Hay motivos fisiológicos que explican el hecho de que, por lo general, los adolescentes no quieren madrugar
Durante la adolescencia, el reloj interno se retrasa. A muchos jóvenes les entra sueño más tarde que a los adultos, aunque la sociedad no se entera y les obliga a madrugar igual. Esa tensión entre biología y horarios provoca deuda de sueño entre semana, con efectos en el estado de ánimo, la salud y la capacidad de aprender.
Los estudiantes de secundaria suelen tener problemas para acostarse pronto, y eso les complica empezar el día con clases muy temprano. La causa no es solo “falta de ganas”, también es fisiología. En la adolescencia, el ritmo circadiano, el sistema que regula sueño y vigilia, se desplaza progresivamente hacia horas más tardías.
El resultado es que la mayoría de adolescentes duerme menos de lo que necesita en días lectivos, y la deuda de sueño crece conforme avanza la semana. “Esto es preocupante, ya que la privación crónica de sueño no solo afecta al bienestar, sino que también tiene un impacto medible en la salud mental, el desarrollo físico y la capacidad de aprender”, explica Oskar Jenni, pediatra del desarrollo en la Universidad de Zúrich.
Los adolescentes no quieren madrugar porque su reloj biolóigico se retrasa
Jenni y su equipo parten de una idea sencilla: si el cuerpo adolescente no facilita dormirse pronto, entonces retrasar el inicio de las clases podría ayudar. Hay bastante evidencia internacional sobre empezar más tarde, pero faltaban datos sobre modelos flexibles, esos que dejan elegir entre arrancar temprano o un poco después, sin convertir el horario en un caos.
La oportunidad llegó en Gossau, un centro de secundaria superior del cantón de San Galo, en el noreste de Suiza. Hace tres años implantaron un sistema con horas flexibles. Desde entonces, el alumnado puede asistir a módulos antes de que empiecen las clases regulares por la mañana, también al mediodía y por la tarde, y así decidir cuándo arranca su jornada.
En la práctica, los estudiantes pueden llegar a las 7:30 o esperar hasta las 8:30, cuando empieza oficialmente la primera clase. Ese margen de una hora parece pequeño, pero para un adolescente con sueño atrasado puede ser un cambio importante, y una bebida con cafeína menos.
El equipo de investigación, con Joëlle Albrecht y Reto Huber, analizó patrones de sueño y el impacto de la falta de descanso en salud y rendimiento académico. Encuestaron a los alumnos, de unos 14 años de media, primero con el modelo antiguo, que arrancaba a las 7:20, y repitieron un año después con el nuevo sistema. En total evaluaron 754 respuestas.
Levantarse más tarde, sacar mejores notas
Los resultados fueron muy claros. El 95% aprovechó la opción de empezar más tarde, y de media lo hizo 38 minutos después que con el horario previo. Eso se tradujo en levantarse 40 minutos más tarde, sin que se retrasara la hora de acostarse de forma significativa.
Con esa combinación, el sueño total aumentó. En días de clase, los estudiantes durmieron una media de 45 minutos más. Es una ganancia diaria que, acumulada, deja de ser un detalle y se convierte en una diferencia real en cómo se afronta la semana.
Además, los alumnos reportaron menos problemas para conciliar el sueño y una mejora en su calidad de vida relacionada con la salud. “Los estudiantes informaron de menos dificultades para dormirse, y la calidad de vida relacionada con la salud aumentó”, resume Albrecht, autora principal.
El estudio también encontró mejoras en resultados objetivos de aprendizaje en inglés y matemáticas, al compararlos con pruebas cantonales. No se trata solo de sentirse mejor, también de rendir mejor, que es el tipo de argumento que suele convencer incluso a quien cree que dormir es “perder el tiempo”.
Publicado el 17 de febrero de 2026 en el Journal of Adolescent Health, el trabajo concluye que los inicios flexibles pueden ser una forma eficaz y práctica de reducir la privación crónica de sueño y mejorar salud mental y rendimiento académico en adolescentes. Huber lo conecta con un problema más amplio: “Empezar las clases más tarde por la mañana puede contribuir de forma significativa a abordar la actual crisis de salud mental entre los alumnos”.
Los autores recuerdan un dato que ayuda a poner el contexto. En 2022, el Observatorio Suizo de la Salud (Obsan) publicó que el 47% de los chicos de 11 a 15 años sufría múltiples quejas psicoafectivas recurrentes o crónicas, como tristeza, fatiga, ansiedad, bajo estado de ánimo, tensión, irritabilidad, enfado y dificultad para conciliar el sueño.
No es una varita mágica, pero sí una idea simple: para que los adolescentes aprendan más, a veces lo mejor es dejarles dormir un poco más.
REFERENCIA