Aunque es complejo definir la inteligencia, los estudios indican que las personas inteligentes tienen menos hijos, estos son los factores que influyen
La idea de que “las personas más inteligentes tienen menos hijos” aparece cada cierto tiempo en debates sociales, foros de internet y, por supuesto, en la cultura popular. La película Idiocracia llevó esta teoría al extremo: una sociedad futura donde quienes tienen mayor nivel educativo y capacidad intelectual retrasan tanto la maternidad y la paternidad que acaban dejando el futuro demográfico en manos de quienes no lo hacen. Aunque la película es una sátira, toca un tema que la ciencia sí estudia: cómo ciertos rasgos psicológicos influyen en nuestras decisiones reproductivas.
Un estudio reciente publicado en Evolutionary Behavioral Sciences ofrece una pieza más para entender este rompecabezas. La investigación, realizada por Aleksandra Milić y Janko Međedović, encontró que las personas con niveles altos de apertura a la experiencia (un rasgo de personalidad relacionado con la curiosidad, la creatividad y el gusto por la novedad) tienden a tener menos hijos a lo largo de su vida.
¿Qué es la “apertura a la experiencia”?
En psicología, uno de los modelos más utilizados para describir la personalidad es el modelo de los Cinco Grandes (Big Five):
- Apertura a la experiencia
- Escrupulosidad
- Extraversión
- Amabilidad
- Neuroticismo
Dentro del modelo de los Cinco Grandes rasgos de personalidad, la apertura a la experiencia describe a quienes disfrutan de explorar ideas nuevas, viajar, aprender, cambiar de entorno y cuestionar lo establecido. No es exactamente lo mismo que “inteligencia”, aunque suele correlacionar con intereses intelectuales y con una mayor inclinación hacia actividades cognitivas complejas.
El estudio no afirma que las personas más inteligentes tengan menos hijos por ser inteligentes, sino que ciertos rasgos asociados a estilos de vida más exploratorios pueden influir en cuándo y cuántos hijos se tienen.
El estudio: las personas inteligentes tienen menos hijos, pero ¿por qué?
Los investigadores Aleksandra Milić y Janko Međedović analizaron datos de más de mil personas para entender cómo este rasgo se relaciona con la decisión de formar una familia. Los resultados principales fueron que las personas con alta apertura a la experiencia reportaron tener menos hijos. Esto se debería a tres factores:
- Retrasan la maternidad o paternidad, empezando más tarde a tener hijos.
- Tuvieron relaciones románticas largas con menor frecuencia o duración.
- Reportaron menos motivos positivos para tener hijos, como el deseo de continuar la línea familiar o encontrar satisfacción personal en la crianza.
No se observó que estas personas tuviesen más parejas sexuales, ni que sintieran emociones negativas hacia los niños o la paternidad en sí.
En otras palabras, no es que “no les gusten los niños”, sino que tienen otras metas personales, como viajes, estudios, carreras o proyectos creativos, que pueden tener mayor prioridad en su vida, influyendo indirectamente en la cantidad de hijos que terminan teniendo.
¿Y qué hay de la inteligencia?
Aunque el estudio se centró en la apertura a la experiencia y no en medidas directas de inteligencia, hay evidencia de que estos rasgos están moderadamente relacionados con niveles más altos de educación e intereses más profundos. Las personas con más educación o con trayectorias profesionales más complejas, que pueden asociarse con una mayor capacidad intelectual, tienden a posponer la formación de una familia y, en consecuencia, a tener menos hijos.
Es importante aclarar que este tipo de correlaciones no implican que la inteligencia en sí provoque que se tengan menos hijos, sino que ciertos estilos de vida y prioridades ligados a estos rasgos psicológicos influyen en las decisiones reproductivas.
¿Estamos ante una “Idiocracia” real?
La pregunta del millón es: si la inteligencia y la apertura mental están relacionadas (que lo están), y estas personas tienen menos hijos, ¿está bajando el nivel intelectual del planeta?
A diferencia de la película, la realidad es más compleja. La inteligencia no depende solo de la genética; el entorno, la nutrición y el acceso a la información tienen un papel vital (el llamado Efecto Flynn). Sin embargo, el estudio sí lanza una advertencia sobre cómo los valores modernos y la personalidad moldean nuestra demografía.
Las personas «abiertas» no es que odien a los niños, sino que son más propensas a sopesar el coste de oportunidad. Para ellas, el mundo ofrece infinitas experiencias (desde una expedición en el Amazonas hasta dominar la inteligencia artificial) y, a menudo, la crianza se percibe como una experiencia que, por su naturaleza demandante, cierra todas las demás puertas.
El dilema de Idiocracia no es tanto un problema de «tontos contra listos», sino de prioridades. Mientras la evolución nos programó para reproducirnos, nuestra psique moderna ha desarrollado un rasgo (la curiosidad intelectual) que a veces compite con ese instinto básico.
Si tienes una mente inquieta y aún no tienes hijos, no es que seas un «personaje secundario» de una distopía cómica; simplemente eres parte de un fenómeno psicológico donde el deseo de conocer el mundo compite, cara a cara, con el deseo de traer a alguien nuevo a él. Eso sí, por si acaso, recuerda que el agua sigue siendo mejor que el Gatorade para las plantas (y si no entiendes el chiste, tienes que ver la película).
REFERENCIAS
Evolutionary Behavioral Sciences journal
The Openness to Experience Personality Dimension