El satélite de la NASA está a 600 kilómetros de altura y ya no le queda combustible, la reentrada puede ser complicada
Van Hallen era grupo de heavy metal, pero Van Allen era un astrofísico que dio nombre a un cinturón. No es un cinturón cualquiera.
La Tierra vive dentro de un escudo magnético invisible que desvía parte de la radiación más agresiva del Sol. Dentro de esa burbuja hay zonas donde las partículas cargadas quedan atrapadas y aceleran, formando los cinturones de Van Allen. Son un laboratorio natural y, al mismo tiempo, un campo minado para satélites y astronautas: ahí dentro la electrónica envejece a golpe de radiación.
Una de las dos naves gemelas que NASA lanzó en 2012 para explorar esos cinturones, la Van Allen Probe A, está a punto de caer a la atmósfera en una reentrada no controlada. La previsión inicial apuntaba a 2034, pero el calendario se ha adelantado casi una década.
La hora estimada que manejan NASA y la Fuerza Espacial de Estados Unidos es alrededor de las 19:45 (hora del Este de EE UU), con una incertidumbre de más o menos 24 horas. La nave se mueve en una región donde la densidad del aire cambia con el “humor” del Sol y con pequeñas variaciones de altitud. Si el arrastre aumenta un poco, la órbita se encoge más rápido, como si alguien apretara el nudo de una cuerda.
El satélite de la NASA y la probabilidad de que te caiga en la cabeza
La cifra que más llama la atención es otra, 1 entre 4.200. Es la probabilidad, según la NASA, de que un fragmento llegue a causar daño a una persona. Es baja, pero no es cero, y por eso la agencia lo comunica con claridad, igual que se anuncian huracanes con un porcentaje pequeño de impacto directo.
La razón por la que casi todo se desintegra es sencilla de imaginar. La nave entra a una velocidad enorme y el aire, de pronto, deja de ser “nada” para convertirse en una pared que comprime, calienta y arranca material. La mayor parte del vehículo se quema y se fragmenta en capas altas, aunque algunos componentes más resistentes podrían sobrevivir, igual que un tornillo puede aguantar donde el plástico desaparece.
¿Dónde puede caer lo que quede? No hay una zona “de aterrizaje”, porque no hay control de dirección, y el planeta es grande, con un 71% de superficie cubierta por océanos. Por eso, la expectativa más razonable es que, si hay restos, terminen en el agua o en lugares deshabitados, aunque la incertidumbre no permite señalar un punto en el mapa.
Este regreso anticipado tiene un culpable con nombre de ciclo. La NASA explica que los cálculos originales se hicieron antes de comprobar lo activo que sería el ciclo solar actual, y que en 2024 se confirmó que el Sol había alcanzado su máximo solar, con episodios intensos de “meteorología espacial”. Esa actividad calienta y “infla” la atmósfera superior, que roza más a los satélites y les roba energía orbital vuelta tras vuelta.
Lo irónico es que la misión nació para entender justo ese tipo de amenazas. Los cinturones de Van Allen protegen a la Tierra de radiación cósmica y de tormentas solares, pero también concentran partículas capaces de dañar tecnología. Las dos sondas, diseñadas para dos años, aguantaron casi siete y ayudaron a reescribir parte del “manual” de la física de cinturones, incluida la detección de un tercer cinturón transitorio durante periodos de fuerte actividad solar.
Y hay otra historia dentro de esta historia, menos vistosa pero igual de importante. Cuando se acabó el combustible, el equipo de control planificó maniobras para el final de la vida para reducir el perigeo y dejar que el propio arrastre atmosférico hiciera el trabajo de desorbitar, cumpliendo la norma de retirar el satélite en el plazo más amplio posible. En el paper técnico que describe ese cierre se cuentan detalles muy concretos, desde la bajada del perigeo hasta los problemas de navegación en esas órbitas finales más bajas, donde el margen de error se vuelve muy pequeño y la fricción manda.
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