de los periodistas brilla como diamantes en un estercolero, porque todavía sabemos contar historias como nadie. La crítica con humor de las viñetas y caricaturas, que a veces resumen en segundos tomos enteros, los contenidos en vídeo de Whatif o KLAB, o los documentales de los periodistas de investigación, o el podcast de la jovencísima Aldara Diéguez, con una historia que se vende sola: el padre narcotraficante de Giorgia Meloni.
También brillan con luz propia los periodistas locales, que tienen acceso a algo que no tiene precio: que te digan «te he leído» cuando vas a comprar el pan o a tomar café en el bar del pueblo. A ser defensores y amplificadores de las voces de esas personas, que muchas veces se pierden en el ruido.
«No tendré la oportunidad de entrevistar al señor Trump, pero he podido entrevistar a pastores que te contaban mil historias” ha dicho el ganador del premio de comunicación rural Ángel Huguet.
«Todo el mundo sabe que el barco hace aguas, todo el mundo sabe que el capitán mintió, todo el mundo sabe que la guerra ha terminado, todo el mundo sabe que los buenos perdieron», dice la canción de Leonard Cohen.
No hemos perdido la guerra, pero nos toca seguir batallando. Contar mejores historias, apelando a las mejores cualidades de quienes nos escuchan, en lugar de a las peores, entrar en la conversación con los lectores allí donde estén, de tú a tú, sin despreciarlos ni manipularlos. Hacer periodismo aunque no sea periódico.
«Ser periodista es una mierda, pero peor es trabajar», decía nuestro añorado Pepe Cervera. Esa es la mala noticia, que nos toca trabajar. Entonces, ¿cuál es la buena? Pues la buena noticia es que estamos aquí, en buena compañía, que vemos lo que está pasando, y que lo estamos contando.